39
Nebet
A su llegada a la orilla oeste de Abidos, se ha organizado una fastuosa ceremonia para recibir a la familia real.
En la entrada al templo bajo, donde continuarán preparando los cuerpos para la vida eterna, espera el nuevo rey de las dos tierras.
Junto a él se halla el hombre con cabeza de chacal, rodeado de decenas de sacerdotes vestidos también con ropajes negros y de altos mandatarios ataviados con sus mejores galas, venidos de todos los nomos de la tierra negra.
Ante ellos, un despliegue de bailarines, danzando al ritmo de las canciones ceremoniales, precede a las barcas solares.
La del faraón, grandiosa, es remolcada por doce bueyes blancos, mientras que las que transportan a la primera esposa y al primogénito van detrás, tiradas por seis bueyes cada una.
La primera en entrar es la del faraón, seguida de cerca por una segunda barca con una gran figura del dios Anubis sobre ella; en ella portan los vasos canopos donde ya se han introducido las vísceras del difunto, debidamente tratadas; el hígado, los pulmones, el estómago y los intestinos han sido colocados en los vasos de alabastro destinados a ese fin.
Lo único que permanece en el cuerpo es el corazón, que se someterá al juicio ante la pluma de Thot.
Tras él, entra la barca de la primera esposa, con una segunda barca igual de majestuosamente decorada. Por último va Dyer en una barquita dorada; a los pies, en una pequeña caja, está grabado su nombre, dentro de un cartucho también dorado.
Las plañideras, que lloran con fervor la muerte del faraón, redoblan su llanto al ver pasar la barca con el cuerpo del niño, y se arrancan a tirones el cabello. Su pena conmueve a todos los presentes. Por un momento, la música cesa y el silencio lo inunda todo; solo se escuchan quejidos y lamentos.
Acompañan a Nebet fuera de su barca y la obligan a caminar detrás del cuerpo del pequeño, del cual no puede apartar la mirada.
Se halla envuelto en los primeros linos, antes de que le coloquen los definitivos, que llevará a la otra vida.
Alguien ha tenido a bien encajar el muñeco de trapo entre sus manitas, cruzadas sobre su pecho.
Piensa en el dolor de su madre, la joven concubina, a la que el faraón no eligió para que los acompañara.
En el interior del templo bajo, un hombre con el torso cubierto tan solo con gruesos collares de oro y lapislázuli, que lleva un faldellín blanco y una máscara con forma de ibis, símbolo del dios Thot, se une a los sacerdotes que acompañan a aquel que porta la máscara del dios Anubis.
Todos juntos, con los cánticos que se escuchan de fondo, la tenue luz de la estancia y el humo del incienso, parecen haber salido realmente del reino de la oscuridad.
Disponen el cuerpo del faraón y de su familia en sendas mesas de piedra preparadas para la ocasión.
Todos los rodean, y entre ellos se abre paso un sacerdote lector: él conoce bien el nombre de las cosas y, con una voz gutural que sale de lo más profundo de su ser, comienza a recitar un sortilegio mágico del que Nebet solo puede escuchar las primeras palabras, dado que la sujetan por un brazo para hacerla caminar hacia el exterior.
Las dependencias a donde la llevan se encuentran separadas del templo. En ellas hay varias estancias anexas, y la encierran en una de ellas, dejando unos guardias armados apostados en la única puerta, vigilando.
Ra muere y renace varias veces antes de que nadie le dirija la palabra, pero, con la llegada de un nuevo día, se abren las puertas y entra una de las personas a las que ella pensó no volver a ver jamás.
Sotis le dedica una sonrisa triste. Nebet, al verla, se levanta del jergón del que apenas se ha movido en todo este tiempo y corre hacia sus brazos, que sostienen no solo su cuerpo, sino también su Ba.
Permanecen así mucho tiempo, hasta que Sotis, con delicadeza, la separa de sí y le limpia con las manos los ríos de lágrimas que le corren por el rostro, para tranquilizarla.
—Aquí estoy. Debía estar a tu lado en estos momentos; nada ni nadie ha podido impedirlo.
—¿Qué van a hacer conmigo? —le pregunta, sin poder parar de llorar.
Sotis la acompaña al jergón y se sientan en él.
La estrecha con uno de sus brazos para evitar que Nebet caiga al suelo, ya que está muy débil.
Ha perdido mucho peso; no prueba bocado desde hace tanto que ya no lo recuerda, y apenas ha dormido.
Pasa las horas en una duermevela, y lo único que la reconforta es pensar en los instantes felices que vivió en su tierra, junto a su familia, junto a su amado.
Da gracias a los dioses por la fortuna de lo vivido, pero también pide, con humildad, un poco más de tiempo. Solo eso, más tiempo.
El gran dios Ra brilla en lo alto del cielo. La travesía ha sido rápida, los vientos, propicios, y los remeros de los sacerdotes han hecho sentir al escriba que algunas veces la barca no tocaba el agua. Los dioses están de su parte y los han ayudado a alcanzar antes de lo previsto su antiguo hogar.
—Llegaremos dentro de poco y nos quedaremos en el templo. Desde allí veremos cómo ayudar a tu señora.
—Nebet es más que mi señora. Aunque era una princesa en mi pueblo, siempre fue bondadosa con todos.
Fui testigo de su gran amor por Amani, el joven que nos encontró.
Es el hijo primogénito de una sirvienta del palacio, al igual que yo.
Se conocieron cuando aún eran pequeños, y él siempre se esforzó por ser apreciado por nuestro rey.
Se convirtió en medjay , soñando con que eso fuese suficiente para poder casarse con la hija.
Desde que se convirtió en uno de los mejores de todo el reino, ella ya no lo volvió a llamar por su nombre.
Pero el destino que les esperaba era muy diferente del que soñaban los dos cuando se encontraban en la orilla del río. Ojalá pudiera ayudarla a escapar.
—Eso es imposible —repone él, que ha escuchado toda la historia con atención—. Por lo que sé, el templo bajo está tomado por la guardia real. Tu señora constituye una pieza fundamental en las celebraciones, y no la van a dejar sola ni un momento.
Asenet se incorpora para mirar a los ojos al escriba y le dice, suplicante:
—Aun así, tenemos que hallar la manera de entrar para tratar de ayudarla. No podría perdonarme jamás no haberlo intentado.