Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 38
66%

38

Lola

La puerta de la habitación se abre y me despierta de un extraño sueño en el que se mezclaban tristes cánticos con gritos desesperados y la mirada aterrada de un niño, el cual me recuerda mucho al que vi en el museo.

El pequeño me tiende su mano; yo intento desesperadamente agarrarla, pero cada vez está más lejos.

Mis amigas entran charlando entre sí.

—¡Hola, cuqui! ¿Estás mejor? —Patri, al ver que estoy despierta, se tumba conmigo en la cama, abrazándome cual koala.

—Tengo preparada una cena que quita to er sentío —dice Carmen—. ¡Espera! ¿He dicho «to er sentío »? ¡La madre que me parió! No, si ya verás que me voy yo de Egipto con acento andaluz.

»Es que no me lo despego ni con agua caliente, pero he descubierto que es un buen pinche: se le da bastante bien la cocina y prepara unas croquetas riquísimas. No me esperaba así al Cachuli, pero, con el delantal puesto y un cuchillo en la mano, tiene su puntito.

—Ay, cuqui, que la que ha encontrado a su príncipe azul en Egipto eres túúú. —Patri se levanta dando saltitos de alegría y se lanza al cuello de nuestra amiga, que la mira con cara de no saber de qué está hablando.

—¿Qué dices? Solamente he dicho que tiene su puntito, no que sea mi tipo.

—Ya vemos que no es tu tipo para nada, pero creo que es un tipo que merece la pena que te des la oportunidad de conocer. ¿No crees? —le pregunto, arqueando una ceja.

—Ay, Lola, pareces tu abuela hablando. Por cierto, ¿has hablado con ella? ¿Qué te ha dicho de las cartas?

—No te lo vas a creer, pero me dijo algo de vendas y yo, que creí que sabía que te habías disfrazado de momia, se lo conté.

—Ay, Dios, la que me espera mañana cuando llegue al bar. Ni se os ocurra poner ninguna foto en el Facebook, que os conozco y luego sale mi amiga la pija preciosa y yo, con las vendas sueltas.

—Por tu culpa, cuqui, no digas que no te lo advertimos. Pero, como te gusta dejarlo todo para última hora… Espero que el vestido que has traído para la última noche merezca la pena, si no, te mato.

Carmen nos mira a ambas con expresión de desconcierto.

—¿Vestido? ¿Qué vestido?

Después de probarle diferentes modelitos, las dos observamos satisfechas a Carmen, que ha quedado preciosa. Lleva un vestido color marfil muy ceñido, que realza su figura, la cual acostumbra a esconder tras camisetas holgadas y pantalones bombachos.

Patri la ha maquillado y le ha colocado una horquilla con brillantitos rosas en el pelo, dejando que algunos mechones azules caigan enmarcando su redonda cara.

Ella, al verse en el espejo, dice:

—¡Olé!

No podemos evitar estallar en una carcajada. Carmen, al darse cuenta de lo que ha salido de su boca, se une a nosotras, haciendo aspavientos con las manos para evitar que se le salte alguna lágrima que pueda estropear el maquillaje.

Cuando estamos las tres arregladas, y antes de salir del camarote, Patri propone sacarnos una foto.

Nos hacemos un selfi frente a la ventana, con la majestuosidad del Nilo como telón de fondo.

Detrás de nosotras, los colores rosados y anaranjados de la puesta de sol relucen tras una montaña de arena blanca.

Cuando llegamos al salón, ya están todos allí. Al vernos entrar, se levantan para felicitar a Carmen por la cena y le comentan lo guapa que está esta noche.

Me acerco a Javier, que se halla junto al bufé, observándola de lejos mientras ella charla distendida con Montse.

—Está guapa, ¿verdad?

Él se sobresalta al escucharme tan cerca, y asiente repetidas veces con la cabeza.

—Está preciosa. Y tú también —comenta, sonriendo tímidamente.

Llevo un vestido negro de tirantes, con un generoso escote que, aunque no lo relleno mucho, queda muy sexi.

La falda es cruzada y muy ceñida, rematada en unos largos flecos que oscilan a cada paso.

Patri me ha prestado unos tacones de aguja rojos, a juego con mi pintalabios favorito.

Es la última noche y me siento capaz de todo.

—Tú también estás muy guapo. —Señalo el traje azul oscuro que lleva. Llama mi atención que no se ha puesto nada de gomina; su pelo, peinado de una manera informal, hace que parezca más joven de lo que aparenta con la gomina y la raya a un lado.

Javier sonríe y se gira otra vez para mirar a mi amiga, que ríe de algo que Joan le ha dicho a su mujer.

Al acercarme al bufé, me asombra ver tantos platos españoles en él.

Hay tortilla de patata de diferentes tipos; también ensaladilla rusa y las croquetas de Javier.

Pero lo que me deja loca es ver que también hay jamón.

¿De dónde lo habrán sacado? Con lo que me gusta a mí…

Cojo una loncha y me la meto en la boca muy despacio, saboreando ese gustito que deja en el paladar.

—¿Te gusta? —me pregunta Asim muy cerca de mi oído, con voz sensual.

Me giro y, cuando lo veo, casi me atraganto con el jamón.

Está guapísimo: lleva un pantalón negro con una camisa a juego arremangada hasta los codos. Así vestido, con ese color, mi mente automáticamente visualiza al hombre que protagoniza mis sueños. Esos ojos no pueden ser más iguales…

—Lo guardaba para una ocasión especial desde mi último viaje a España. —Señala el jamón.

—Está buenísimo. —Con una sonrisa pícara, cojo otro trozo de jamón y me lo meto en la boca, sin apartar mi mirada de la suya.

Javier, que anda cerca, comenta:

—El jamoncito está riquísimo, pero la tortilla quita to er sentío . Podría comerla to los días de mi vida.

Asim y yo nos miramos cómplices y sin decir nada. Sabemos que Javier no solo se refiere a la tortilla.

Después de cenar, apartan las mesas para que tengamos más espacio para bailar. A falta de rebujito, Carmen, con ayuda de Javier, prepara una sangría deliciosa con todo lo que encuentra tras la barra del bar.

La fiesta se va animando entre copa y copa, y entonces comienzan a sonar los primeros acordes de una conocida sevillana.

—¡Cuqui, baila conmigo! —me pide Patri, ya bastante perjudicada por la sangría.

—¿Yyy yo? —pregunta Carmen, que no va mejor que Patricia.

—Tú conmigo, preciosa. —Javier extrae tres flores de plástico rojas de los centros de mesa que adornan el comedor y nos las entrega haciendo una reverencia que a todas nos parece la mar de graciosa.

La última se la ofrece a Carmen y, agarrándola por la cintura, la sitúa delante de él para empezar con la primera.

Me coloco la flor en el pelo, detrás de la oreja, y comienzo a bailar con Patri, que se ríe sin parar mientras damos vueltas.

Asim me mira fijamente. En cada pasada, cuando lo tengo delante, bailo como si lo hiciera solo para él.

Cada movimiento de mis caderas, cada gesto de mis manos, cada mirada se los dedico, y él sonríe sin apartar la mirada de mi cuerpo, que se contonea al ritmo de la música.

Al terminar la canción, todos nos aplauden, y yo, muerta de calor, me acerco riendo a la borda del barco, abanicándome con la mano.

La noche es bochornosa; el cielo está despejado y sobre nosotros titilan un millón de estrellas que parecen observarme.

Me apoyo en la barandilla y miro hacia abajo.

El agua del río me devuelve mi reflejo, y aprovecho para arreglarme el pelo y colocarme bien la flor tras la oreja.

Una cálida brisa mueve el agua y, de pronto, veo en ella a una mujer idéntica a mí, pero con el pelo trenzado y, colgado de su cuello, el collar de la diosa Isis que aparece en mis sueños.

Me observa desde el otro lado y me sonríe.

Asombrada, me sujeto a la barandilla y me asomo un poco más para verla mejor.

Una de mis manos resbala por la húmeda madera; pierdo el equilibrio y la flor que llevaba tras la oreja se desprende y cae al agua, sobre el reflejo de la mujer.

Al tocarla, esta desaparece. Por suerte, unos fuertes brazos me aferran por la cintura para que yo no acabe corriendo la misma suerte que la flor, la cual cada vez se aleja más, arrastrada por la corriente.