Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 37
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Nebet

Las ceremonias se suceden una tras otra, sin descanso, en el templo.

Llegan mandatarios venidos de todos los nomos del reino, pero a Nebet no se le permite salir de sus aposentos, donde no puede discernir si Ra brilla aún en el firmamento; tan solo unas pocas lámparas de aceite iluminan su oscura estancia.

Una vez al día, entra una sirvienta para traer alimentos y agua y llevarse la cesta anterior, intacta, ya que es incapaz de probar un solo bocado.

En su cabeza, se reproduce sin cesar la noche en la que el faraón partió hacia el oeste.

La desesperación de Benerib gritándole furiosa mientras era arrastrada a la fuerza, sintiendo ya próximo su último aliento.

Y, sobre todo, lo que no la deja descansar son los ojos del pequeño Dyer clavados en ella, suplicantes, y la angustia de sentirse incapaz de ayudarlo.

Da mil vueltas, buscando alguna forma de escapar, pero los guardias que la vigilan, armados hasta los dientes, no descansan, y es imposible que pueda salir sin ser vista.

Escucha una voz conocida en el exterior y de pronto las puertas se abren de par en par.

Su maestro entra acompañado de un séquito de monjes, en medio de los cuales se alza el hombre alto vestido con la túnica negra y la máscara del dios Anubis.

El anciano Hem Necher no sonríe, como es habitual en él; en su lugar, un gesto de tristeza que ella jamás le había visto desfigura su rostro.

—Tienes que acompañarnos, pequeña.

Con las manos en el pecho y muerta de miedo, Nebet le pregunta:

—¿A dónde vamos, maestro?

—El faraón vuelve a Abidos; allí lo aguarda su morada para la vida eterna. Ya han comenzado a preparar los cuerpos, y terminarán de hacerlo en el templo bajo destinado a ese fin. Ahora, nos tienes que acompañar.

Ella acepta, a sabiendas de que, si no los acompaña por su propia voluntad, la llevarán por la fuerza, al igual que hicieron con la primera esposa.

En el río, la gran barca real con los cuerpos del faraón, Benerib y el primogénito encabeza la comitiva.

Tras ellos, todas las demás embarcaciones la siguen de cerca.

El viento es propicio y se desplazan rápido hacia su destino.

Cuando el cortejo se aproxima a algún poblado, los llantos de las plañideras resuenan en el aire; hasta el sonido de las aves se silencia, eclipsado por los lamentos.

Tras haber cruzado la catarata, Nebet percibe en el ambiente que se acercan a la casa del dios. En la orilla este, cientos de personas, algunas a pie y otras montadas en bestias, se han unido a la comitiva. En el río, barcas de todos los tamaños y colores avanzan en su misma dirección.

Esa será la última noche en la barcaza; al despuntar Ra en el horizonte, habrán llegado al final del viaje.

Es una noche clara, y la diosa la mira desde lo alto, exhibiendo toda su grandeza.

Una estrella fugaz cruza frente a Nebet y deja tras de sí una estela resplandeciente antes de perderse en la dirección donde se ubica su amado pueblo.

La joven reina cierra los párpados y toda su vida pasa ante sus ojos: su infancia, junto a sus hermanas pequeñas; las canciones de Asenet mientras trenzaba su rizado pelo; el primer beso de amor de su medjay , junto al río, allí donde se cultivaban los nenúfares azules para el templo, el mismo sitio en el que se vieron por última vez allá en su hogar, y no en un terreno hostil, como ha sido para ella el país de las dos tierras.

Abre los ojos y observa el agua en calma, donde Nuit se refleja y se difumina la línea entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Como llamada por el dios Hapi, Nebet sube un pie a la borda y toma impulso para lanzarse; sin embargo, unos fuertes brazos la agarran y cae de espaldas en la cubierta, golpeándose la cabeza.

Pese a todo, no hace amago de moverse. Unos tristes cánticos, entonados con una voz melodiosa proveniente de una barcaza cercana, llegan hasta ella, y puede sentirlos hasta en el Ba.

Se queda ahí tendida, mirando nuevamente a la diosa, preguntándose por qué no ha consentido que se pierda en su reflejo.

Sejemká, ya sin miedo a ser detenido por los medjays de la primera esposa, rasura de nuevo todo su cuerpo y su cabeza, donde su cabello ya había crecido un poco y podían distinguirse parches de color blanco.

Se enfunda en sus ropajes de escriba y cuelga con cuidado de su cuello el sello de Amón.

Al volver a sentir su peso en el mismo lugar donde ha estado desde que Sejemká era muy joven, siente que los dioses están a su lado.

Se encamina al templo más próximo con la esperanza de obtener ayuda de los escribas y, así, regresar a Abidos, un lugar que, aunque nunca fue suyo por elección, se convirtió en su hogar después de que su familia lo entregara a los monjes.

Allí, entre rezos y enseñanzas, Sejemká había crecido aprendiendo a servir a los dioses.

Ra se ocultaba ya por el oeste cuando el escriba, feliz de ser portador de buenas noticias, se reúne con Asenet, que lleva en brazos a Heny, y le dice:

—He conseguido que podamos embarcar con unos sacerdotes que se dirigen hacia Abidos. Esperan que conmigo viajen mi mujer y mi hijo. —Observa cómo cambia la expresión de la joven.

—¿Nuestro hijo? ¿Has preguntado a los sacerdotes…?

—No hay ninguna noticia en el templo acerca de la desaparición de ningún niño en este nomo del reino, y como ha pasado ya algún tiempo desde que lo encontramos, y dado que saben que si viene conmigo crecerá bajo las antiguas enseñanzas, han accedido a que lo criemos como nuestro.

La mirada de Asenet se ilumina. Contempla al pequeño, que juega con su figurita, entre sus brazos.

El escriba los mira feliz por volver al que siempre fue su hogar, con su propia familia, cosa que jamás soñó tener, ya que creía estar destinado a permanecer solo para siempre. El saberse amado por esa bella mujer lo hace sentir el hombre más dichoso de toda su querida tierra.

La última noche juntos fue un regalo de los dioses, ya que en ningún manuscrito había leído Sejemká lo que la unión entre dos personas que se aman podía llegar a hacer sentir. La pasión de la noche anterior lo había hecho creerse capaz de tocar el cielo con sus manos.

—Sabía que lo conseguirías. —Acercándose mucho a él, ella le da un tierno beso en los labios.

Heny, al verse aplastado entre los dos cuerpos, sonríe y, mirando al escriba, le dice:

—Papá, meka . —Alarga sus manos para que lo tome entre sus brazos, donde se siente seguro y le gusta acurrucarse para dormir.

El escriba lo coge con cariño, cargando entre ellos el mayor de sus tesoros. Tras darle un tierno beso en su cabecita, dice:

—Vamos a casa, hijo mío.