36
Lola
El anciano de larga barba desaparece y todo se vuelve blanco, de una luz muy brillante y cegadora.
Poco a poco consigo abrir los ojos, y lo único que veo a mi alrededor es gente que me mira con preocupación.
Yo los veo pasar muy rápido por mi lado, como si estuviera corriendo, pero, al mirar hacia arriba, reconozco la cara de Asim con el ceño fruncido: me porta en brazos a toda velocidad hacia el barco.
Javier nos abre paso entre la multitud a voz en grito.
—Estoy bien —logro decir.
Él, que se da cuenta de que ya he abierto los ojos, me mira.
—Eso mismo dijiste antes y, cuando salgo, te encuentro en el suelo con decenas de personas en torno a ti.
—¡Cuqui! ¿Cómo estás? —me pregunta Patri, que avanza junto a nosotros.
—Estoy bien. Asim, por favor, suéltame; puedo caminar.
Él, desoyendo lo que le digo, prosigue con su carrera. Al entrar en el barco, Farid grita algo en árabe a la tripulación y me llevan a mi camarote.
Asim me deposita suavemente en la cama. Mis amigas me rodean, mirándome con inquietud.
—Estoy bien, chicas. Ha sido el calor.
—He mandado venir al médico para que te revise; no es la primera vez que te ocurre durante el viaje, y me quedo más tranquilo si te echan un ojo. En cuanto llegue al barco, lo traeré —anuncia Asim. Frota su negro pelo mientras abre la puerta para salir de habitación.
—Gracias —le digo, con una tímida sonrisa.
Al verme sonreír, cambia la cara y se relaja, mostrándome también una escueta sonrisa antes de cerrar la puerta.
Cuando llega el médico, me hace mil preguntas en árabe que traduce Farid.
Pasa por delante de mis ojos una luz muy brillante, una y otra vez; me toma la tensión, la temperatura, me hace sacar la lengua (no entiendo bien por qué), y yo obedezco a todo lo que me pide sin parar de repetirles a todos los que están dentro de la habitación:
—Ha sido solo un ligero mareo por el calor y tanta gente.
Cuando por fin se dan por satisfechos después de que el médico les diga que estoy bien, cosa que yo les había reiterado hasta la saciedad, van saliendo poco a poco del camarote, dejándonos a Asim y a mí solos.
—Esta noche es la cena de gala, pero creo que deberías quedarte descansando.
—Ni lo sueñes. Es la última noche a bordo y no me la perdería por nada del mundo.
Esboza una sonrisa cargada de tristeza y desliza suavemente una mano por mi cara, apartándome un rizo que enrosca en su dedo.
La puerta se abre de golpe y entra Carmen con una bandeja en la mano. En ella lleva un bocadillo de tortilla de patata que puedo oler desde la cama.
—Sea lo que sea lo que tiene mi Lolita, se lo arreglo yo con un buen bocata de tortilla de patata.
Javier, que viene detrás, exclama:
—¡ Ohú , y cómo está la tortilla, chiquillo! ¡Pa rechupetearse to los dedos!
—Tanto arroz con pollo nos dais en este barco que el cuerpo no aguanta. Voy a ocupar la cocina; la cena de esta noche, la preparo yo. Hoy, fiesta española en el país de los faraones —dice Carmen.
—¡Olé! Claro que sí, princesa; yo te esho una mano en lo que necesites.
El bocadillo me sabe a gloria. Me lo tengo que terminar bajo la supervisión de mis amigas, que controlan que no me deje ni una miga. Cuando acabo de comer, ellas se van al comedor y me dejan sola para que descanse.
Me tumbo en la cama y aprovecho a llamar a mi abuela. Algo me dice que está esperando a que la llame: su sexto sentido sabe cuándo me ha pasado algo. Al segundo tono, contesta.
—¡Hola, mi niña! ¿Cómo te encuentras? Estaba esperando tu llamada y, si no me hubieras llamado tú, lo habría hecho yo.
—Sin dejarme ni siquiera saludarla, continúa—: Una magia blanca muy fuerte te envuelve y no logro ver tu futuro.
Nunca me había pasado algo así, y me tiene muy preocupada, pero no solo eso: lo más raro es que hice una lectura pensando en el pasado y no entiendo nada.
He repetido la tirada una y otra vez y no logro comprenderla; es como si estuviera mezclando varias historias.
No sé si mi cabeza falla o es la edad, pero, cuanto más miro, menos veo.
—Todo está bien, abuela, no te preocupes.
Ya queda poco para que vuelva; hoy es la última noche a bordo.
Mañana, muy temprano, visitaremos Abu Simbel y hacia el mediodía volaremos rumbo a Valencia.
Espérame para cenar; tengo tantas cosas que contarte…
Por cierto, hablando de comida: me acabo de comer un bocata de tortilla de patata hecho por Carmen que me ha sabido a gloria.
—Ay, Carmen. Qué mujer más bonita y qué bonito futuro le espera; me alegro mucho por ella. —Hay interferencias en la línea y, por un momento, dejo de escucharla. Cuando se reanuda el sonido, solo logro captar—: … soltando sus vendas. —Noto como sonríe al decirlo.
—Abu, ¿cómo sabes que se ha disfrazado de momia?
—¿Cómo dices? ¿Que se ha disfrazado de momia?
—Escucho una sonora carcajada al otro lado del teléfono—.
¡Es increíble! Espera a que se lo cuente a su madre mañana, cuando vaya al bar a tomar café.
Pero yo no me refería a ese tipo de venda, sino la que ella tiene delante de los ojos, que no le deja ver.