Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 35
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Nebet

Un grito desgarrador rompe el silencio de la noche. Nebet se incorpora sobresaltada; a lo lejos, sigue resonando un lamento que estremece cada poro de su piel. Reconoce la voz de Benerib y la hace presagiar lo peor.

Abre el portón de su estancia y ve que una multitud de sirvientes caminan rápido en todas direcciones.

Los guardias que permanecen apostados ante la puerta, al ver su intención de salir, cruzan sus lanzas para impedir que lo haga.

Nebet escucha los gritos cada vez más cerca de sus aposentos; desde la puerta, la ve correr hacia ella como si de un dios del Amenti se tratara.

—¡Has sido tú! Has logrado que Ra se lo lleve con él en su mesektet al reino de la noche.

¿Qué clase de poderosa heka has lanzado sobre nosotros, que ninguno de nuestros sau, enseñados por el mismísimo Thot, han podido hacer nada para sanarlo?

—grita con furia, hasta que se detiene muy cerca de su cara—.

¿A qué dios has rezado, maldita cobra nubia?

—Aprieta los dientes con un gesto de profundo odio.

Nebet no contesta; de nada serviría lo que le dijese, pero la mira a los ojos sin agachar la mirada. Lo único que puede leer en los de Benerib, esta vez, es miedo.

—Espero que esos dioses a los que rezas puedan ayudarte, porque, antes de partir, el faraón lo dejó todo escrito para ti también.

—Dibuja una media sonrisa ladina—. En mi santuario, cada día habrá flores y comida fresca, cientos de ushebtis me servirán en el más allá y seré recordada por siempre. Pero tú…

La vista de Nebet se desvía a lo que se acerca tras ella.

No puede creer lo que ve. Un hombre de imponente figura avanza hacia ellas, envuelto en una larga túnica negra que cubre su cuerpo por completo; una máscara del dios Anubis oculta su rostro.

Tras él, una legión de sacerdotes, con las cabezas rapadas, custodiados por media docena de guardias reales.

En mitad de la noche, en la oscuridad del templo, únicamente iluminado por las candelas, parecen sombras ancestrales salidas del Amenti.

Benerib, al ver el rictus de la segunda esposa, se gira a toda prisa, y la expresión de su cara se descompone.

—¡Nooo! ¡Aún nooo! —grita, presa del pánico. Solloza, a sabiendas de que es a ella a la que van a buscar.

Los guardias la rodean y le sujetan los brazos.

La primera esposa grita, intentando en vano zafarse.

Al mirar hacia el final de la fila de sacerdotes, un escalofrío recorre el cuerpo de Nebet al ver, con horror, que uno de ellos lleva de la mano al pequeño Dyer.

El niño, medio dormido aún, con su trenza lateral despeinada, sostiene el muñeco de trapo que ella le regaló, del que nunca se separa, y observa con espanto cuanto lo rodea, sin entender lo que ocurre.

Mira asustado a la primera esposa, que es arrastrada por los guardias mientras grita y llora desesperada.

Hace un puchero, y de sus pequeños ojos negros comienzan a brotar ríos de lágrimas, que consiguen que la joven reina se rompa en mil pedazos.

Grita a los guardias para que le permitan despedirse del pequeño, e intenta con todas sus fuerzas apartar las lanzas que la custodian, para abrazarlo por última vez.

Sin embargo, igual que llegó, la comitiva se marcha, en una procesión silenciosa donde lo único que se escucha son los gritos de Benerib y los sollozos de Dyer, que no aparta la mirada de Nebet ni un instante.

Mantiene extendida hacia ella la mano en la que sostiene el muñeco de Behsi, como si fuese la única en esa tierra que pudiera salvarlo.

Pero Nebet no puede hacer nada. Ojalá pudiera.

La noticia de la muerte del faraón circula veloz por todo Kemet.

Ra estaba renaciendo con el nuevo día cuando un murmullo ensordecedor se escucha en las inmediaciones del templo donde se encuentran Asenet y Sejemká.

El escriba entra en la estancia dando un fuerte portazo. La joven, que aún estaba profundamente dormida junto al niño, se despierta sobresaltada.

—¿Qué ocurre? —pregunta al verle la cara.

—Ha ocurrido. El faraón ha partido al oeste, hacia los dominios de Osiris.

La cara de la joven muda de la preocupación a la más amplia de las sonrisas. Se levanta rápidamente del jergón para lanzarse a los brazos del escriba, feliz por la noticia.

Él se aparta con expresión grave.

—Pero tengo que decirte algo más.

—Cuéntame qué pasa. ¿Por qué tienes esa cara, si ya somos libres?

—Corre el rumor de que a tu señora la van a sepultar junto al faraón.

—¿Qué estás diciendo? No te entiendo.

—El faraón ha dejado escrito que a la joven reina se la entierre en una cámara anexa a la suya, donde no habrá ninguna fórmula escrita en las paredes, ni su nombre, ni su biografía; nada.

Su cuerpo no será tratado, impidiendo así que perdure y que su alma pueda volver a unirse a él, pues no será capaz de reconocerlo.

De ese modo, vagará por siempre en las tierras de Anubis.

La joven lo mira con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo es posible? Tenemos que ayudarla.

—No tengo ni idea de cómo, pero partiremos hacia Abidos en cuanto hayamos recogido todo. Es allí donde el faraón ha preparado su mastaba para su descanso eterno.

La joven asiente con la cabeza y, embargada por la preocupación, se dispone a despertar al pequeño Heny, que aún duerme, y así partir lo antes posible.