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Lola
El desayuno de hoy se sirve en cubierta para que podamos ver el maravilloso templo de Kom Ombo, al que nos acercamos. Nada más salir al exterior, un fuerte olor me golpea.
—Ufff, cómo huele a incienso, ¿no?
—Yo no huelo nada, cuqui. —Patri olfatea el aire.
—Pues me extraña, porque huele muchísimo.
Nos sentamos, y un camarero nos sirve té. Javier, que está con los portugueses, se acerca a nuestra mesa y toma asiento en la silla que queda libre al lado de Carmen.
—¿Cómo se encuentran hoy las chiquillas más irresistibles de to Egipto?
—Qué gracia derrocha el andaluz; perfectamente podría ser el tercero de Los Morancos. Yo es que me parto con él —ironiza Carmen, mirándolo con cara de asco, mientras se coloca un mechón de pelo azul tras la oreja.
Patri y yo nos reímos. Me encanta el pique que se traen estos dos.
Asim se acerca a nuestra mesa. Verlo caminar hacia mí con su cabello meciéndose al viento enciende cada rincón de mi ser. Tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no ir directa hacia él y perderme en el calor de su cuerpo.
—Dentro de poco llegaremos al templo. ¿Queréis verlo desde la proa? —Nos señala la parte delantera de la barcaza, donde ya se halla el resto del grupo.
Levanto la mirada y veo el templo ya próximo a nosotros.
Es precioso: verdes prados de cereales rodean una pequeña construcción decorada con pinturas de los dioses en vibrantes colores azules, rojos y amarillos que destacan sobre sus blancas paredes.
Altísimos estandartes ondean al viento, y del patio central surge una imponente columna de humo que asciende hacia el cielo.
—¿Hay un incendio? ¿Qué es ese humo que se ve ahí?
El aire sopla hacia nosotros y el olor a incienso se intensifica.
—¿Qué humo, cuqui? Yo no veo nada. Qué bonito es, ¿verdad?
La miro sin entender cómo es posible que no lo vea, pero, cuando devuelvo la vista al templo, este ya no está, al menos, no como el que yo vi.
En su lugar se alza uno mucho más grande, de color marrón.
Los preciosos frescos de las paredes han desaparecido y no hay ni rastro de humo. Me froto los ojos, sin entender nada.
—¿Todo bien? —me pregunta Asim, que ha debido de percatarse de mi gesto de agobio.
—Sí, solo se me ha metido algo dentro del ojo.
Él intenta descifrarme, pero finalmente asiente con la cabeza y continúa con las explicaciones acerca de lo que vamos a visitar.
Yo no puedo escucharlo, solo mirar hacia delante, intentando recuperar la visión que tuve hace unos segundos.
Sin embargo, solo veo motonaves ancladas en la orilla y a decenas de chicos intentando vender a toda costa los típicos suvenires a los turistas que desembarcan para visitar el templo.
—¿Vamos? —Carmen, a mi lado, me coge del brazo y me insta a avanzar con el resto del grupo, que se dispone a salir de la barca.
En la entrada, tras comprar unos cuantos recuerdos más, que no sé dónde voy a meter en la maleta, accedemos al recinto exterior del templo.
Asim nos explica que es muy antiguo, y que diferentes faraones lo ampliaron y modificaron a lo largo de la historia.
Está consagrado a dos dioses: Horus, el halcón, y Sobek, que se representaba con forma de cocodrilo.
En sus paredes hay multitud de bajorrelieves con ellos dos representados.
Asim nos conduce a un lateral, donde no hay tanta gente, para que podamos escuchar bien sus comentarios.
Nos detenemos ante uno de los bajorrelieves de los dioses.
Al mirar hacia arriba, hacia los ojos del dios con cabeza de cocodrilo, resbalo y caigo de rodillas, apoyando las dos manos en el suelo.
—¡Hostis, Lola! ¿Te has hecho daño? —se interesa Patri.
Niego con la cabeza, pero, al buscar lo que me ha hecho resbalar, distingo en el suelo varios charcos viscosos de un color rojo oscuro.
Hay mucha sangre, que se ha filtrado entre los huecos donde está más desgastada la piedra.
Levanto una mano y, al hacerlo, gruesas gotas de sangre caen de ella.
Miro con horror mi ropa, también manchada.
Ya no llevo los pantalones vaqueros y la camisa de lino que me puse esta mañana, sino una especie de túnica negra.
Levanto la cabeza al frente: ante mí, un enorme cocodrilo me observa con la cabeza ladeada y fieros ojos verdes.
Golpea el suelo con su cola escamosa, salpicando más sangre en mi dirección y manchando también mi cara.
Abre sus fauces y un rugido feroz emerge de lo más profundo de su ser, haciendo que cada fibra de mi cuerpo se estremezca.
De repente, todo se desvanece.
—Lola, ¿estás bien? —Oigo que me dice Asim, que se ha acercado e intenta incorporarme.
—Sí, estoy bien. Solamente he tropezado.
Conforme me levanto, estudio mi ropa y mis manos, sin entender lo que acabo de ver. Mientras, los demás continúan caminando.
Asim, que permanece a mi lado, dice en alto, para que todo el grupo lo escuche:
—Vamos hacia aquella zona —indica un edificio cercano—, que es donde se encuentra el museo de los cocodrilos. Allí podremos ver varios ejemplares momificados.
—No, gracias; más cocodrilos, no, ya he tenido suficientes. —Asim me mira con cara de incomprensión, pero yo continúo—: Os espero ahí. —Señalo una especie de pozo en la parte exterior—. Necesito que me dé un poco el aire; hay demasiada gente en este templo.
—Me quedo contigo —dice Patri—. Lo de los cocodrilos momificados no me hace nada de ilu.
Asim me mira con preocupación.
—Venga, no seas exagerado; solo ha sido un tropiezo. Estaré bien. —Le sonrío para que se vaya tranquilo. Necesito asimilar lo que acabo de ver.
Se marcha con el resto del grupo. Nosotras dos nos acercamos al pozo, aún con todas las imágenes dando vueltas en mi cabeza. Patri se agarra a mi brazo y comienza a hablarme de Farid.
—¿Sabes, cuqui? Creo que este tampoco es mi príncipe azul —comenta, haciendo un puchero.
—¿No? —le pregunto, para que me cuente cómo ha llegado a esa conclusión.
Ella niega con la cabeza y nos asomamos al pozo.
—Hostis, qué profundo es. ¿Para qué serviría?
Me sujeto con ambas manos en él y, al tocar la fría piedra, comienzo a sentirme rara de nuevo.
Patri se apoya en el muro, de espaldas al pozo, y sigue hablándome de Farid.
Me giro para sentarme junto a ella y, entonces, vuelve a suceder.
Todo a mi alrededor cobra vida: los colores, los olores…
Al mirar hacia donde hace un momento se encontraba mi amiga, descubro a un anciano muy delgado, con la cabeza rapada, los ojos pintados de kohl y vestido con una túnica blanca, el cual me observa sonriente.
Me sobresalto al verlo ahí, pero él, sin borrar la amable sonrisa de su cara, me toma las manos y me dice, sin que sus labios se muevan:
—Ya queda poco, pequeña.