Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 33
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Nebet

Ra asoma por el este, iluminando el horizonte tras su descanso nocturno.

La puerta se abre, y las mismas sirvientas que le frotaron todo el cuerpo a su llegada entran en silencio, portando un cántaro con agua y ropajes limpios.

Los depositan en un rincón y, tal como llegaron, salen sin mirarla ni pronunciar una sola palabra.

Con los paños de lino que han dejado, Nebet intenta limpiar la sangre seca que tiene por todo el cuerpo, incluido el cabello.

El agua del recipiente se tiñe de un color rosado, y un olor acre impregna el ambiente.

Intenta peinarse los rizos con las manos, pero unos golpes fuertes en la puerta la sobresaltan.

Un guardia, vestido con los ropajes del templo, le hace un gesto de respeto con la cabeza, sin despegar la mirada del suelo.

—Mi reina. Tiene que acompañarme.

Los ritos diarios ya han comenzado, y por todas partes hay sirvientes que llevan ofrendas a los dioses. Los cánticos parecen resonar más fuertes que nunca.

—Por aquí, mi señora. —Con un brazo, el guardia le indica una salida lateral.

A la luz del día, la visión del gran río, con los colores del alba, la dejan sin aliento. Decenas de pequeñas embarcaciones fondean próximas a la orilla. La voz ha corrido por todo Kemet, y cada día cientos de personas llegan de todas partes para orar a los dioses por la salud del faraón.

De espaldas a ella, un anciano mira el fondo de un pozo.

Se gira al oír pisadas y le sonríe levemente.

Todo el cuerpo de Nebet se relaja al ver a su querido Hem Necher, sumo sacerdote de Amón, una de las personas que más le enseñó acerca de esa tierra.

Él le abre sus delgados brazos, a los que ella se lanza como si se tratara de los de su padre.

—Gracias a los dioses poder tenerte aquí, maestro.

—Sin embargo, yo desearía no tener que haber venido, pequeña. Este no es mi sitio, pero me mandaron llamar y acudí lo más rápido posible para estar cerca de ti en estos difíciles momentos.

—¿Qué va a ser de mí? —le pregunta, aferrada a su abrazo. Una lágrima resbala por su mejilla.

El sumo sacerdote se separa un poco de ella para mirarla a los ojos.

—Sentémonos aquí. —Toma asiento en el borde del pozo y le hace un gesto con la mano para que haga lo mismo.

Nebet ojea la profundidad de este: unas escaleras en forma de caracol descienden hasta más allá del agua.

—¿Sabes lo que es esto? —Hem Necher señala la parte más honda.

—¿Un pozo para recoger agua del río? —tantea ella, con la espalda muy recta, por miedo a caer dentro de él.

—Es mucho más. Este pozo, como tú lo llamas, es muy importante para que el faraón sea justo con los impuestos de sus gentes.

Si el agua alcanza los doce codos, ese año habrá hambre; con trece, escasez; catorce traen alegría; quince dan seguridad, y dieciséis, la ansiada abundancia.

Siempre lo creí justo, al igual que el pozo, pero he descubierto que no es así.

—Su delgada mano acaricia la cara de Nebet.

Su mirada irradia una intensa tristeza—.

El faraón se muere, y lo sabe. No solo lo sabe él: también su hermano, que ya está preparando todo para sucederlo en el trono.

Pero, para ello, no pueden quedar cabos sueltos, y tú pareces uno de ellos.

—No entiendo qué pretende hacer conmigo. Sé que, si él muere, yo moriré también. Pero ¿por qué?

—El hermano del faraón no quiere cerca a nadie que pueda arrebatarle el trono tras la muerte del monarca.

La primera esposa, su favorita desde que eran niños, y su único heredero, que aún lleva la trenza del infante, lo acompañarán ante el juicio de Osiris.

Sin embargo, lo que han decidido para ti me obliga a rebelarme contra todos e intentar ayudarte, aunque todavía no sé cómo podría hacerlo, pequeña. —Le estrecha una mano.

—Continúo sin entenderlo, maestro. ¿Hay algo peor que ir al Amenti sin estar preparada para ello?

Él asiente despacio.

—Que tu Ba y tu Ka jamás puedan unirse de nuevo a ti tras la muerte, ya que no encontrarán un cuerpo al que regresar al no estar el tuyo preparado para la eternidad.

»El faraón lleva tiempo acondicionando su mastaba para el descanso eterno, en cuyas paredes no aparece tu nombre como su segunda esposa. Ha prohibido en los templos que seas nombrada. Es su forma de seguir castigando a tu pueblo, al que mantiene sometido.

Todo alrededor de Nebet comienza a dar vueltas. Las palabras del sumo sacerdote resuenan en su cabeza y, de repente, deja de ver y de oír. Cuando recobra el conocimiento, se encuentra tumbada en el suelo. La expresión de Hem Necher es de angustia.

—¿Estás bien, pequeña? Me has asustado. No debí contarte nada, pero creo que mereces saberlo de mi mano para que, cuando llegue el momento, estés preparada. Por un instante temí que cayeses de espaldas al pozo, y he tenido que empujarte.

Aún tumbada en el suelo, incapaz de levantarse, ella contesta muy bajito:

—Puede que caer en el pozo hubiera sido un mejor final para mí.