32
Lola
Me despierto y abro los ojos despacio, deseando que lo que sucedió anoche no haya sido un sueño.
Miro hacia arriba: un cielo de un azul que no existe en ningún otro lugar del mundo se extiende inmenso sobre mi cabeza, mientras el sonido del agua me arrulla.
El barco sigue navegando rumbo al próximo templo que visitaremos.
Me giro hacia un lado y descubro a Asim sonriéndome al notar que ya he despertado.
—Buenos días —me dice—. No quería despertarte, pero tenemos que levantarnos ya. Nos estamos acercando a la esclusa y la tripulación no tardará en salir a cubierta. —Me aparta varios rizos de la cara.
A mí lo que me apetece es quedarme aquí con él casi desnudo, tumbados los dos, por siempre.
Sin embargo, nos vestimos en silencio y recogemos las colchonetas, devolviéndolas a su sitio, excepto la hamaca rota, que Asim aparta a un lado.
Caminamos juntos hacia nuestras habitaciones, para darnos una ducha y cambiarnos de ropa.
Al llegar a la puerta de la mía, él me abraza por la cintura y me levanta con sus fuertes brazos para darme un beso largo y profundo.
El corazón vuelve a latirme con fuerza dentro de mi pecho y gimo en su boca, por el puro placer que siento cuando él mueve su lengua de esa forma dentro de mí.
Me deja, cuidadosamente, en el suelo, sin apartar su mirada de mis labios.
—Nos vemos ahora —le susurro.
—No sé si voy a poder esperar. —Aprieta sus caderas contra mi cuerpo, dejando claro lo mucho que me desea.
Al entrar en la habitación, Patri está saliendo del baño y Carmen aún en la cama, con el antifaz en la frente.
—Parece que alguien ha hecho arroz esta noche —comenta Patri, divertida, despeinando mis rizos con sus manos.
—¿Ahora se le llama «hacer arroz» a echar un buen polvo? —suelta Carmen, riendo.
—Qué bruta eres. —No obstante, no puedo evitar una sonrisa mientras entro en el aseo.
Entre risas y confidencias, nos vestimos con ropa cómoda para desayunar. La jornada de hoy va a resultar tranquila, pues tenemos que esperar para cruzar la esclusa de Esna, lo que está previsto para media mañana.
Desayunamos sin prisa en cubierta, mientras navegamos.
Charlamos contemplando el paisaje y una pequeña embarcación a remo se acerca a la dahabiya para vendernos suvenires.
Carmen regatea igual que cuando va al mercadillo de nuestro barrio, para comprar un mantel que el vendedor le muestra desde abajo.
Todos observamos cómo este lanza con destreza desde su embarcación, a la parte más alta de la nuestra, que es donde nos encontramos todos, los diferentes modelos que tiene.
—Niña, coge el que más te guste, que te lo regalo yo para nuestro ajuar —le dice Javier a nuestra amiga, a lo que ella responde con cara de haber comido limones.
—¿Para nuestro ajuar? ¿Tuyo y mío? —Menea el dedo índice a un lado y a otro—. Ni lo sueñes, repeinao .
Elige el que más le gusta y, en una de las bolsas que ha lanzado el hombre de la barca, mi amiga mete el dinero que este le pide por el mantel y se lo manda. El vendedor agarra la bolsa al vuelo antes de que caiga al agua; todos los presentes aplaudimos.
—Ea, una cosita menos que tenemos que comprar —le dice Javi, para hacerla rabiar.
Ella se da la vuelta, ignorando el comentario.
—Lola, acompáñame a otra zona del barco, que el gominas está hoy muy pesadito y, si no me voy, acabaré arreándole un mantelazo que le va a despeinar esa raya tan perfecta que lleva a un lado. —Me agarra del brazo, tira de mí y me arrastra hacia donde se encuentran Farid, Patri y Asim.
—En breve llegaremos a Edfu —nos indica Asim, deteniendo su mirada en mí—; si tenéis que coger algo de las habitaciones, es el momento.
Carmen, al ver que Javier viene hacia nosotros, se me adelanta.
—Voy yo, que se acerca otra vez Jesulín de Ubrique. ¿Os traigo algo de la habitación? —nos pregunta a Patri y a mí.
—Sí, tráeme la mochila, porfa —le pido. Ella asiente con la cabeza y se va, sacándole la lengua a Javier, que ríe divertido.
Desembarcamos en Edfu, donde nos esperan unas calesas para trasladarnos al templo. Cuando Asim nos asigna la primera, mi amiga Patri lo mira muy seria y niega con la cabeza de forma enérgica.
—No, cuqui, en esta no vamos a subir nuestros preciosos culos; vamos, ni lo sueñes.
¿Tú sabes cuánto valen estos pantalones?
Nosotras, en esa de allí, que la tapicería está un poco más limpia, si no te importa.
—Y pasa por delante de nosotras, haciéndonos un gesto con la mano para que nos demos prisa y la sigamos.
El trayecto en calesa es una locura: los conductores compiten por ser los primeros en llevar a sus clientes al templo para así ganarse una propina.
Nosotras nos sujetamos como podemos unas a otras, riéndonos de las barbaridades que Carmen le grita a nuestro chófer y a toda calesa que se acerca más de la cuenta.
—Este momento se merece un selfi. —Patri saca el iPhone de su bolso y las tres miramos hacia el objetivo con lágrimas en los ojos, de tanto reír.
El templo de Edfu está consagrado a Horus y, en su entrada, se yerguen dos grandes estatuas del dios halcón.
Frente a ellas, Asim nos explica la historia del edificio; yo, flanqueada por mis dos amigas, escucho con atención.
Recorremos el templo, que está abarrotado de turistas, y cuando termina la visita, Asim nos da tiempo para hacernos fotos, como siempre, y nos avisa de que nos esperará en la salida, junto a una de las figuras de Horus.
Patri le pide a Carmen que le saque una foto para subir a su redes sociales y yo, mientras tanto, camino detrás de Asim, que se gira como presintiendo mi presencia.
—¿Tú no haces fotos? —me pregunta, con una leve sonrisa.
Niego con la cabeza.
—Me quedo con las imágenes que se graban aquí. —Señalo el corazón—. Son las mejores.
Me sonríe sin dejar de mirarme a los ojos. Tras él, Horus el halcón parece mirarme desde arriba. Verlo así me recuerda algo.
—Tengo una cosa que sé que te pertenece.
Me observa con una expresión extraña, levantando una ceja.
Dejo la mochila en el suelo y me inclino para sacar del bolsillo interior la pequeña bolsita de plástico con la figura que compré el primer día, en el mercado de El Cairo.
Desenvuelvo con delicadeza el papel de periódico.
Asim sigue cada uno de mis movimientos; cuando los primeros detalles de la figura asoman entre el papel, sus ojos se abren por la sorpresa.
—El dios Horus… Parece muy antigua. ¿Me dejas verla? —Extiende su mano hacia mí.
Yo coloco la figurita en el centro de su palma, que se cierra sobre ella, cubriéndola.
En ese preciso instante, todo vuelve a suceder: el templo a nuestro alrededor desaparece y nos quedamos completamente solos.
Verdes campos, salpicados de lagos cubiertos de nenúfares azules, nos rodean.
Nuestros pies están sumergidos en la orilla de un río.
Él luce una barba negra y los ojos pintados con kohl; su largo cabello ondea al viento.
Asim comienza a hablar, y eso me hace salir del trance. La visión se desvanece.
—¿Dónde has conseguido esta reliquia? —Analiza de cerca la figurita.
—La compré en El Cairo.
—¿Por qué has dicho que sabes que me pertenece? —Me mira fijamente.
Yo levanto los hombros y, con una sonrisa tímida, le contesto:
—Lo sé.