31
Nebet
Cuando Benerib y el pequeño Dyer abandonan la estancia, la joven reina se queda a solas con la bestia, que la mira desde el rincón más oscuro de la sala.
Sus brillantes ojos verdes siguen en silencio cada movimiento suyo.
Ella lo observa fijamente y, con las manos en el corazón, le pide con toda su fe:
—¡Oh, Sobek!, tú que eres portador de vida y muerte, dios protector, no permitas que el faraón nos lleve al Amenti con él.
De sus ojos brotan dos lágrimas que amenazan con no detenerse, pero, sin pestañear, continúa:
—De estar escrito así, de no poder ser de otra manera porque los dioses así lo desean, intercede por mí ante Osiris y permite que lo que en esta vida se me negó junto a mi amado sea posible en otra.
Como si el animal hubiese escuchado sus súplicas, abre las fauces de par en par, dejando escapar el rugido más potente que ella jamás haya oído, tan ensordecedor que el suelo a sus pies parece temblar.
Las rodillas se le doblan, y cae apoyando ambas manos en él.
Sus ojos quedan a la altura de los de la bestia, que la observa con la cabeza ladeada.
Nebet permanece inmóvil, como hechizada por la mirada del cocodrilo, oscura como las tinieblas de la noche.
Es como si un poder ancestral habitara en ella y se abriera paso hasta su mente para transmitirle lo que desea que haga.
La joven reina se levanta del suelo y se aproxima a un gran canasto hecho de juncos, donde se encuentran varias aves de corral.
De ahí es de donde la primera esposa debió de haber sacado su ofrenda.
Coge un pequeño pato, al que han cortado la parte delantera de las alas, y que revolotea para tratar de escapar.
Lentamente, Nebet se acerca al enorme reptil.
Él golpea el suelo con su cola; el estruendo resuena en la sala.
Las sacudidas son tan violentas que la sangre acumulada en las hendiduras entre las piedras se levanta en un rocío oscuro y salpica a Nebet; su piel, su pelo y sus ropas quedan empapadas, como si la criatura la estuviera marcando.
Ella se detiene en seco, paralizada por el poder del enorme cocodrilo.
Con manos temblorosas, lanza al pobre pato hacia sus fauces; este bate las alas con desesperación, lanzando débiles graznidos, pero su destino está escrito.
La bestia abre su gigantesca mandíbula y, en un movimiento rápido y letal, vuelve a cerrarla, con tanta fuerza que algunas plumas salen despedidas, y quedan en suspensión antes de caer al suelo.
Los cánticos se acercan, cada vez más nítidos.
Al girarse en la dirección de la que proceden las voces, Nebet ve a varios sacerdotes y sacerdotisas dedicadas al culto del dios Sobek entrar en la estancia, portando un desfile interminable de ofrendas que parecen multiplicarse con cada paso que dan: bandejas de incienso purificador, frutas, flores, recipientes llenos de leche, miel, agua y vino, todos cuidadosamente dispuestos para el dios cocodrilo, protector de las aguas del gran río.
Un guardia apostado en la puerta, al que ella no había visto antes, la espera para acompañarla a sus dependencias al otro lado del templo. Al llegar, Nebet se deja caer sobre el jergón, sin preocuparse por la sangre que tiene por todas partes, y se permite derramar las lágrimas contenidas.
Cuando el medjay abandona la estancia, el escriba mira a Asenet, que mece al pequeño entre sus brazos para que se duerma. Una sonrisa asoma en su cara.
—¿Y ahora qué haremos? —le pregunta la joven al escriba, mirando al niño.
—Ya has oído lo que nos dijo el medjay : aquí estaremos a salvo, de momento.
Tenemos que escondernos y esperar; yo voy a hacer justamente eso, me parece lo más sensato.
Con los ahorros de los que dispongo, podemos estar tranquilos los tres por ahora, pero si tú deseas partir hacia tu pueblo, estando tan cerca de él, lo entenderé.
—¿Partir? ¿Sola? —le pregunta, con los ojos muy abiertos y abrazando al pequeño con fuerza. Niega con la cabeza repetidamente.
Se pone en pie con mucho cuidado para que Heny, que ya se encuentra dormido, con la figura del halcón en su mano, no se despierte. Lo tumba en el jergón y se acerca al escriba.
—¿Te gustaría que yo partiera? Te he causado tantos problemas que entendería que no me quisieras cerca. Ya no podrás pisar un templo nunca más, y todo por mi culpa, porque aquella noche en Karnak te pedí que me acompañaras en este peligroso viaje —dice ella con voz lastimosa.
Él le sujeta la barbilla con una mano para que lo mire a los ojos y, de manera tierna, le dice:
—Doy las gracias a los dioses en todas y cada una de mis oraciones por haberte puesto aquella noche en mi camino.
Si tu no hubieras venido a buscarme al templo, yo nunca habría salido de él, y jamás te habría encontrado.
Desde el momento en que saliste de las sombras, en mi vida desapareció la oscuridad y se hizo la luz, que llegó para inundarlo todo, como las aguas del Nilo.
Deseo desde lo más profundo de mi Ba que elijas quedarte a mi lado.
¿Deseas tú lo mismo que yo, Asenet? ¿Quieres ser mi mujer? —le pregunta, con temor a su respuesta.
Al escuchar esas sinceras palabras, las lágrimas se agolpan en los ojos de la nubia.
—Debes saber que, desde aquella ceremonia en el templo, yo ya me siento tu mujer, y no hay nada en esta tierra negra que desee más que formar una familia junto a ti, Sejemká.
En la cara del escriba se dibuja una sonrisa reluciente y ambos se funden en un abrazo.
Sus bocas se buscan, torpemente al principio, pero, pasados unos segundos, los dos se sorprenden al notar que sus cuerpos, que jamás habían tenido contacto con el sexo opuesto, saben a la perfección lo que deben hacer.
Entonces, se desata dentro de ellos una pasión arrebatadora, algo que jamás imaginaron experimentar.
Esa noche, se entregan por completo, dejando que sean sus almas las que hablen por ellos.