Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 30
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Lola

Después de que nos ayuden a bajar del pedestal de los colosos, nos dirigimos al lugar donde le hemos dicho a Asim que se celebraba la fiesta, para recoger a Farid. Cuando este nos ve subidas en el coche, levanta los brazos y pregunta:

—¿Se puede saber dónde estabais?

—Ay, cuqui, si yo te contara… —Patri le hace un puchero desde la ventanilla trasera del taxi.

Él, con la boca abierta, nos mira de una en una, pero se detiene en Patri.

La pinta de mi amiga es todo un poema: ella, que siempre está impecablemente peinada y maquillada, ahora tiene un nido de pájaros en lugar de coleta.

El profundo escote, que antes tapaba con su pañuelo, ahora está al descubierto, y la sombra de ojos se le ha corrido de tanto llorar.

Y menos mal que está sentada dentro del coche, porque, si no, Farid también vería la mancha de pis en su pantalón rosa de seda.

—¿Qué ha pasado? ¿Alguien os ha hecho algo? —pregunta, preocupado.

—Nos han atacado los hijos de Anubis, que salían del inframundo, o algo así ha dicho Lola. Y se han llevado mi pañuelo favorito. He pasado mucho miedito, cuqui —lloriquea Patri.

Asim suelta una carcajada. Farid la mira con los ojos más abiertos todavía, sin entender nada.

—No ha pasado na, churra. Las chiquillas, que son irresistibles —le dice Javier, divertido, desde la parte de atrás del coche.

—¿Tú no estabas mal? —le pregunta Carmen.

—Sí, estaba mu malamente, pero el Asim tiene unas pastillas milagrosas y yo no quería perderme la fiesta.

—Tú te apuntas a una ronda de aspirinas, te lo digo yo.

En cuanto subimos al barco, este zarpa rumbo a nuestra próxima parada. Será en el templo dedicado a Horus, en Edfu, el cual visitaremos a primera hora de la mañana.

Mientras Patri se ducha, yo reviso mi móvil y veo que tengo varias llamadas perdidas de mi abuela; es raro en ella, no me llamaría si no hubiera ocurrido algo. Marco su número y, en cuanto suena el primer tono, ella descuelga.

—¿Todo bien? —me pregunta antes de que yo le pueda decir nada.

—Sí, abu, todo bien.

—Pues, me alegro, porque mis cartas me tenían asustada: unas fuerzas oscuras rodean cada una de mis tiradas. ¿Ha pasado algo?

Cada día me sorprende más; es capaz de ver a través de las cartas de una forma asombrosa. Le explico con detalle lo que ha pasado esta noche.

—En esa tierra, lo que un día se pronunció aún está presente. Sigue impregnada de la antigua magia. Tened cuidado —advierte, con la voz teñida de inquietud.

Patri sale del baño y me hace una señal para que ponga el altavoz.

—Abu, voy a poner el manos libres porque Patri quiere hablar contigo.

—¡Hola, abu! Es que Lola no nos quiere revelar lo que ha salido en las cartas, y yo quiero saber si Farid es mi príncipe azul —le suplica con voz lastimosa.

—¿Holaaa? No se escucha. Maldito teléfono. —Oímos como golpea varias veces el auricular con los dedos—. Lo siento, Patricia bonita; no te oigo bien, cariño, y esto se corta.

De golpe, dejamos de escucharla. Yo, que conozco a mi abuela y sé que todo ha sido una treta para no contestar a mi amiga, me echo a reír. Y más aún al ver la cara que se le ha quedado a ella, que también la tiene calada.

—Yo esta noche no estoy para príncipes; me voy a dormir. Ya he tenido bastantes emociones por hoy, necesito descansar.

Carmen, que ya está en la cama, con el antifaz de Patri puesto, se lo levanta por un lado y dice:

—Me pido la primera en la ducha de la mañana. —Y se vuelve a tapar los ojos.

Salgo a buscar una botella de agua y, al entrar en el bar, veo a Asim de espaldas, sentado en la barra bebiendo una cerveza. Cuando me ve, se levanta del taburete y camina hacia mí. Ese andar seguro, ladeando la cabeza mientras me observa de arriba abajo, hace que todo mi cuerpo vibre.

—¿Cómo estás? —pregunta, con un deje de preocupación en la voz.

Me aparta un rizo de la cara y desliza su dedo por mi mandíbula.

Al sentir el roce de su piel, cierro los ojos, disfrutando del placer que me provoca ese simple acto—.

No sé qué habría pasado si no os hubierais subido a las estatuas.

Aún no entiendo cómo Farid os dejó solas en ese barrio por la noche.

No debería haber permitido que os quedarais allí. No era seguro.

Escuchamos a la pareja de portugueses a lo lejos. Se acercan al bar hablando alto y riendo.

Asim se vuelve hacia la entrada y cambia el gesto. Yo, sabiendo lo que le preocupa, me acerco a su oído.

—Te espero en cubierta.

Asiente levemente con la cabeza, mirándome con esos ojos que parecen capaces de atravesar mi alma.

Antes de salir del bar, me topo de frente con Lourdes, que va del brazo de André.

Los dos, preocupados, me preguntan por la fiesta.

Por lo que logro entender, Patricia, a nuestra llegada al barco, les explicó lo sucedido, aunque a su manera, y aún bajo los efectos del alcohol.

Lo único que ellos entendieron fue algo sobre el inframundo y unos perros de Anubis que nos perseguían. Los pobres se quedaron desconcertados.

Les cuento con más detalle lo que ha pasado y los tres lo comentamos entre risas.

Mi mirada, casi sin querer, busca la de Asim, que parece ejercer en mí una atracción casi magnética.

Desde los extremos de la sala, nuestros ojos se encuentran, y puedo apreciar como él sonríe, divertido por lo que está escuchando.

La penumbra del ocaso se extiende cálidamente por el paisaje cuando subo a cubierta.

Respiro hondo y el peculiar olor del Nilo inunda cada poro de mi ser.

Miro hacia lo alto del cielo, donde un manto oscuro va ganando terreno, poco a poco, a los últimos destellos de luz que se pierden tras la colina.

Busco la parte más solitaria del barco, desde donde puedo disfrutar mejor del paisaje, sin las molestas luces de los focos que alumbran la parte principal de la terraza, y me tumbo en una hamaca.

Una estrella fugaz atraviesa el firmamento justo delante de mí, y no puedo evitar sonreír al sentirme feliz por primera vez en mucho tiempo.

—¿Has pedido tu deseo? —escucho a mi espalda.

—Sí. —No puedo despegar mis ojos de los suyos, que se van acercando a mí.

Se agacha y apoya una rodilla en el suelo, para inclinarse hacia mí. Tan cerca que su olor vuelve a invadirme, dejándome sin habla.

—Yo también —dice en voz baja.

Sus ojos se detienen en mi boca, y extiende una mano para acariciar mi cara con el pulgar, resiguiendo el contorno de mis labios.

Se aproxima con lentitud, su mirada cargada de una reverencial ternura, y finalmente se lanza sobre mi boca, besándome con deseo contenido.

Al principio, el beso es suave, pero, al sentir que mi lengua busca la suya con anhelo, se deja llevar, al igual que yo, por la pasión.

De mi garganta brota un gemido de placer extremo cuando noto la tersura de sus labios sobre los míos.

Se tumba encima de mí; la hamaca cede bajo el peso de nuestros cuerpos y caemos al suelo.

Asim me mira preocupado porque me haya hecho daño.

Al ver mi sonrisa, una carcajada escapa de sus labios; yo también estallo en risas.

Decidimos tumbar en el suelo un par de colchonetas de las hamacas más próximas e improvisar la cama más confortable del mundo, en el mejor lugar del mundo, bajo un precioso cielo estrellado y con el arrullo del río como música de fondo.

Una vez dispuesto nuestro colchón, él se sienta en el centro y me tiende una mano para que yo lo haga también.

En cuanto nuestros dedos se tocan, todo cambia.

Ya no veo a Asim; sí, son sus mismos ojos, pero ya no es él.

Es el medjay que siempre aparece en mis sueños, con sus ropas negras, su densa barba, su pelo largo y sus ojos pintados de kohl.

A nuestro alrededor ya no hay hamacas, sino verdes campos que se expanden hacia donde se pierde la vista, tachonados de nenúfares azules, cuyo embriagador perfume puedo percibir nítidamente.

—Por fin te he encontrado bajo el cielo de Isis —escucho en mi mente, aunque los labios de Asim permanecen inmóviles.

Tan solo ha durado un segundo antes de que la imagen se desvaneciera a mi alrededor.

—¿Has dicho algo? —le pregunto.

—No. ¿Debería? —inquiere en tono sensual, sosteniéndome la mano.

Sonrío y niego con la cabeza. Me arrodillo frente a él y, mirándolo a los ojos para intentar llegar a lo más profundo de su alma, le respondo:

—Te equivocas. Yo te he encontrado a ti.