Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 29
52%

29

Nebet

Asenet le explica al medjay todas sus peripecias hasta llegar a donde están, y, mientras lo hace, Sejemká no puede dejar de mirarla.

Ahora que ya han cumplido su misión, encontrar a ese hombre, su futuro resulta incierto.

¿Querrá Asenet seguir compartiendo el camino de la vida con él?

O, por el contrario, ¿preferirá regresar a su tierra, junto a su familia?

Últimamente, esa duda le quita el sueño.

Cuando no consigue dormir, se sienta y observa a la preciosa mujer con el pequeño abrazado a ella.

Su imaginación lo lleva a soñar despierto con un futuro en el que los dos permanecieran a su lado hasta que tuvieran que presentarse ante Osiris en el juicio por sus almas.

Amani les refiere lo que Nebet le contó durante su breve encuentro en el templo, y lo sencillo que le resultó dar con ellos.

Dejaron muchos testigos a su paso por el pueblo donde recogieron al pequeño.

También les detalla los rumores que ha oído durante el camino.

Según dicen, el faraón está muy malherido, y se ha ordenado desde los templos que se realicen sacrificios y ofrendas a los dioses para pedir por su sanación, lo que hace pensar que ningún sunu , con su medicina, ni ningún sau , con su magia, pueden hacer nada más por él.

Heny, que está sentado en el regazo de Asenet, comienza a llorar, y, cuando el joven extiende una mano para acariciarle la cabeza, algo cae de entre los pliegues de sus ropajes y rueda por el suelo hasta los pies de Asenet, quien se agacha.

Al reconocerlo, una triste sonrisa se dibuja en su rostro.

El pequeño abre mucho los ojos y coge la figurita del halcón con su pequeña mano.

Amani inmediatamente cambia su gesto y se la arrebata al niño con un brusco movimiento.

Heny llora con más fuerza que antes, mirando con miedo al oscuro medjay .

Él, al darse cuenta de lo que ha causado, observa durante unos segundos la figura del dios Horus; recuerda a Nebet en el río, entregándole su preciado amuleto de la niñez.

Alarga la mano para dársela al niño, quien deja de llorar de inmediato.

—Te la presto. Cuídala mucho.

—Yo también tengo algo para ti —le dice la joven.

Saca una bolsita de lino en la que porta el collar de Isis. Amani lo toma como si fuese el mayor tesoro que jamás hubiesen tocado sus grandes manos y se lo acerca a los labios. Lo besa tiernamente.

—Gracias por todo lo que habéis hecho por mi amada.

Sé que habéis arriesgado mucho. Tú, Asenet, has perdido tu trabajo junto a tu señora, así como la protección y seguridad que te brindaba el palacio.

Y tú —se dirige a Sejemká, que lo mira apartado— no podrás volver a trabajar en ningún templo, ya que te buscan a ti también, y, en cuanto pongas un pie en uno de ellos, la primera esposa lo sabrá.

—Guarda el collar entre sus ropajes, muy cerca de su corazón—.

Enviaré un mensajero, que avisará a mi rey de todo lo sucedido con su preciada hija.

También, de la posible guerra con Egipto, aunque ahora mismo no creo que eso ocurra.

Iré a buscar a Nebet y me la llevaré conmigo; es lo que tenía que haber hecho cuando la vi en Luxor.

—La tristeza nubla su mirada—. Podéis quedaros en esta casa el tiempo que sea necesario, ya me he ocupado de eso.

Escondeos y esperad; si yo os he encontrado, los guardias deben de andar cerca.

Con suerte, ese maldito hijo de Anubis que tenéis por faraón se presentará en el juicio ante Osiris muy pronto y, con él, desaparecerá el poder de la primera esposa.

Los dos asienten con la cabeza. Sejemká coge en brazos al pequeño, que desde abajo le enseña su nuevo juguete, y dice:

—Que los dioses te guíen y te ayuden a vivir en paz junto a la mujer que amas. Ambos lo merecéis. Estaréis presentes en todas mis plegarias.

El medjay inclina la cabeza, abre la puerta que da al exterior y, una vez que se ha asegurado de que no hay nadie, sale y cierra tras él.

El templo no descansa. En cada capilla y en cada patio, se suceden los ritos para invocar la ayuda de los dioses.

Al atravesar una de las salas, los bajos de la túnica de Nebet se mojan con un líquido espeso y tibio: todo el suelo está bañado por la sangre de los sacrificios que se están realizando.

Se agacha un poco para recoger el largo lino negro y anudarlo en un lado, de modo que no se siga manchando.

En ello está cuando escucha una voz a su espalda:

—Si por mí fuera, tú serías una buena ofrenda para los dioses.

Nebet se gira y ve a Benerib en la parte alta de la sala, sentada en un opulento trono de oro. Tras ella, un descomunal bajorrelieve del dios Sobek parece observarla también, imperturbable.

Apenas logra reconocer a la primera esposa.

Su pelo, normalmente trenzado y con complejos peinados, luce suelto y despeinado.

Su atuendo, siempre perfecto, ahora está sucio y arrugado.

El maquillaje negro de sus ojos forma dos grandes manchas que descienden hasta su pecho, creando profundos surcos oscuros.

Benerib abre su mano, y Nebet ve en ella un pajarillo que intenta escapar de su garra.

Lo arroja hacia delante y, en medio de la oscuridad de la sala, se abre una gran mandíbula que atrapa al pájaro, el cual revolotea, incapaz de escapar.

Las fauces se cierran con un estrepitoso crujido, seguido de un ronquido gutural que hace que Nebet se estremezca.

El cocodrilo, el más enorme que jamás haya visto, permanece atado muy cerca de ella.

Ante él, en grandes bandejas doradas, han depositado trozos de antílopes, cebras y otras aves de gran tamaño.

La sangre, aún fresca, gotea de las bandejas, derramándose lentamente sobre el suelo.

Cuando Benerib está a punto de decirle algo más, entra en la sala el pequeño Dyer, quien, al ver a la joven reina, corre hacia ella con una sonrisa; lleva en una mano el muñeco con forma de gato, agarrado por el rabo.

Nebet se agacha para ponerse a su altura y lo abraza con cariño, acariciando la trenza que cuelga a un lado de su cabeza.

—Qué bonito, al fin la familia junta. ¿No te parece, Nebet? Sabía que podías ser malvada, pero no imaginaba cuánto.

—Yo no soy malvada —le contesta, furiosa.

Se levanta de su trono y baja despacio. Pasa muy cerca del cocodrilo, que, al verla, abre sus fauces y agita fuertemente la cola, golpeando el suelo y haciendo salpicar la sangre que hay a su alrededor.

Dyer, que no había visto al animal, se aferra a las piernas de Nebet, mirando con pavor a la bestia.

—¿Ah, no? —De la garganta de la primera esposa sale una carcajada pérfida.

Se acerca a ellos y, con sus huesudos dedos y sus larguísimas uñas tintadas de negro, acaricia la cabecita rapada del pequeño.

—¿Sabes que por culpa de tu querida Nebet muy pronto vas a morir? —dice cerca de su oído—. ¿Y que yo también moriré? ¡Hasta el cocodrilo va a morir si ella no lo impide!

El pequeño le suelta las piernas y la observa con espanto; aprieta el muñeco contra su pecho desnudo.

—¡Yo no puedo hacer nada! —grita Nebet con rabia—. ¡No es mi culpa si los dioses lo llaman ante Osiris! ¿Cómo es posible? ¿Por qué el faraón es tan cruel?

—¿Cruel? —Benerib la contempla con asco—.

Debería suponer un honor para ti que tu dios te haya elegido para que lo acompañes en su viaje.

Aunque lo conozco desde niño, es algo que aún me resulta imposible de comprender.

A nosotros nos ama demasiado para partir solo, sin nuestra compañía.

Su hermano, el futuro rey de las dos tierras, lo ha convencido para que partamos todos juntos y que, así, no tenga que esperarnos.

—Compone una mueca amarga y agarra la mano del pequeño, al que arrastra en dirección a una de las salidas laterales—.

Si es cierto que no tienes nada que ver, reza a todos tus dioses, si es que los tienes, para que nos ayuden, o no será solo el faraón quien se presente muy pronto ante Osiris —le espeta a Nebet antes de abandonar la sala, con los ojos de Dyer, llenos de lágrimas, fijos en la joven reina.