28
Lola
Después de comer, visitamos el templo de la reina Hatshepsut, donde, al terminar, nos hacemos una foto de grupo, todos juntos en la monumental escalinata.
De regreso en el minibús, veo que Javier vomita en una bolsa de plástico. Carmen le da aire con su abanico azul, a juego con su pelo.
—¿Qué le pasa? —le pregunto a mi amiga.
—Aquí, el sevillano, que se ha puesto fino a comer en el último sitio en el que hemos estado, y parece que algo no le ha sentado bien.
—¿Quieres un poco de agua? —le pregunto a él, abriendo mi mochila.
Javi niega con la cabeza y lo asalta otra arcada; su cara desaparece nuevamente dentro de la bolsa.
Asim se acerca a nosotras y le explicamos lo que ocurre.
—La siguiente y última visita del día son los colosos de Memnón —nos dice—.
Farid me ha comentado que os quedaréis con él en una fiesta.
Yo tengo que regresar con el resto del grupo al barco.
Vosotras volveréis con él en un taxi, ¿de acuerdo?
—Nos mira a las dos, que asentimos con la cabeza.
Él continúa—: Me hubiese quedado más tranquilo si Javier os hubiera acompañado, pero, por lo que veo, no va a ser así.
—Ayuda a Javier a levantarse para acompañarlo hasta la salida del minibús.
—No, churrita. Yo me quedo con las chiquillas, que, con la jartá a vomitar que me he pegao , ya estoy musho mejor —alega él.
—Mejor, dice. Si tiene una cara de acelga que tira para atrás. Y aun así, él se quiere apuntar a la fiesta —comenta Carmen.
—Iremos al barco después de esta última visita. —Asim lo sujeta por el brazo para que camine—. Tengo unas pastillas que te pueden venir bien.
Durante el trayecto hasta los colosos, Asim nos narra la historia de las dos gigantescas estatuas de piedra que representan al faraón Amenofis III.
Al llegar frente a ellas, y después de comprar unos llaveros a unos niños que nos esperaban al bajar del minibús, nos sacamos otra foto grupal, con los colosos detrás de nosotros.
A continuación, Asim se acerca a nosotras tres, que nos estamos haciendo un selfi, y nos dice:
—Nosotros ya nos marchamos. Divertíos, pero tened cuidado: las costumbres aquí son muy diferentes a lo que vosotras conocéis —afirma muy serio, mirándonos de una en una para cerciorarse de que las tres lo hemos escuchado.
—Tranquilo, estaremos juntas todo el tiempo —le aseguro, sonriendo.
—A ver, no entiendo esa preocupación: solo vamos a una fiesta. ¿Qué nos puede pasar? ¿Que nos coman? Además, hace mucho que no voy a una y me apetece un montón. —Carmen menea sus caderas a ritmo de salsa.
En la boca de Asim despunta una tenue sonrisa.
—Divertíos mucho. Nos vemos en el barco. —Me guiña un ojo y se da la vuelta para reunirse con el resto del grupo, que ya está en el minibús.
Caminamos con Farid hasta un local cercano, el cual, a simple vista, tiene pinta de garaje.
Desde el interior suena música árabe a todo volumen.
En el exterior, sobre un suelo de tierra, hay unas cuantas sillas y mesas de plástico, cada una de un color y forma diferente.
Bueno, el color es más bien indefinido, por la cantidad de suciedad que tienen encima.
Al acercarnos más, descubrimos que somos las únicas mujeres en la «fiesta». Todos los hombres que ya se encuentran en ella dejan de hablar en cuanto llegamos, y se giran para mirarnos de arriba a abajo, sin disimulo alguno.
—Me cago en la leche. ¿Esta es la fiesta a la que venimos? —farfulla Carmen en voz baja. Se afana en recoger su pelo azul con el coletero rosa que siempre lleva en la muñeca, en un inútil intento de no ser el foco de casi todas las miradas.
Farid se adelanta a nosotras, y hacia él se dirigen dos hombres que nos presenta como sus primos.
Uno de ellos cumple años hoy. Los dos son muy simpáticos y nos sonríen sin cesar, dejando al descubierto sus descuidadas dentaduras.
Nos acompañan a una de las mesas y nos invitan a sentarnos.
Patri, no obstante, se mantiene de pie, y le hago un gesto para que ocupe la silla contigua a la mía.
Ella la mira, después me mira a mí y niega con la cabeza repetidas veces poniendo cara de asco.
Hace un puchero y, finalmente, acaba sentándose en el borde, con la espalda muy recta, para no rozar el respaldo.
Farid le grita algo al que parece el camarero y nos traen tres cervezas Stella. Al probar la suya, Carmen exclama:
—¡La madre que los parió! ¡Las cervezas se sirven frías! ¿Cómo hay que explicarlo? ¡Que no es té! Monto yo aquí un bar con tortillas de patatas y cañas fresquitas y me hago de oro, te lo digo yo.
La música sigue sonando y los asistentes a la «fiesta» empiezan a abstraerse cada uno en lo suyo: unos bailan, mientras que otros hablan muy alto y se ríen, mirándonos. Estoy segura de que somos el tema de conversación, y eso hace que nos sintamos un tanto incómodas.
Traen shishas para los chicos que están sentados con nosotras y Farid nos pregunta si queremos fumar también.
—Pues, claro, cari, pero una sola para las tres. No nos vayamos a marear —dice Patri.
—A ver, Patricia, que es solo tabaco —replica Carmen, a la que ya se le va notando el efecto de la cerveza.
Ponen el Waka waka de Shakira, La Bamba , el Aserejé , y bailan alrededor de nosotras sonriendo todo el tiempo e invitándonos a bailar también, pero nosotras nos limitamos a sonreír y beber nuestras cervezas calientes, con nuestros culos pegados a las sillas, literalmente.
Farid se levanta y se marcha para hablar con un grupo que acaba de llegar.
—Cuqui, ssstoy un poco mareada. La cerveza caliente me ha dado ganas de hacer pipí. ¿Me acompañas? —me pide Patri en voz baja. Trata de levantarse de la silla haciendo equilibrio para no tocar nada.
—Voy a preguntar si tienen baño aquí. —Me levanto yo también.
—Ssssssh, ni borracha hago yo pipí en el baño que puedan tener estos aquí. Voy a buscar un sitio donde no me vean. ¿Vienes?
Carmen, que nos escucha, también se pone en pie.
—No pensaréis dejarme aquí sola. Uno de ellos me ha tirado del pelo para ver si llevo una peluca. Vamos, y aprovecho yo también para vaciar la vejiga.
Nos alejamos un poco, caminando las tres cogidas del brazo.
—Uy, no, no, aquí nos ven, ¿no ves cómo están mirándonos? —Patri señala un rincón cerca de los colosos—. Por allí no nos verá nadie.
Seguimos caminando y aparece un perro muy flaco, con calvas en el pelaje. Patri lo saluda:
—¡Hola, perrito! ¿Estás solito?
—Patricia, date prisa, que me meo —la apremia Carmen.
Cuando me fijo mejor, me doy cuenta de que no es solo un perro el que nos sigue: ahora vienen tres.
—¡Hostis! ¡Más perritos! ¡Hola, guapos! ¿Nos acompañáis? —Patri sonríe a los canes, que menean sus colas al oírla.
—No les digas nada, que creen que tenemos comida. Están muertos de hambre. ¿No ves como se les marcan las costillas? —Carmen los observa con miedo.
—Oiiisss, qué penitaaa. Tenéis hambre, ¿verdad, bonitos?
Lo que hace un momento eran tres perros se convierten en ocho, y siguen saliendo de todas partes.
—¡Patricia! Déjalos ya, que esto empieza a darme miedo. Son un montón. Date prisa; hacemos pipí aquí mismo y volvemos. —Carmen ya está desatándose el cordón del pantalón bombacho.
—¿Aquí? Yo, si me están mirando, no puedo. —Patri echa un vistazo en dirección al bar, donde un par de cabezas nos observan en la distancia.
Continuamos andando y los perros nos siguen cada vez más y más cerca.
Uno comienza a ladrarnos y, poco después, otro lo imita.
Giro la cabeza hacia uno enorme, que se encuentra muy cerca de mí, buscando olfatearme la mano.
Es marrón y blanco, tiene calvas visibles en el pelaje y le falta parte de una oreja.
Aparto bruscamente la mano y él me enseña los colmillos, que brillan en la oscuridad de la calle.
—Esto no me gusta nada. —Me agarro fuerte del brazo de Carmen para obligarla a ir más deprisa.
—¡Ay! ¡No corráis! Que es peooor —nos dice Patri; aun así, ella acelera el paso para alcanzarnos.
—¿Qué hacemos? —les pregunto—. Parecen haber salido del inframundo enviados por Anubis.
—Hostis, cuqui. Tú sí que has prestado atención a Asim, ¿eh?
—¿A dónde vas, Carmen? —le pregunto, corriendo enganchada a su brazo. Más de treinta perros, todos iguales, ladran muy cerca de nosotras.
—¡Tenemos que subirnos ahí! —Esta señala con el dedo el enorme pedestal que se alza bajo los pies de uno de los colosos.
—¿Estás loca? ¿Cómo vamos a subir ahí? Esas estatuas tienen más de tres mil años, ¿y tú quieres que las allanemos?
—Es lo más alto que hay por aquí, así que, si no quieres morir devorada por una jauría de perros, ¡corre!
Patri tira de mi brazo y corremos las tres juntas.
Todos los perros echan a correr también, persiguiéndonos; sus ladridos resuenan a nuestro alrededor.
De repente, uno de ellos agarra un extremo del pañuelo que Patri lleva alrededor del cuello y tira con fuerza, haciéndola caer de lado.
Como puede, logra soltar el nudo mientras el perro corre enrabietado, moviendo la cabeza de un lado a otro y agitando el pañuelo como si fuese su trofeo.
Otros perros lo persiguen, intentando arrebatárselo.
—¡Mi pañuelo de seda de Hermès! ¡Maldito chucho sarnoso! —grita mi amiga con rabia.
La ayudamos a levantarse y, casi en volandas, la llevamos hasta los pies de las gigantescas estatuas de piedra.
—¡Patricia, deprisa!, ¡sube un pie en mi hombro, que te aúpo! —le grita Carmen. Los perros ya están muy cerca.
Cuando al fin logramos trepar los cuatro metros que mide el pedestal, los perros nos ladran desde abajo y dan vueltas en redondo, saltando en busca de un camino para llegar hasta nosotras.
Patri se sienta entre los pies de la estatua y rompe a llorar escandalosamente, bajo el efecto de las cervezas.
—Voy a morir devorada por una jauría de perros rabiosos y sarnosos en un país extranjero. Estoy sucia, despeinada; un chucho se ha llevado mi pañuelo de Hermès, que me costó ochocientos euros, y, para colmo, me acabo de hacer pipí en las bragas. ¡No puedo morir así!
—Tranquila, aquí no pueden subir. Eso espero —dice Carmen, aunque lo último lo dice más bajo, para que Patri, que se halla inmersa en su drama, no pueda oírla.
A lo lejos vemos llegar un taxi monovolumen que comienza a hacer sonar su claxon y a hacer parpadear las luces. Los perros, asustados, huyen despavoridos en todas direcciones.
Del coche bajan Asim, con semblante preocupado, y Javier, con una sonrisa divertida. Al vernos encaramadas a las estatuas, grita para que lo oigamos:
—¡Si ya decía yo que erais tres monumentos! ¿Qué pasa, chiquillas? ¿Dónde queda esa fiesta?