27
Nebet
Tal como le informó el guardia la víspera, Ra ya se encuentra en lo alto cuando se divisa a lo lejos el pequeño templo que alberga al faraón malherido.
Nebet escucha los cánticos; probablemente, cientos de personas estén pidiendo a los dioses por la salud del monarca.
También se columbra la humarada procedente de una ingente quema de incienso, para que el humo guíe las oraciones y estas lleguen antes hasta los dioses.
A su llegada, nadie la espera en el puerto.
Nebet mira a un lado y a otro, con la esperanza de ver a alguien que la reciba.
Sin embargo, solo dos guardias reales la escoltan hasta sus dependencias, emplazadas en un lugar alejado del templo.
Es una pequeña cámara sin ventanas, con una sola salida, ante la que los guardias quedan apostados.
«¿Por qué estoy aquí?». No deja de repetirse esa pregunta una y otra vez.
De inmediato, entran varias doncellas cargadas con cuencos de agua y ropas limpias.
Sin mediar palabra, se apresuran a retirarle la túnica blanca de las sacerdotisas de Amón.
Con movimientos firmes, frotan su piel con paños de lino mojados, limpiando cada ángulo y cada curva como si quisieran arrancar no solo la suciedad, sino algo más profundo, algo oscuro que habita en su interior.
Después, una de las doncellas abre un recipiente de esencia de mirra diluida en un aceite espeso y aromático.
Mientras impregnan su cuerpo con la mezcla, sus voces comienzan a alzarse en un cántico ritual, una melodía antigua y poderosa cargada de palabras mágicas.
El ritmo hipnótico de sus voces parece vibrar en el aire, como si cada palabra tuviera el poder de expulsar demonios invisibles atrapados bajo la piel de Nebet.
Las manos de las doncellas se deslizan con precisión, untando cada centímetro de su cuerpo, mientras el aroma de la mirra y el canto envolvente llenan la pequeña estancia.
La visten con una larga túnica negra confeccionada con un lino grueso.
Por último, trenzan su cabello, también ungido con aceites.
Los cánticos van disminuyendo de forma paulatina conforme las mujeres progresan en su tarea, hasta convertirse en un murmullo casi inaudible.
Por un momento, el aire se condensa tanto que Nebet teme morir asfixiada.
En cuanto terminan, las doncellas recogen sus utensilios en silencio y se marchan, dejando tras de sí solo el pesado aroma del ritual.
—Acompáñeme, mi señora —dice uno de los guardias armados que esperan en la puerta.
Ella lo sigue por uno de los laterales del templo. Reverberan en Nebet los ecos de la ceremonia de sacrificio que se está llevando a cabo en el interior: un canto solemne y el murmullo de la multitud se entremezclan en el ambiente.
Al final de un largo corredor se alza una puerta, custodiada a ambos lados por guardias que llevan el emblema del faraón. Tras cruzar una señal, uno de los medjays abre la puerta de una gran sala y, con un gesto, le indica a la reina que entre.
Dentro de la estancia, el intenso aroma del incienso, con un toque agrio, torna el aire prácticamente irrespirable. Al fondo de la sala, en un lecho rodeado de sanadores y sacerdotes, todos inclinados en silencio sobre su ocupante, yace un faraón maltrecho.
El guardia que la acompaña le hace una señal para que espere en la entrada. Luego, avanza hacia el faraón y le susurra algo, que Nebet no logra escuchar desde donde se encuentra. El faraón levanta la mirada y la ve.
—Mi señora, el faraón desea hablar con usted —anuncia el guardia, y le hace un gesto con el brazo para que se dirija hacia él.
Nebet echa a andar insegura, sintiendo el peso de las miradas fijas en ella. A medida que se aproxima al lecho, todos los que rodean al faraón van inclinándose en una reverencia a su rey y caminando de espaldas hasta salir de la sala.
Al acercarse, puede verlo con más nitidez: tiene toda la piel empapada y enrojecida, los ojos hundidos, y su respiración suena profunda y áspera.
—¡No te acerques más! —le ordena el faraón con una voz débil, temblorosa, en la que se percibe miedo.
Nebet se detiene en seco en el centro de la sala. Él prosigue con dificultad:
—¿Qué clase de heka has lanzado sobre mí? Desde que me uní a ti, mi salud no ha hecho más que empeorar. Años de guerras sobre el carro, y, tras celebrar mi Heb Sed, al volver a encontrarme contigo, mi caballo me tira al suelo, provocando esto.
El faraón retira las sábanas que cubren su cuerpo y deja al descubierto el vacío donde debería estar una de sus piernas. La carne en torno al muñón está envuelta en tiras de lino, ennegrecidas por la sangre seca y los ungüentos aplicados. Varias moscas revolotean alrededor, deseando posarse.
La joven reina da un paso atrás y se lleva las manos a la boca ante la desagradable escena. Él, con tono severo y autoritario, proclama:
—He mandado que te traigan para ordenarte, como tu dios que soy, que deshagas en este preciso momento la magia que has lanzado sobre mí, para así poder sanar.
—Yo no he hecho nada. No sé conjurar hechizos ¿Cómo podría hacer eso? ¡No soy ninguna maga! —responde Nebet con firmeza, aunque en su voz se percibe una mezcla de incredulidad y temor.
—No es eso lo que me han dicho. Me consta que el tiempo que has pasado en Karnak lo has dedicado a estudiar los textos mágicos. ¡No oses mentirme! —Esto último lo dice levantando mucho la voz. El esfuerzo le provoca un violento ataque de tos, que, por un instante, lo deja sin aliento.
De inmediato, una sirvienta aparece de la nada y le da algo de beber. Cuando logra recomponerse, continúa hablando, con los ojos enrojecidos y llenos de rabia:
—Si piensas que matándome a mí salvarás a tu pueblo, estás muy equivocada. —En su boca se dibuja una media sonrisa—. Te ordeno que deshagas el hechizo que me has lanzado, porque, si yo muero, tú me acompañarás.
La mente de Nebet tarda unos segundos en asimilar lo que le acaba de oír. Cuando lo hace, una sensación de debilidad se apodera de su cuerpo, como si el suelo bajo sus pies estuviera a punto de resquebrajarse.
—¡Guardias! ¡Lleváosla fuera de mi vista!
Sejemká y Asenet se aproximan al templo con el pequeño, después de haber recorrido un largo camino durante tres lunas. Por momentos, Asenet siente un impulso casi irrefrenable de emprender el camino contrario y negarse a entregar a Heny. Así es como el niño les ha dicho que se llama.
En el poco tiempo que ha pasado junto a él, este se ha ganado su corazón, y Asenet desea cuidarlo como si fuera su propio hijo. Uno que nunca pensó que podría tener y que, ahora, los dioses han puesto en su camino.
Al doblar una de las esquinas cercanas a la entrada del templo, una sombra negra bloquea su paso.
Asenet, que camina con el niño de la mano, se sobresalta al atisbar delante de ellos a un hombre armado, vestido con negros ropajes.
Sin embargo, al alzar la mirada y reconocer su rostro, una sonrisa aparece en sus labios.
—¡Rápido, entrad aquí! —exclama el hombre mientras agarra con fuerza a Sejemká.
Este lo mira con expresión de espanto, sin comprender nada, pero el desconocido lo obliga a cruzar una pequeña puerta. Una vez dentro del recinto, escruta ambos lados antes de entrar también y cerrar la puerta tras de sí.
Asenet se lanza a abrazar al medjay . La expresión de incertidumbre en el rostro del escriba se transforma en puro asombro.
—¿Os conocéis? —pregunta.
Ella, interrumpiendo el abrazo, asiente.
—Es a quien teníamos que encontrar. Pero, al parecer, él nos ha encontrado antes a nosotros —le explica a Sejemká, contenta.