Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 26
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Lola

El calor del día de hoy es insoportable.

El Valle de los Reyes está atestado de turistas sudorosos (alguno que otro, maloliente) con los que hay que rozarse para entrar o salir de las tumbas, en unas colas interminables.

Lo mejor de todo es nuestro guía. Cuando nos traduce los textos inscritos en las paredes, su mirada se transforma; se nota que el tema le apasiona.

Yo no puedo despegar mis ojos de él, que parece hablar solo para mí.

Mientras esperamos para entrar en una de las tumbas, Patri me pregunta:

—Cuqui, ¿qué te ha dicho la abu de las cartas?

—¿De las cartas? Naaada. —Me ladeo para que no me vea la cara.

—Espera, a ver, ¿cómo que «naaada»? —Me agarra del brazo para que la mire a la cara—. ¿Qué es lo que no me quieres contar?

—¿En serio?, ¿tanto se me nota?

—Amiga, nunca has sabido mentir. Eres clara como el agua.

—Eso mismo me dice mi abuela. Fue ella la que me pidió que no os dijera nada de lo que había leído en las cartas, que es mejor que lo viváis. Bueno, ella no me lo dijo así, sino más bien: «Que el destino les muestre su camino».

Patri suelta una carcajada.

—Adoro a tu abuela; es lo más.

—Yo también la adoro. No sé qué haría sin ella.

Farid se nos acerca por detrás, sonriendo, y le dice a Patri:

—Esta noche hay una fiesta en Luxor, cerca de los colosos de Memnón. ¿Te apetecería venir conmigo?

Ella le devuelve la sonrisa y me mira con las manos juntas, a modo de ruego.

—Solo si mis amigas vienen también.

—¿He oído «fiesta»? —pregunta Carmen, acercándose, y seguida de cerca por Javi.

—¡Olé! Que me gusta a mí una fiesta… —dice este, dando palmas.

—¡A ver! ¿A ti quién te ha dicho nada? ¡Este tío se apunta a todo!

—La última visita del día de hoy son los colosos. Después, el resto del grupo volverá al barco y nosotros nos quedaremos en la fiesta. Se lo diré a Asim para que lo sepa.

Farid se dirige hacia Asim, que está hablando con Montse y Joan, para decirle lo de la fiesta. Él, automáticamente, se pone tenso, se gira y me mira muy serio. Por la expresión de su cara, creo que no le ha gustado nada la propuesta.

—¡Vamos, cuqui, muévete! —Patri me empuja para que avance con la cola que entra en la tumba.

Esta en particular es especialmente bonita: los colores se conservan intactos; parecen haber sido pintados ayer.

Al final del pasillo, se abre en una sala más amplia, en la que nuestro grupo se detiene.

Asim nos habla de la inscripción que puede verse en un bajorrelieve a su espalda.

Por lo que nos cuenta, se trata de una fórmula mágica muy utilizada en el antiguo Egipto, la cual solía emplearse en los enterramientos, pero también en los rituales diarios que se realizaban a los dioses.

Enciende un puntero de luz y lo desliza sobre otros bajorrelieves de la tumba, recorriéndolos de arriba hacia abajo, mientras nos traduce lo que está escrito en ellos.

—«Mi boca es abierta por Ptah; las ataduras de mi boca son soltadas por el dios de mi ciudad.

Thot ha venido equipado de hechizos y desata las ataduras de Seth en mi boca.

Atón me ha dado mis manos, que se colocan como guardianes.

Me es dada mi boca; mi boca es abierta por Ptah con ese cincel de metal con el que abrió la boca de los dioses».

Su voz resuena en mi cabeza, y a ella se unen otras voces que recitan esa misma oración, como si yo ya la conociera. Como si yo la hubiera pronunciado cientos de veces antes. Sin pensarlo, de mi boca, y al mismo tiempo que Asim, digo:

—«Soy Sejmet-Wadjet, que habito en el oeste del cielo. Soy Sahyt entre las almas de On».

Un silencio se instala a mi alrededor y todos se giran para mirarme. Los ojos de Asim quedan fijos en los míos. Solo en ese momento me doy cuenta de que la frase ha salido de mi boca.

—¡Hostis! ¿Cómo sabes tú eso, cuqui? —me pregunta Patri, a mi lado.

Yo no sé cómo disimular delante de todos.

—He leído mucho sobre Egipto y lo vi en un documental —digo, encogiendo los hombros.

La mayoría da por buena mi respuesta, y siguen avanzando mientras contemplan las inscripciones y las pinturas de la tumba.

Los portugueses se separan del grupo con intención de hacerse fotos para sus redes sociales.

Sin embargo, Asim y mis amigas me miran con gesto serio, esperando explicaciones.

Levanto la mirada al techo para no enfrentar sus miradas.

Sobre mi cabeza, la diosa Nuit me observa con sus largos brazos extendidos, como si quisiera tocarme.

—¿Estás bien? —Asim acaricia mi brazo.

Mi mirada desciende hasta sus ojos y asiento con la cabeza.

—Salgamos. Aquí hace mucho calor y te vendrá bien un poco de aire fresco —dice mientras me rodea la cintura y me insta a avanzar. Me dejo guiar por él hacia el exterior. Mis amigas, que cuchichean entre sí en voz baja, nos acompañan.