25
Nebet
Dos lunas han pasado desde que Asenet y Sejemká salieron huyendo de la posada.
Desde entonces han ido avanzando por caminos secundarios muy poco transitados, por temor a encontrarse con los guardias que los perseguían.
Asenet va casi todo el tiempo a lomos del pollino, pero a ratos camina junto al escriba para que el asno descanse.
Cuando Ra alcanza el cénit, paran junto al río para reposar y comer un poco de pan, unos garbanzos cocidos y cerveza turbia que compraron en el último pueblo por el que pasaron.
Sejemká ata a la bestia a una palmera mientras Asenet se acerca a la orilla para tratar de quitarse el polvo del camino, en vano, ya que el calor resulta insoportable y la arena se pega a cada poro de la piel.
El escriba la mira desde la distancia y sonríe, pensando que, aun cubierta de polvo, es el ser más bello que los dioses han creado.
Asenet se frota los brazos con un trozo de lino. De pronto, escucha un llanto no muy lejos de ellos.
—¿Has oído eso? Parece el llanto de un niño —dice. Se pone en pie, oteando en la dirección de la que procede el sonido.
—¿Dónde? Yo no he oído nada. —El escriba se acerca a ella. De repente, lo escucha él también.
—¡Es por ahí! —indica ella, y sale corriendo hacia el origen del sonido.
Tras unos matorrales hallan a una mujer tendida en el suelo. Junto a ella, un niño muy pequeño llora desesperado.
—¡Hola, bonito! —le dice Asenet.
Él la mira con lágrimas en los ojos.
El escriba se acerca a la madre, le toma un brazo y aproxima su oído al pecho. Niega repetidas veces y le cierra los ojos, que permanecían abiertos.
—Ya ha partido hacia el oeste; no hay nada que nosotros podamos hacer para ayudarla, tan solo rezar para que su Ib pese menos que la pluma de Maat en el juicio ante Osiris. Parece una esclava nubia. Mira la marca de su brazo: es propiedad del faraón.
Asenet observa el brazo de la joven mujer; podría ser ella. De su misma procedencia, más o menos de su misma edad, y con su mismo color de piel.
—A ella ya no la podemos ayudar, pero tenemos que hacer algo para ayudar al niño. —Limpia las lágrimas del pequeño con sus dedos.
—Iremos al pueblo más cercano y preguntaremos, aunque no creo que sea de por aquí. —Sejemká señala en el suelo un hatillo confeccionado con una pieza grande de lino muy remendado.
Asenet se agacha para quedar a la altura del pequeño, que ya ha dejado de llorar y los observa con sus grandes ojos marrones.
—Seguro que tienes hambre —le dice en su idioma, imaginando que así la entenderá.
El niño asiente con la cabeza. Asenet se incorpora y le tiende la mano. El pequeño duda un instante; mira en dirección a su madre inerte y, secándose las lágrimas, agarra la mano de Asenet y camina junto a ella.
En la aldea cercana, nadie parece conocer al niño. A pesar de que van casa por casa preguntando, nadie sabe nada de él ni de la joven extranjera. De tanto llorar, el pequeño se ha quedado dormido en los brazos de la nubia, que lo observa con ternura.
—¿Cómo es posible que nadie sepa quién es? ¿Qué vamos a hacer con él? No lo podemos dejar solo, no sobreviviría.
—No lo vamos a dejar solo. Lo llevaremos con nosotros y lo entregaremos en el próximo templo, para que crezca bajo el amparo de los dioses, igual que yo. Es lo mejor que podemos hacer por él.
Asenet sabe que lleva razón, pero tener al pequeño entre sus brazos despierta en ella un instinto maternal que desconocía tener.
Al vivir en palacio, junto a las princesas, siempre pensó que ella nunca tendría hijos, ya que se debía en cuerpo y alma a la familia real.
Pero, ahora, fuera de esas paredes, con Sejemká a su lado y un niño entre los brazos, se da cuenta de que eso es en realidad lo que más desea: tener su propia familia.
Han pasado dos lunas y la barcaza real se desplaza muy lentamente por el río.
Es el mes de panne, el segundo de la estación de Shomu, y, hasta que lleguen las inundaciones, el reducido caudal del río y la ausencia de viento hace que la embarcación solo se mueva mediante remos y varas para no chocar con las piedras que emergen.
El paisaje discurre despacio frente a ella, como si los dioses quisieran ayudarla a no llegar nunca a su destino.
—Disculpe que la moleste, mi reina. Vengo a informarle que mañana, cuando Ra esté en lo más alto del firmamento, llegaremos al templo, si Hapi lo permite.
Sin tan siquiera girarse hacia el guardia, Nebet hace una inclinación con la cabeza para darle a entender que lo ha oído. Él se retira y la deja sola otra vez.
No ha hablado con nadie desde que salieron del templo de Karnak; no tiene con quién, y tampoco añora hacerlo.
La tristeza y la incertidumbre no la dejan conciliar el sueño y tampoco ha probado bocado, aunque siempre le ofrecen los más deliciosos manjares.
¿Por qué la quiere ahora el faraón a su lado?
Nebet mira al cielo buscando respuestas a sus preguntas, pero lo único que obtiene es el eco de los remos golpeando fuertemente el agua una y otra vez; con cada golpe, siente que está un poco más cerca del faraón y mucho más lejos de ser feliz junto a su amado.