24
Lola
La experiencia de subir en globo y presenciar el amanecer desde lo alto del Valle de los Reyes es una de esas que se quedan grabadas para siempre en la memoria.
Si, además, la vives con tus mejores amigas, y si a todo eso le sumas tener al lado al hombre de tus sueños, se convierte en pura fantasía.
Durante la ascensión, Carmen no para de emitir grititos de miedo a medida que nos alejamos del suelo.
—¡Amigo! ¿Esto es seguro? ¿Tú tienes carnet? Mejor aún: ¿existe carnet para esto o es el mismo que para los coches? ¡Ayyy! No subas tan rápido, Fittipaldi; cómo sois los egipcios conduciendo, tenéis un peligro… —Mira en todas direcciones sin saber dónde sujetarse.
El piloto le sonríe en respuesta, sin quitar ojo de su pelo azul y sin entender nada de lo que mi amiga está diciendo.
—Tranquila, miarma , que yo te agarro. No pasa na. ¿No ves que el muchacho controla tela? —Javier le rodea la cintura.
—No agarres tanto, que te gusta mucho a ti agarrar.
—Mi amiga se zafa de él como puede—. Vas a necesitar las dos manos para sujetarte los pantalones cuando bajemos, no vaya a ser que la gravedad haga que se te suban un poco más y te acaben ahorcando.
Además, que hayamos dormido juntos no quiere decir que te tomes tantas confianzas.
—Juntos, dice la chiquilla que hemos dormido… Un servidor ha dormido en el sofá —murmura Javier, y se lleva una mano a las lumbares para estirar la espalda.
El globo se detiene en lo más alto del ascenso y contemplamos el valle ya amanecido. Mientras todos sacamos fotos, Asim no despega los ojos de mí. Se sitúa a mi espalda, muy cerca, y su mano roza la mía. El contacto dura tan solo un segundo, pero lo que experimento es algo casi primitivo.
—¿Te gusta? —me pregunta, aproximándose un poco más.
—Gustarme es poco. —Giro sobre mis talones y levanto la cabeza.
Nos quedamos en silencio; nuestros ojos hablan por nosotros y se hacen mil preguntas.
—¡Venga, cuqui, ponte con nuestro guía, que os hago una foto! —Patri me guiña un ojo, enfocándonos ya con su móvil.
Él extiende su brazo detrás de mí y sonríe a la cámara, pero yo no puedo dejar de mirarlo a él, de modo que en la foto salgo con cara de tonta, recortada contra la maravillosa vista del Valle de los Reyes y un cielo que parece pintado con acuarelas naranjas.
Decenas de globos de diferentes colores vuelan tras nosotros.
—¡Hostis, qué guapísimos! Menudo reportaje fotográfico estoy haciendo; de aquí, a trabajar para National Geographic —dice, enseñándome muy orgullosa la foto que acaba de tomar.
Muy bajito, entre dientes, añade—: Cuquis, si lo que queréis es que nadie se dé cuenta de lo vuestro, vais a tener que disimular mejor. Cada vez que os miráis, saltan chispas.
Asim cambia el gesto y asiente con la cabeza. Acto seguido, se aleja para hablar con los portugueses, que no dejan de hacer fotos en todas direcciones.
Después de nuestra maravillosa experiencia en el globo, continuamos con la visita a las tumbas del Valle de los Reyes.
Los guías se acercan a las taquillas para comprar las entradas; mientras, me aparto del grupo para llamar a mi abuela, ya que hace varios días que no hablo con ella y necesito contarle cómo me siento. Marco su número y, al segundo tono, contesta.
—¡Por fin! ¡Qué alegría!
—¡Hola, abu! Siento mucho no haberte llamado antes —me disculpo.
—Déjate de tonterías, que mi alegría no se debe a que me llames, sino a lo que me han dicho las cartas. Pero ahora tú tienes que darme los detalles.
Estallo en una carcajada. No puedo ocultarle nada a mi abuela, siempre ha sido así: antes de que yo haga algo, ella ya lo sabe.
—Es maravilloso, abu, pero tengo miedo de que el viaje termine, yo me despierte de mi sueño y Asim deje de existir.
—Él nunca va a desaparecer, y, si lo hace, os volveréis a encontrar las veces que sean necesarias.
Aún no lo sabéis ninguno de los dos, pero siempre ha sido vuestro destino estar juntos, y tarde o temprano lo conseguiréis.
Me lo han dicho las cartas, y estoy tan segura de ello como de que me llamo Dolores.
A lo lejos diviso a Patri haciéndome gestos y recuerdo lo que me dijo.
—Abu, cuando tengas un rato, pregúntales a las cartas sobre Patri. Asegura que ha conocido aquí al hombre de sus sueños y quiere saber lo que le auguran.
—Sobre eso te quería hablar; menos mal que me lo has recordado. Anoche no podía dormir y leí las cartas pensando en las dos. Dile a tu amiga que este viaje, aparte de cambiar tu vida, también va a cambiar la suya para siempre.
—¿De verdad es su príncipe? —le pregunto, entre incrédula e ilusionada.
—Estoy totalmente convencida. También me dijeron que ella tiene una venda en el corazón y no quiere ver, pero él poco a poco irá deshaciendo el nudo y podrá entrar en su alma y quedarse ahí para siempre.
—¡Qué alegría! Ya verás qué contenta se pone Patri cuando se lo cuente.
—¿Espera? ¿Has dicho Patri? No, cariño, no. Yo te hablaba de Carmen. Lo de Patricia se queda en Egipto, pero Carmen ha encontrado allí a su mitad. Sin embargo, creo que será mejor que no les digas nada a ninguna de las dos y que el destino sea quien les muestre el camino.
—Está bien, abuela, intentaré guardar el secreto, aunque ya sabes que me cuesta mucho tener la boca cerrada cuando sé algo, o sea que no te prometo nada.
La escucho reír al otro lado del teléfono.
—Lo sé muy bien, cariño. Eres transparente como el agua del río.
Quien ríe ahora soy yo porque, cada vez que he intentado decir una mentira, mi abuela enseguida se daba cuenta y siempre me decía eso mismo.
Me despido de ella cuando veo que mi grupo ya está montando en los buggies que nos trasladarán al valle.
Patri y Carmen han subido en el último asiento y me han guardado un hueco para que nos sentemos juntas.
Cuando Asim se cerciora de que estamos todos, sube él también, le hace un gesto al conductor y arrancamos.
Patri saca el móvil del bolso y activa la cámara.
—A ver, cuquis, decid: ¡viva Egipto y los egipcios!
En la foto salimos las tres con una sonrisa espléndida y la entrada al Valle de los Reyes de fondo.