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Nebet
«Oh, Osiris, tú te has ido, pero volverás; te has dormido, pero despertarás; has muerto, pero vivirás».
Ra ya se ha puesto en el horizonte, y la voz de Hem Necher, sumo sacerdote del templo, resuena en las paredes de la capilla a la que solo él tiene acceso.
Cuando no está con Sotis, Nebet lo busca y siempre aprende algo nuevo a su lado. Lo admira profundamente: es un anciano muy sabio, aunque también un poco gruñón, que ha dedicado toda su vida a honrar y cuidar los dioses del templo, para que todo sea como debe ser.
A ella le gusta observarlo mientras él lleva a cabo las vetustas ceremonias. Hem Necher, por su parte, se ha acostumbrado a que, al finalizar todos los rituales, la reina le haga mil preguntas, que él siempre contesta con infinita paciencia.
Tras concluir la última ceremonia de ese día, Sotis se acerca a ella deprisa, con una cara que Nebet nunca le había visto.
—Mi reina, soy portadora de malas noticias.
Al oír esas palabras, se teme lo peor; su Ba está a punto de abandonar su cuerpo. El sumo sacerdote se acerca a ellas, inquieto.
—¿Qué ha ocurrido, Sotis? Por todos los dioses, dime que no le ha pasado nada a Amani, te lo suplico.
—No, señora, no es él, sino que son noticias del faraón las que le traigo.
El cuerpo de Nebet se relaja y cae al suelo de rodillas, con las manos en el pecho para impedir que su Ib se le salga del interior.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta Hem Necher.
—El faraón ha sufrido un accidente de carro mientras cazaba y se teme por su vida.
Acaba de llegar un mensajero real. Lo están trasladando a un pequeño templo, donde residen los monjes más diestros en el arte de la sanación.
Nos han pedido que realicemos más ofrendas y sacrificios para rogarles a los dioses por su pronta recuperación.
El sumo sacerdote hace un gesto de asentimiento y se retira con premura para prepararlo todo.
Sotis se acerca a Nebet, que permanece en el suelo, y la ayuda a ponerse en pie.
—Mi señora, debe prepararse para partir hacia allí también. En la misiva real se ordena que sea llevada ante el faraón lo más rápido posible —la informa, y la rodea con sus brazos al ver su cara de espanto.
De los ojos de Nebet brota un mar de lágrimas que llevan mucho tiempo queriendo salir, similares a las de la diosa Isis por la muerte de su amado Osiris, las cuales causaron inundaciones en las dos tierras.
—No quiero marcharme de aquí —dice, en un tono que asemeja una súplica—. No quiero ir junto a los que no me quieren. Algo en mi interior me dice que no es bueno que el faraón me llame a su lado en un momento como este.
—Los dioses siempre tienen planes para cada uno de nosotros, y no siempre esos planes son lo que nosotros esperamos que sean. Aun así, debemos confiar en que, al final, todo es como debe ser.
—Te voy a extrañar mucho, Sotis.
Esta sonríe con gesto afable y lágrimas en los ojos.
—Y yo a usted, mi reina.
—No me llames así, te lo ruego. Para ti soy solamente Nebet.
La suma sacerdotisa se coloca de puntillas para besar su frente.
—Mi querida Nebet, ojalá la diosa me hubiese bendecido con una hija como tú. Estarás presente en todas mis oraciones para que, tarde o temprano, obtengas lo que deseas.
La estrecha con fuerza, y así permanecen las dos hasta que oyen al jefe de los medjays del templo dirigirse a ellas:
—Mi reina, todo está dispuesto para partir en cuanto usted esté preparada.
Nebet le da un último beso a Sotis y se gira hacia el guardia, a quien sigue hacia su nuevo e incierto destino.