22
Lola
Cuando me despierto, Asim ya no está en la cama. Me giro hacia el lado donde antes estaba tumbado él y aspiro su olor en la almohada.
Miro por la ventana; todavía no ha amanecido, pero el cielo está tan claro que puedo ver la luna reflejada en el río, y sonrío al pensar en la maravillosa noche que acabo de vivir.
Ha sido todo tan intenso… Nuestros cuerpos parecían reconocerse en cada caricia, en cada suspiro; nuestros dedos recorrían cada rincón de nuestros cuerpos como si ya supieran lo que tenían que hacer.
Nunca había sentido nada parecido. Durante algunos momentos, me parecía estar viendo al medjay de mis sueños, con su barba y sus ojos ámbar pintados de kohl.
Por un segundo, una duda desfila por mi mente. ¿Por qué Asim ya no está en la cama? ¿Se habrá arrepentido?
Cuando me levanto, totalmente desnuda, para ir al baño, se abre la puerta y entra Asim, que se queda parado en la puerta, mirándome de arriba abajo.
—¡Buenos días! —En su cara se dibuja una media sonrisa muy sexi.
—¡Buenos días! —lo saludo yo, también sonriendo, y sin hacer amago de taparme.
Él, sin quitar sus ojos de mi cuerpo, dice:
—Más vale que te pongas algo de ropa encima. Si no, vas a ser la causante de que todo el grupo se pierda la excursión de hoy.
Sonrío. Cojo la sábana que cubre la cama y me la enrollo en torno al cuerpo.
—Te he traído café. Tenemos que salir ya y no te da tiempo a desayunar. Vais a montar en globo frente al Valle de los Reyes; os esperan en media hora.
—Qué lástima. —Hago un puchero.
Él sonríe, pero, de repente, cambia el gesto.
—Hay algo que quisiera aclararte. Necesito este trabajo para sufragar las excavaciones; como ya sabes, hay muchas personas que dependen de mí. Sería mejor si nadie supiera lo que ha ocurrido esta noche.
—Mis amigas lo saben, seguro. Y sin que yo se lo diga.
—Sí, lo imagino, pero, aparte de ellas, nadie más debe saberlo. El chico portugués tiene un turoperador con el que me interesa trabajar en un futuro, y no es serio que yo me líe con una pasajera. ¿Lo entiendes?
—Pediré discreción a mis amigas, pero no te prometo nada. Además, Montse se ha dado cuenta de cómo nos miramos.
Él no dice nada más, pero no aparta su mirada de mí mientras recojo mis cosas, que están desperdigadas por la habitación, para ir a la mía.
Sin embargo, cuando abro para salir, Asim cierra la puerta, extiende un brazo sobre mí y, con el otro, me sujeta por la cintura.
Su cuerpo me aprisiona contra la puerta, haciéndome saber lo mucho que me desea.
—No puedo esperar el momento de tenerte desnuda en mi cama otra vez. ¿Puedes decirme qué has hecho conmigo?
Yo me giro y miro hacia arriba, para encontrarme con sus ojos ámbar, que brillan con una luz especial.
—Una vez te pregunté si crees en el destino, ¿recuerdas?
Él asiente con la cabeza.
—Pues, yo estoy segura de que tú eres mi destino. —Le doy un rápido beso en los labios, abro la puerta y, tras asegurarme de que no hay nadie en el pasillo, corro hacia mi habitación, esforzándome para que no se me caiga por el camino la sábana que me cubre.
Al llegar frente a mi puerta, ladeo la cabeza y lo veo apoyado en el marco de madera de la suya, sonriendo.
Mis amigas se abalanzan sobre mí en cuanto entro.
—¡Por fin! —Patri me recibe con una sonrisa. Se acerca a mí dando saltitos para abrazarme.
—¡Viva Cleopatra! Para que luego digan que no es la reina de las reinas —me dice Carmen. Me arrebata la peluca, que llevo en la mano, y se la pone ella en la cabeza, sobre su pelo azul. De inmediato, la cobra cae sobre su cara, totalmente aplastada.
—Queremos detalles, cuqui. Cuéntanoslo todo y no te guardes nada —exige Patri.
—No hay tiempo —alego. Dejo en el suelo la sábana y desaparezco en el baño con ropa limpia. Alzo la voz para añadir—: Y, por favor, tened discreción. No comentéis nada con el resto de los pasajeros, ¿vale?
—Javier ya lo sabe —dice Carmen.
Salgo del baño y la miro con los ojos muy abiertos. Ella encoge los hombros.
—A ver… Cuando me di cuenta, estaba sola y, para qué os voy a engañar, un poco perjudicada.
Al llegar aquí, me encontré colgado en la puerta el cartelito de «No molestar».
Javier me ofreció dormir en su habitación.
¿Dónde queríais que lo hiciera? ¿En el pasillo?
—nos dice, con los brazos cruzados sobre el pecho, para hacer notar su enfado.
—Ay, cuqui, no seas tan dramática. Por cierto, si no nos damos prisa, se van sin nosotras, que el globo no espera —nos apura Patri, señalando el reloj con el dedo.