Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 21
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Nebet

Asenet y Sejemká tienen que compartir habitación en la posada para no levantar sospechas, ya que todo el mundo cree que viajan como pareja.

Él pasa la noche en el duro suelo, sobre una alfombra de palma, pero no le importa en absoluto.

El simple hecho de compartir un espacio cerrado con una mujer supone toda una novedad, ya que siempre ha dormido con compañeros varones.

Durante el viaje era distinto, porque dormían con más gente a su alrededor, pero en esta ocasión están ellos dos solos.

Pasan gran parte de la noche conversando.

Cuando el escriba deja de oír a Asenet, se incorpora para comprobar si duerme, y la imagen que la luna le permite ver de ella quedará grabada en su corazón para siempre.

Si la mujer ya le parecía bella antes, al contemplarla dormida se le antoja como ver a la diosa Hathor durmiendo a su lado; no puede existir mayor belleza.

Justo antes de conciliar el sueño él también, les pide a los dioses ser testigo de esa imagen todas y cada una de las noches que lo separen de presentarse ante Osiris en el juicio por su alma.

A la mañana siguiente, cuando el escriba se despierta, Asenet ya no está en el jergón. Sejemká se dispone a abrir la puerta, cuando ella entra rápido y la cierra tras de sí.

—¿Qué ocurre?

—Abajo hay dos guardias con el sello de la primera esposa, y andan buscando a una mujer nubia.

Gracias a los dioses que la posadera no es la misma que nos recibió anoche, cuando llegamos —le explica.

De debajo de sus ropas saca un sencillo faldellín blanco y se lo entrega al escriba, quien lo coge y lo estudia, curioso.

—No podemos salir por la parte delantera —continúa ella mientras se asoma por un ventanuco—. Tendremos que salir por aquí.

Él, al ver el hueco por el que pretende que abandonen la posada, niega con la cabeza.

—¡Por todos los dioses! ¿No querrás que yo salga por ahí?

—No sabemos si te buscan a ti también, pero es lo más probable, por eso debes quitarte las ropas de escriba.

—Yo saldré por la puerta principal —afirma el escriba—. Es imposible que quepa por ahí. —Señala el hueco en la pared.

—De acuerdo —contesta ella, y, de un salto, se aúpa al hueco y desaparece.

Sejemká, asustado, se asoma, solo para ver que ella ya está abajo, sacudiéndose el polvo.

Asenet mira hacia arriba y, al ver la cara de preocupación del escriba, y aún bajo los efectos de la adrenalina por el salto, le lanza un beso con la mano. Él desearía derribar parte del muro para llegar hasta ella y que su beso no se lo llevaran el viento y Amón, sino sus propios labios.

El escriba se despoja de toda su ropa, la que ha venido usando desde que entró en la casa de la vida.

Se quita también del cuello el sello de Amón, que tantos privilegios le brinda, y, al colocarse el sencillo faldellín, siente como si hubiera dejado de ser todo lo que antes creía y empezara a ser el que realmente quiere, junto a Asenet.

Baja con cuidado la escalera. Cuando ve entrar a un grupo numeroso de comerciantes recién llegados, aprovecha para salir sin ser visto por los guardias de la primera esposa.

Asenet lo espera en la esquina con un burro agarrado por las riendas. Le hace señales con las manos para que se acerque.

—¿Un burro? —pregunta él.

—Es lo único que he podido conseguir a cambio de mi pulsera.

—Yo habría podido comprarlo —lamenta él.

—No hay tiempo. Es un animal fuerte, podrá llevarnos a los dos. Sube —lo insta, mientras ella, de un salto, se acomoda a lomos de la bestia.

Sejemká monta con ayuda de Asenet y, al situarse detrás de ella y respirar el aroma de su pelo, piensa que no hay mejor medio de transporte en todo el país de las dos tierras que ese viejo pollino.

Nebet no ha podido dormir en toda la noche pensando en su amado. Sus besos y abrazos fueron tan breves que le parecen solo un sueño.

Sotis llama a su puerta a la hora acostumbrada para acompañarla a las oraciones que se realizan al alba.

—Que Osiris la proteja en este nuevo día, mi reina —la saluda la suma sacerdotisa al entrar a sus aposentos, haciéndole una ligera inclinación con la cabeza—.

Ya puede salir de sus dependencias con absoluta libertad, pues el faraón partió esta mañana, acompañado de algunos de los altos mandatarios del reino, en una expedición de caza, hacia el sur.

—¿Sabes algo de mi medjay ? —le pregunta, casi en un susurro.

Sotis menea la cabeza.

—Tranquila, majestad; es un hombre inteligente y valeroso. Vayamos juntas a hacer unas ofrendas a los dioses para pedirles su protección. —Y hace un gesto con la mano para que salga ella primero.