20
Lola
Esta noche, en el barco se celebra una fiesta temática sobre los Faraones.
Ya nos avisaron al contratar el viaje, por lo que venimos preparadas; bueno, unas más que otras.
Patri, cómo no, se ha dejado un pico en el disfraz, pero cuando la vemos con él puesto nos deja a ambas con la boca abierta.
Va disfrazada de Nefertiti, con un vestido dorado, largo, con transparencias y un generoso escote, en el que luce un collar de fantasía dorado y azul, al más puro estilo egipcio.
Ha recogido su rubia melena dentro del tocado típico de la antigua reina, y con el maquillaje ha redondeado el conjunto. Está espectacular.
Yo compré por Amazon un disfraz de Cleopatra y una peluca negra con flequillo que tiene una cobra dorada en la frente.
En aquel momento, no me pareció mala idea, pero ahora, mirándome en el espejo para intentar enderezar la cobra, que está caída hacia un lado, me planteo no asistir a la cena; total, no me apetece nada, pero, por no volver a dejar solas a las chicas, hago el esfuerzo.
Ellas no tienen la culpa de nada de lo que pasa por mi cabeza, y sé que esta noche les hace especial ilusión.
Sobre todo, a Patricia, que la lleva preparando desde el instante en que lo vio en el programa del viaje.
—Y tú, ¿cuándo te vas a disfrazar? —le pregunta a Carmen, que está tumbada en la cama, mirando el móvil.
—En cuanto estéis listas vosotras y me podáis ayudar —dice, sin ni siquiera mirarnos.
—¿Que te ayudemos a qué, cuqui? —inquiere Patri mientras se perfuma.
Carmen se levanta de la cama y abre su maleta. De ella empieza a sacar rollos de vendas de diferentes tamaños.
—Yo voy de momia —nos suelta.
Las dos nos quedamos muy quietas, mirándola. Al ver que no es broma, que habla totalmente en serio, yo rompo a reír.
—¿Qué? —Encoge los hombros—. Es lo primero que se me ocurrió; asalté el botiquín del bar, y disfraz solucionado. Yo no entiendo tantas movidas para un rato —comenta mientras señala a Patri de los pies a la cabeza.
—¡La mato! —exclama la aludida.
—No me mates, Patricia. Empieza a abrir los paquetes de las vendas y al lío, nunca mejor dicho. —Se va quitando la ropa y se queda tan solo con un pantalón de ciclista y un top deportivo.
Cuando entramos en el salón, todo el mundo nos mira divertido.
Como siempre, somos las últimas, y ya están todos sentados.
Para llegar a la nuestra hay que subir tres escalones, que Carmen mira suspicaz, sin saber cómo va a subirlos con todo el cuerpo vendado.
Nos situamos una a cada lado de ella e intentamos ayudarla como podemos, sujetándola por los brazos.
Javier, que ya está en su mesa, viene corriendo.
Él ha elegido el disfraz del faraón Tutankamón, y está también muy gracioso intentando sujetarse el gorro de gomaespuma, que le queda grande.
—Ya sabía yo que esta chiquilla era mu enrollá —dice mientras le rodea la cintura con los brazos para ayudarla a subir.
Carmen, de un manotazo, le quita las manos de encima.
—Cuidadín con tocar —lo reprende, con expresión enfadada, y sube toda digna los tres escalones con las piernas muy rectas, incapaz de doblarlas.
Se sienta en la silla dejándose caer de golpe, con las piernas y los brazos tiesos. Patri saca su móvil y le hace una foto entre risas, a lo que Carmen responde con una mirada letal. Yo no puedo parar de reír.
—Chicas, aflojadme las vendas, que yo así no voy a poder cenar. Y pedid vino, a ver si se me pasa un poco la vergüenza que acabo de pasar. Ya os decía yo que estaban muy apretadas —farfulla, intentando acomodarse en la silla.
Nosotras estallamos en una sonora carcajada que hace que todos nos miren y se rían también, y es que no es para menos.
Echo un vistazo al salón; Asim no está en la mesa con Farid.
Veo a Montse y a su esposo, Joan, que van vestidos de sumos sacerdotes.
La pareja portuguesa va a juego, ambos con idéntico disfraz blanco con accesorios de gomaespuma en tonos dorados; seguro que también los han comprado online entre los más baratitos, como yo.
Cuando terminamos de cenar, de camino al baño me cruzo con Montse, que viene de allí, y le hago una reverencia. Ella sonríe y me toma las manos.
—¿Todo bien? —me pregunta. Su sonrisa afable me recuerda a alguien.
Hago un gesto ambiguo con los hombros y agacho la cabeza. Ella me alza la barbilla con su mano para que la mire a los ojos.
—En el viaje del amor, el tiempo no importa.
Da igual cuánto tardéis en estar juntos: si él es para ti, no importa el tiempo que pase, puesto que el destino hará que, de una manera u otra, estéis juntos.
Veo cómo te mira Asim y percibo que ahí dentro hay mucho más que un «no cabes en mi vida», te lo puedo asegurar.
Yo la abrazo. En ese momento, y por un solo segundo, Montse desaparece y a la que abrazo es a una anciana vestida con túnica blanca. Sin embargo, cuando me separo de ella, vuelve a ser Montse, que me mira sonriente.
La fiesta es muy divertida. La tripulación ha preparado juegos animados con música, y todo el grupo participa bailando y riendo.
Con el vino y los chupitos que se ha tomado, Carmen está desatada.
Baila como una loca, y nosotras, cada vez que vemos que se le está soltando una venda, nos apresuramos a volver a atarla y evitar así un estriptis involuntario.
Javier va también contentillo, y baila todo el rato cerca de nuestra amiga.
—Me voy a la cama —le anuncio a Patri.
—OK, cuqui, que descanses —me contesta, y me lanza un beso.
Cuando estoy llegando a mi habitación, la puerta del fondo, donde duermen los guías, se abre y por ella sale Asim, que no se ha dado cuenta de que estoy en el pasillo. Me quedo inmóvil, igual que él cuando levanta la cabeza y me ve.
—Estás preciosa —dice desde el umbral.
Con una mano, me coloco bien la peluca, rezando para que la cobra de la frente permanezca en su sitio, mientras él se acerca.
—Quiero volver a pedirte disculpas por el beso; sé que tu no…
Él se acerca más a mí, me pone un dedo en la boca para que no siga hablando y lo desliza lentamente sobre el labio inferior. Luego alza una mano y enreda un mechón de mi peluca en su dedo.
—No he podido quitarme tu beso de la cabeza ni un solo segundo —susurra en mi oído—. ¿Qué me está pasando contigo, Lola?
Sujeta mi barbilla con una mano y acerca sus labios a los míos; con tan solo rozarse, una corriente eléctrica me atraviesa y experimento una conexión que me hace vibrar.
Mil imágenes se entremezclan en mi mente: veo a Asim, pero, al mismo tiempo, veo al hombre de mis sueños.
Lo miro a los ojos, esos ojos con los que he soñado cada noche desde hace tiempo, y que ahora me contemplan con deseo.
Entonces, como si de un huracán se tratara, me pega a su pecho y comenzamos a besarnos apasionadamente.
Nuestras lenguas se enredan y se buscan con anhelo.
Me apoyo en la pared para no caer y él pone las manos en mi trasero.
Me eleva mientras enrosco mis piernas en su cintura, y él me aprieta contra su duro cuerpo, dejándome claro lo mucho que me desea.
Otea ambos lados del pasillo y me conduce hacia su habitación.
Cuando estamos en la puerta, acerca la boca a mi oído y me pregunta:
—¿Estás segura?
Yo asiento con la cabeza, sin dejar de mirarlo a los ojos ni de sonreír.
Entramos en la habitación y me deposita en el suelo con cuidado. Luego, coge el cartel del picaporte interno y lo coloca en el exterior; en él puede leerse, en inglés: «No molestar».
Cuando se gira, su mirada ha cambiado. Sus ojos parecen más oscuros, llenos de deseo, y se clavan en los míos, haciendo que olvide, incluso, cómo respirar.
Por un instante, vuelvo a ver esos ojos pintados de kohl con los que tanto sueño.
El corazón me late desbocado mientras se acerca de nuevo a mí y, con una mano, tira de un lado de la peluca, la cual cae al suelo.
Los rizos de mi pelo se derraman como una cascada sobre mi espalda.
Los acaricia, y sus dedos descienden con lentitud hacia mis hombros, donde, con mucha delicadeza, empuja primero un tirante y luego el otro, hasta que el disfraz de Cleopatra hace compañía a la peluca.
Cada poro de mi piel despierta, como si hubiese estado sumida en el más profundo de los letargos y ahora se sintiera ansiosa por lo que está a punto de suceder.
Sus ojos, que hasta este momento han permanecido fijos en los míos, descienden a mi pecho y se detienen en él, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria.
De su garganta brota un gemido de placer cuando aproxima sus manos a ellos.
Mis pezones reaccionan al instante a su contacto, endureciéndose bajo su caricia.
Con suavidad, los coloca entre sus dedos, ejerciendo una ligera presión antes de tirar delicadamente de ellos, lo que provoca que un gemido cargado de deseo escape de mis labios.
Me besa con una pasión que me hace temer desvanecerme.
Sin despegar su cuerpo del mío, da unos pasos hacia delante, y noto en la parte trasera de mis piernas el borde de la cama.
Me dejo caer, tumbándome frente a él, que sigue de pie, contemplándome con una mirada intensa y reverente que me hace sentir venerada, como una diosa.
Con calma, empieza a desabrochar su camisa, dejando al descubierto su perfecto torso bronceado.
A continuación, se tumba junto a mí y comienza a besarme el cuello, para después dirigirse a mis pechos.
Un nuevo gemido brota de mi interior cuando los roza con los labios.
Giro mi cabeza hacia el ventanal, donde una enorme luna se cuela entre las cortinas y parece observarnos, cómplice y silenciosa, desde el firmamento.