19
Nebet
No sabe cuánto tiempo ha permanecido en el suelo, pero de pronto unas manos la sujetan por los hombros y la hacen incorporarse. Cuando Nebet enfoca la mirada, el rostro amable de Sotis la observa con pesadumbre.
—No sé lo que le ha dicho la primera esposa, mi reina. Por lo que puedo imaginar, nada bueno. Si le soy sincera, ella nunca me ha gustado. —Me seca las lágrimas con sus manos—. Pero ahora mismo ha de acompañarme. Deje que primero la ayude a quitarse ese sucio vestido y a peinarse un poco.
—¿Para qué, Sotis? ¿Por qué tanta prisa?
—Confíe en mí. —Y le dedica una sonrisa mientras la apremia a quitarse la ropa.
Al deslizar la sucia túnica por su cuerpo, los ojos de Nebet vuelven a encontrarse con los del animal sin Ba que la mira desde el suelo.
—No puedo seguir viéndola ahí. —La señala con la mirada.
La suma sacerdotisa la recoge con mimo del suelo y la acaricia afectuosamente.
—Cuidaré de ella.
Caminan rápido por el templo hacia la capilla de la diosa Isis. A lo lejos se oyen los cantos de las celebraciones, que continúan lejos de donde ellas se encuentran.
—Espere aquí un momento, mi señora.
—Pero…
No le da opción a terminar. Cuando Nebet se da cuenta, la suma sacerdotisa ya ha salido, y ella se ha quedado sola en la pequeña capilla.
Contempla a la diosa, que la vigila desde la pared. Aún resuenan en sus oídos las palabras de Benerib. Se arrodilla, como tantas veces desde su llegada a este lugar, y empieza a orar para que la diosa la guíe a encontrar la manera de ayudar a sus amigos.
—¡Oh, Isis! Madre del cosmos, raíz del amor, tronco, capullo, hoja, flor y semilla de todo lo que existe. A ti, fuerza naturalizante, te conjuramos.
»Llamamos a la reina del espacio y de la noche, y besando sus labios, respirando el dulce aroma de su cuerpo, exclamamos: ¡Oh, Nuit! Tú, eterna deidad del cielo, que eres el alma primordial, que eres lo que fue y lo que será…
Escucha pasos en la entrada y se gira. No puede creer lo que ven sus ojos.
¿Es una aparición? ¿Es la magia de la diosa?
Se levanta a toda prisa del suelo y corre hacia él.
Cuando está solo a unos pocos pasos, se detiene, con miedo de que, al tocarlo, desaparezca.
Tiene la sensación de que su Ba se le va a salir del cuerpo.
—¿Eres tú? —logra articular, embargada por la emoción. Él, risueño, asiente con la cabeza mientras deja su arco en un rincón.
Nebet se acerca un poco más y acaricia su barba con suavidad para asegurarse de que es de carne y hueso, y no un simple juego de los dioses.
Él le toma las manos entre las suyas y las besa tiernamente; la abraza con fuerza y sus cuerpos se funden como si fuesen uno solo.
Entre sus brazos, Nebet se siente en casa.
Respira su aroma, que tanto ha añorado, y se observan de cerca.
De los ojos de la joven reina brota un río de lágrimas de felicidad: es él, es su amado.
Se besan con locura bajo la atenta mirada de la diosa, a la que tantas veces ha pedido volver a ver a su medjay , y que al parecer la ha escuchado.
—¿Cómo has logrado entrar en el templo?
—Llegué a Tebas con la gente que viajaba para celebrar con el faraón el Heb Sed, para no llamar la atención. Llevo unos días rondando el templo, a la espera de poder verte. Los guardias me detuvieron, pero creo que tienes muy buenos amigos aquí dentro.
—Sí, los tengo. Mis peores enemigos son ahora mi nueva familia.
—¿Qué te han hecho? —gruñe él. Su voz ronca sale como un sonido casi animal mientras tensa la mandíbula con furia.
Nebet le cuenta todo lo que le ha ocurrido.
De sus ojos manan lágrimas al captar la profunda tristeza de Amani, quien también quería a la leopardo, cuando este conoce la muerte de Behsi.
También le narra su pelea con la primera esposa y las amenazas de esta de matar a Asenet.
Pero lo que más enfurece al medjay es comprender, mediante sus palabras, la falsa paz que Kemet aparenta mantener con su pueblo.
—Tienes que escapar conmigo, ahora —le dice, muy serio.
—¡No puedo! Descubrirían mi huida antes de que pudiese atravesar el último pilono del templo, y a ti te darían muerte.
Se vuelven a abrazar y, durante unos instantes, el tiempo se detiene.
—Debes salvarlos —le ruega Nebet.
Sotis entra en la capilla y los apremia:
—Lo siento, mi reina, pero no tenemos más tiempo. La última ceremonia del día está a punto de finalizar y el medjay debe abandonar el templo antes de ser visto.
Amani abraza a Nebet y le susurra al oído mientras enreda sus dedos en un rizado mechón de su cabello:
—No puedes pedirme que me vaya sin ti. Acompáñame.
—No sé cómo ni cuándo, pero encontraré la manera de que estemos juntos. Ahora tienes que marcharte; no soportaría que te atraparan estando a mi lado. Te matarían.
Sus labios se vuelven a buscar en un último beso ante la diosa, que es testigo de todo, hasta de las palabras que no se han pronunciado.