Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 18
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Lola

Comemos en un restaurante local, donde la comida es deliciosa y el ambiente es muy divertido. Ponen música típica y los más atrevidos salen a bailar.

Después, nos dirigimos hacia Karnak. Cuando nuestro minibús llega al atestado parking , un enjambre de niños se nos acerca para ofrecernos refrescos y algún que otro suvenir.

Nosotras bromeamos con ellos y les compramos agua fresca.

Miro a Asim; como cada vez que lo hago, encuentro su mirada clavada en mí.

Enfilamos la avenida de las esfinges y, desde el primer instante en que tengo delante el gran templo, empiezo a experimentar sudores fríos.

—¿Todo bien? —me pregunta Carmen.

Yo asiento con la cabeza, pero vuelvo a quitarme el pañuelo, que durante la comida me anudé en el cuello, y me lo echo sobre los hombros.

—¿De verdad tienes frío? Debe de hacer más de cuarenta grados. —Me pone la mano en la frente—. Estarás destemplada o incubando algo, porque fiebre no tienes.

—Estoy bien —le digo, para que no se preocupe—. Vamos. —Y me agarro de su brazo para caminar juntas.

Nos reunimos con el resto del grupo y nos detenemos delante del pilono de la entrada, donde Asim imparte sus magistrales explicaciones acerca de este templo dedicado a Amón.

Yo me he quedado un poco rezagada y, por un segundo, me invade un leve mareo.

Mi vista se nubla, y dejo de ver a mis compañeros de viaje.

El pilono aparece ante mí repleto de vibrantes colores, que parecen cobrar vida bajo la luz del sol.

Frente a él, altísimos estandartes de vivos tonos ondulan al compás del viento.

Desde el interior del templo, un eco de cánticos llega hasta mis oídos.

Cada nota parece latir al ritmo de mi corazón, conectándome con ellos de una manera inexplicable.

El contacto del brazo de Carmen para hacerme avanzar me hace salir del trance.

—Me estás preocupando —comenta.

—Estoy bien —insisto—. Creo que algo me ha sentado mal en la comida. Me voy a sentar en algún lugar y os espero.

—¿Estás segura? ¿Quieres que me quede contigo?

Javi se acerca a nosotras y, con una sonrisa ladeada, nos dice:

—Niñas, ponerse a la sombra, que los bombones al sol se derriten.

—¡Vaya! Qué original. Yo es que me parto con él —se queja mi amiga, con expresión de hastío.

Sonrío y les señalo un banco en el flanco izquierdo de la entrada principal.

—Os espero allí sentada, que hay sombra.

—Vale, pero no te alejes. A ver si te vas a perder, que esto es muy grande y hay muchísima gente.

—Tranquila.

Me dirijo hacia el banco y tomo asiento en él. Desde ahí, veo a la gente pasar: todos observan el edificio con asombro y sacan decenas de fotos.

Hace mucho calor, así que saco de la mochila la botella de agua que compré al llegar y le doy un largo trago.

Al cerrarla, se me cae el tapón al suelo y sale rodando.

Me agacho para recogerlo y, al levantarme de nuevo, mi corazón comienza a palpitar con fuerza cuando descubro que el banco ya no está donde estaba hace un momento.

Tampoco hay turistas en el patio. Todo vuelve a cobrar color, como si antes me hubiese hallado dentro de una película en blanco y negro. Es de locos, pienso.

Ante mí pasa un grupo de mujeres vestidas todas iguales, con túnicas blancas; llevan bandejas doradas, algunas con frutas, otras con comida, flores…

Ninguna me mira; es como si yo no estuviese aquí.

Algo en mi interior me empuja a seguirlas, y eso hago.

Entramos en la sala hipóstila desde un lateral del templo.

Me quedo paralizada nada más entrar. He visto esta sala cientos de veces en documentales, pero aquí, y ahora, es mil veces mejor.

La altura de las columnas resulta increíble, y todos los techos están pintados con llamativos colores: rojos, azules, amarillos…

Se escuchan cánticos desde todos los rincones del recinto, y un penetrante olor a incienso lo inunda todo.

Continúo caminando detrás de las mujeres vestidas con túnicas, y las cuales salen por el lateral opuesto a un espacio abierto.

Lo que veo ante mí jamás habría podido imaginarlo: en el lago sagrado, las aguas cristalinas reflejan el cielo azul y las columnas majestuosas.

Cisnes y patos nadan entre nenúfares blancos.

Todo un jardín crece alrededor, y en el ambiente se concentra el aroma de las flores.

Las mujeres avanzan hacia otra zona del templo, y me apresuro para alcanzarlas.

Al cruzar la puerta por donde han desaparecido, me encuentro con un lugar vacío.

Es una pequeña capilla sin ventanas, iluminada por unas lámparas de aceite, cuya llama parpadea suavemente.

Estoy sola, pero puedo escuchar de forma nítida los misteriosos cánticos a lo lejos.

En la pared, la imagen de la diosa Isis parece mirarme fijamente.

Sin tan siquiera pensarlo, caigo de rodillas, y de mi boca brota una oración, como si ya la hubiera pronunciado muchas veces.

—¡Oh, Isis! Madre del cosmos, raíz del amor, tronco, capullo, hoja, flor y semilla de todo lo que existe. A ti, fuerza naturalizante, te conjuramos.

»Llamamos a la reina del espacio y de la noche, y besando sus labios, respirando el dulce aroma de su cuerpo, exclamamos: ¡Oh, Nuit! Tú, eterna deidad del cielo, que eres el alma primordial, que eres lo que fue y lo que será…

—¡Lola! ¿Estás bien? —oigo a mi espalda una voz preocupada, y unas manos fuertes me sujetan por los hombros para ponerme en pie.

Me giro, levanto la cabeza y, ante mí, el medjay de mis sueños me observa muy cerca.

Alzo mis manos y acaricio su negra barba.

Sus preciosos ojos, delineados con kohl, me miran con pasión; una sonrisa de felicidad curva mis labios, que buscan los suyos con desesperación.

Al principio, él permanece quieto, pero, tan solo un instante después, me estrecha con fuerza contra su cuerpo y me besa con el mismo fervor con que lo hago yo.

En mi interior, un fuego como jamás había conocido se aviva.

Él me sujeta por las nalgas y me levanta hasta su cintura; yo rodeo su sólido cuerpo con mis piernas, apretándolo contra el mío.

Me apoya en la pared del templo, pero, justo en ese momento, una voz masculina, que suena enfadada, nos reprende en inglés y me saca del trance.

Todo lo que yo vi en esta parte del templo se esfuma. Ya no está la figura de la diosa Isis en la pared. Ni siquiera hay pared, sino simplemente las ruinas de un muro y piedras apiladas sin ningún orden.

Con cuidado, él me deja en el suelo, y al mirarlo a la cara ya no veo la barba de mi medjay , ni los ojos pintados de kohl. Es Asim el que me mira, aún jadeando, y con las cejas fruncidas.

—¿Qué ha sido eso? —me pregunta.

No sé qué contestarle. ¿Cómo le explico lo que acaba de pasarme?

—¿El beso? Lo siento… —comienzo, titubeante. El corazón está a punto de salírseme del pecho.

—Eso también, pero primero dime: ¿cómo sabes tú un antiguo conjuro mágico dedicado a la diosa Isis que se halla escrito en el Libro de los muertos?

Me separo unos pasos para observarlo mejor.

—¿El Libro de los muertos? —repito, con los ojos abiertos de par en par.

—Sí, el Libro de los muertos, también llamado Libro de la salida al día. Es un conjunto de antiguos papiros en los que se recogían una serie de sortilegios y antiguas plegarias a los dioses. ¿Cómo es posible que tú…?

—Sí, conozco el Libro de los muertos, pero no sé cómo… ¿Recuerdas que te conté que sueño con el antiguo Egipto?

Él asiente con la cabeza, muy serio.

—Pues, bien, te va a sonar a locura, pero desde que embarcamos en la dahabiya he dejado de tenerlos. En su lugar, tengo visiones, o algo parecido. —Agacho la mirada.

—¿Cómo que tienes visiones? —Hace una pausa, pone su mano en mi barbilla para levantarme la cara y vuelve a hablar—: En Abidos tuviste una, ¿verdad?

Asiento despacio y me doy la vuelta para salir por el mismo sitio por el que llegué aquí.

—Perdóname por haberte besado.

Asim me agarra del brazo y, entonces, oigo a Carmen:

—¡Por fin! ¡Están aquí! —Viene hacia nosotros con Javier siguiéndola de cerca.

—¡ Quilla , qué susto! Hemos pensado que te había dao un shungo o algo peor al no encontrarte donde te habíamos dejado. ¡Hostia, mira, si no está sola! ¡Que está con Asim!

Carmen lo empuja para ocupar su lugar frente a mí.

—¿Todo bien?

Asiento con la cabeza; veo que Patri también se acerca con cara de preocupación.

—¡Chicos! Todos nos esperan en el bus desde hace rato. ¿Vamos? ¿Ha pasado algo? —pregunta por último, mirándonos uno a uno.

—No, ya vamos —le contesto, y enlazo mi brazo con el de Carmen para que camine conmigo.

Todavía me siento aturdida después de lo que ha pasado. Miro en derredor, y no dejo de pensar en lo diferente que resulta a lo que he visto hace tan solo unos minutos.