Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 17
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Nebet

Tebas es un hervidero de personas venidas desde todos los rincones de la tierra negra. Mandatarios y comerciantes de todo tipo se entremezclan en sus estrechas calles.

En los próximos días, se celebrará la festividad de renovación real, o Heb Sed, por lo que se espera la llegada del faraón acompañado de todo su séquito real.

En esta celebración, el faraón revitaliza su fuerza física y su compromiso con los dioses, preparándose espiritualmente para atacar a los pueblos del sur con renovada fuerza y magia.

El templo también se ha preparado para la recepción real. Han limpiado cada estatua y los patios están abarrotados de ofrendas traídas por el pueblo para el dios. Se han purificado las salas con el más aromático de los inciensos, y se han adornado con las más exóticas flores.

La llegada del faraón ante las puertas del templo supone todo un despliegue de poder.

Cientos de músicos y las más bellas bailarinas encabezan el cortejo que acompaña al faraón, el cual avanza por la gran avenida de las esfinges.

El dios en la tierra hace su entrada en un palanquín de oro y piedras preciosas portado por treinta esclavos nubios.

Tras él, en sendos palanquines, se desplazan la primera esposa y el pequeño Dyer, quien, sentado en el regazo de su madre, saluda a todo el mundo con su regordeta mano.

Todos los residentes en el templo, incluida Nebet, aguardan su llegada delante del pilono. Al detenerse el palanquín, todos hacen una reverencia al dios de las dos tierras. Todos, menos ella.

Descienden de los palanquines y Dyer, nada más verla, corre hacia ella y abraza fuertemente sus piernas.

Nebet sonríe y se arrodilla para ponerse a su altura y darle un tierno beso en la mejilla mientras acaricia su trenza de infante.

Nota la mirada del faraón fija en ella. Este se acerca al sumo sacerdote y, en voz baja, le dice algo, sin dejar de mirar en su dirección.

Tras él, Benerib, que la observa con una sonrisa de medio lado en su angulosa cara.

El sumo sacerdote le transmite el mensaje a Sotis, quien asiente con la cabeza y, acto seguido, se dirige hacia Nebet.

—Acompáñeme, mi señora —le pide mientras la sujeta por un brazo. La obliga a caminar deprisa a su lado hacia el interior del templo.

—Lo siento, mi reina —le dice, con voz temerosa, una vez que están en él, de camino a las estancias privadas—, pero el faraón no quiere verla en tanto que se encuentre en Karnak. Le ruego que no salga del área del templo destinada a las sacerdotisas, o yo pagaré su falta.

—Tranquila, Sotis. —Se detiene para cogerle ambas manos y la insta a mirarla a la cara—. Puedes confiar en mí. Yo tampoco quiero cruzarme con él, y mucho menos con su primera esposa, que me odia por alguna razón que desconozco.

Sotis le sonríe con tristeza y acaricia su cara.

—No sé cómo puede alguien odiarte, muchacha.

Las celebraciones se prolongan durante varios días, sin su presencia. Tan solo sale de su estancia para acudir, a escondidas, a orar en la pequeña capilla de la diosa Isis.

Una mañana, después de que Ra renazca y los sacerdotes cumplan con la ceremonia, al abrir la puerta de su alcoba, Nebet encuentra a Benerib en el centro de esta, estudiándola con gesto desafiante.

Lleva puesta una peluca muy elaborada, con finas trenzas de cuentas de oro.

Viste una túnica de delicado lino, de un color rojo intenso, con un solo tirante, que deja un maduro pecho casi al descubierto y que se ciñe a la cintura gracias a un pasador de oro que envuelve un gran jaspe.

Su figura contrasta con la de Nebet, quien solo lleva la basta túnica blanca de las sacerdotisas de Amón, pero no por eso esta se va a dejar amedrentar.

Un grito sale de la garganta de la segunda esposa cuando, al dar un paso al frente, descubre en medio de la estancia, bajo los pies de Benerib, la piel extendida de su querida Behsi, la cual cubre el frío suelo.

Su preciosa cabeza mira hacia donde ella permanece inmóvil.

Sus ojos, en cuyas cuencas han incrustado sendas piedras de cuarzo, gélidas como las aguas del pozo, parecen mirarla fijamente.

—¿Por qué? —logra preguntar, antes de ahogar un sollozo tapándose la boca con ambas manos.

—Creí que la echarías de menos y te he hecho el favor de traerla conmigo.

Se mostraba tan agresiva en tu ausencia que tuve que ordenar que le quitaran la vida, pero no podemos desperdiciar una piel así, ¿verdad?

¿No te parece una bonita alfombra? —Se agacha y, sacando las uñas cual hija de Bastet, araña la piel con sus huesudos dedos, dejando un surco a su paso.

Una furia incontrolable invade a Nebet, que se lanza con todo su ímpetu contra Benerib. Sin embargo, cuando está a punto de alcanzarla, los dos medjays que acompañan a la primera esposa la retienen por los brazos.

—¿Qué quieres? ¿A qué has venido? —sisea entre dientes. Sus ojos llamean, retadores.

—Solo venía a verte en tu nueva morada, por si necesitabas algo. ¿Estás cómoda? —Con un rictus de asco, escudriña la humilde estancia, en la que solo hay un estrecho jergón y una silla de madera en una esquina.

Nebet no contesta. Solo la mira furiosa y se revuelve, intentando zafarse de los guardias.

—Creías que no me iba a enterar, ¿verdad? —Benerib sonríe ampliamente y hace un gesto con la mano para que la liberen.

Al comprender a qué se refiere, a Nebet se le hiela la sangre. Benerib merodea en torno a ella con andar felino.

—¿Pensabas que una sirvienta podría escapar sin que nadie se diese cuenta?

He ordenado a mis mejores medjays darle caza, y te aseguro que muy pronto será guiada por Anubis al juicio de Osiris, no sin que antes se hayan divertido con ella.

Y no hay nada que tú puedas hacer; bueno, sí, puedes orar. Eso sí se te da bien, ¿no es así?

Sin ni siquiera pensarlo, Nebet le asesta un puñetazo con todas sus fuerzas en el ojo derecho.

Sorprendida, Benerib cae de espaldas; su cabeza choca duramente con el suelo al caer.

Sin dar tiempo a los guardias a atraparla, Nebet se abalanza sobre ella y la golpea por todo el cuerpo.

Ha deshecho completamente su peinado, y el dibujo de su cuerpo no es más que un borrón.

Los medjays se precipitan a separarla de la primera esposa, cada uno por un lado.

Benerib, como puede, se levanta y se coloca la peluca torcida.

Con una mano, se tapa un ojo mientras compone un gesto de dolor.

—Prepárate para ver morir a todo tu pueblo. La siguiente serás tú —dice, tan cerca que le escupe en la cara.

Se da la vuelta y se va. Solo entonces los medjays sueltan a Nebet y la dejan sola.

En ese momento, toda la tensión vivida se diluye y ella se deja caer al suelo, frente a la piel extendida de su querida Behsi.

Sus fríos ojos sin vida parecen mirarla.

Coloca su cabeza sobre la de la joven leopardo y las imágenes de cuando la vio por primera vez regresan a su memoria.

Fue tras una cacería; su padre la llevó al palacio y Nebet tuvo que alimentarla con leche de cabra, pues era tan pequeña que aún tenía los ojos cerrados.

Aunque nadie confiaba en que sobreviviera, salió adelante y se convirtió en su sombra.

Allá a donde iba, ella la seguía correteando.

Sus manos se deslizan por el pelaje, del que ya no reconoce ni siquiera el tacto, y entonces deja que todo lo que guarda dentro aflore y llora amargamente la pérdida de su fiel y querida compañera.

Sejemká y Asenet caminan uno al lado de otro. Los días de viaje a lomos de los camellos están pasando factura a sus doloridos traseros, y a ratos prefieren andar junto a ellos.

La joven ha descubierto el placer de conversar con un hombre.

Hasta el día en que fue al templo en busca del escriba, jamás lo había hecho; solo había hablado con hombres de su propia familia.

Tampoco había conocido el amor, ni el deseo.

Desde que era casi una niña trabajó en las estancias de la princesa, donde estaba prohibida la presencia de ningún varón.

El escriba es muy atento con ella, siempre está pendiente de todo lo que pudiera necesitar. Asenet, por su parte, se siente agradecida, ya que él se juega mucho en este viaje solo por ayudarla. Si alguien llegara a saber lo que está haciendo, Sejemká lo pagaría con su vida.

Están llegando a la que será su morada por esta noche: una posada en una pequeña aldea, en la que, por lo menos, podrán descansar en un jergón, y no en el duro y frío suelo.

Asenet ya solo puede pensar en darse un baño, para quitarse la mugre del camino, cuando una piedra la hace tropezar y caer de bruces.

—¿Estás bien? —le pregunta el escriba, apresurándose a levantarla.

Ella, agarrándose a sus brazos, se pone en pie. Sus ojos quedan fijos en los del escriba y él, a su vez, se pierde en los negros de la joven.

Asenet se acerca un poco más y le da un beso en la mejilla.

—Gracias —murmura. No solo le da las gracias por levantarla del suelo, sino por todo lo que está haciendo por ella, sin obtener nada a cambio.

Pero él no puede contestar. Es como si la diosa Hathor se hubiese apoderado de su espíritu y ya solo pudiese mirar a su compañera.

—¿Vamos? —le dice esta, señalando la entrada de la posada.

Él asiente. Iría a donde ella le pidiese sin dudarlo un segundo, aunque con ello su Ba no pasara el juicio de Osiris y su alma se perdiera sin remedio para toda la eternidad.