Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 16
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Lola

La noche es muy larga, y yo no puedo conciliar el sueño ni un solo momento. Mi cabeza no deja de pensar en lo ocurrido ayer.

Al amanecer, me meto en la ducha y, cuando salgo, veo a Patri entrar en la habitación con una sonrisa de oreja a oreja. Se tumba en la cama, encima de Carmen, que aún duerme.

—¡Buenos y maravillosos días! —exclama Patri, abrazándola.

—¿Qué pasa? ¿A qué viene tanta alegría tan temprano? —Carmen, sobresaltada, se retira el antifaz de los ojos y lo coloca en su frente.

—He pasado una noche inolvidable en la tierra de los faraones —le responde la otra, pegada a su cara, con una inmensa sonrisa.

Carmen se incorpora en el colchón como impulsada por un resorte y escanea de arriba abajo a nuestra amiga, que lleva puesta la misma ropa que ayer.

—¿Qué me he perdido? ¿Farid y tú…? —Hace una seña ya conocida por todo el mundo.

—Sííí, cuqui, es tan mono que no me he podido resistir. Ha sido una noche mágica —afirma—. Me he enamorado. —Se lleva las manos al pecho de forma teatral y cierra los ojos.

—Y tú, ¿estás mejor? —me pregunta Carmen, girándose en la cama para verme.

—Sí. —Finjo una sonrisa, intentando que no perciba cómo me siento en realidad.

Por la cara que pone, no me cree del todo, pero la intervención de Patri me salva de dar explicaciones:

—Vamos a darnos prisa para ir a desayunar, que es ya la hora. —Sin miramientos, me aparta de la entrada al baño y cierra la puerta tras de sí.

La excursión prevista para hoy nos llevará a Luxor y Karnak. Es una de las visitas que más ansían mis amigas. Están deseosas de hacerse mil fotos en esos maravillosos templos, como las que han visto de alguna que otra influencer .

Yo estoy nerviosa por reencontrarme con Asim, y deambulo por la habitación a la espera de que mis amigas terminen de arreglarse.

Bajamos a desayunar tarde, como siempre. Cuando entramos en el comedor, busco con la mirada a Asim, pero no lo ubico.

—Deberías comer algo —me aconseja Carmen.

Yo asiento con la cabeza y doy algún que otro mordisco a la tostada, sin ninguna gana.

Cuando salimos de la dahabiya , localizo a Asim hablando con Javi a la puerta del minibús que nos espera para trasladarnos a los templos.

Mi mirada se clava en su fornida espalda, y él parece notarlo, porque se gira y sus ojos van directos al encuentro de los míos.

Javier nos saluda y, cuando Carmen pasa por su lado, le tiende una mano para ayudarla a subir.

—¡Ojalá fuera cemento pa que me pisara este monumento! —dice, repasándose su engominado pelo, a lo que Carmen contesta:

—Si vas a resultar familia de Machado; estás hecho todo un poeta. —Y sube al vehículo dejando al sevillano con la mano extendida, sin ni siquiera rozarlo.

Luxor es impresionante. Todo el grupo escucha atentamente las explicaciones de Asim; la mayor parte de las veces, habla mirándome, como si solo existiera yo, hasta que alguien le pregunta algo y cae en la cuenta de que no estamos solos.

A medida que avanzamos por el interior del templo, Montse, la abuelita del grupo, enlaza mi brazo para que caminemos juntas.

—Lo tienes loquito —me dice cerca del oído.

—¡Qué va! ¿Eso crees? Anoche me aseguró que no puede tener nada conmigo.

—Lo sé. —Ella no pierde la sonrisa, y yo siento la necesidad de desahogarme.

—Me dijo que no cabe nadie en su vida.

—¿Eso te dijo? Pues, créeme, eso lo habrá dicho su boca, pero su corazón opina otra cosa; sus ojos hablan por él. ¡Y qué ojos, Dios mío! Vamos, que si yo no estuviera casada, me lanzaba a por ese hombretón.

—¿Sabes, Montse?, me recuerdas mucho a mi abuela.

Ella, divertida, me da un beso en la cara.

Detrás vienen Patri y Farid, cogidos del brazo. Mi amiga se ríe de cada cosa que sale de la boca de su acompañante. Hoy está guapísima, con un vaporoso vestido largo, de cuyo generoso escote él no quita ojo. Hacen una bonita pareja, y me enternece verlos felices.

—¿Qué me dices de esos dos? —me pregunta Carmen, que se ha acercado a mí.

—Patri está radiante —afirmo.

—Puede que tenga algo que ver la noche que ha pasado, ¿no crees? —me azuza, con picardía—. Tú, sin embargo, estás alicaída, lo sé. ¿Me vas a decir ya qué te pasa? Es por el ojazos, ¿verdad? —Me conoce tan bien que con solo mirarme sabe que algo me ocurre.

Le cuento lo que ocurrió por la noche, mientras ella dormía, y no puedo evitar que se me escape una lágrima.

Mi amiga me abraza fuerte. Con el rabillo del ojo veo que Asim me observa desde la distancia, con expresión seria.

Intentando disimular, me aparto de Carmen y, obligándome a esbozar una sonrisa, le pregunto:

—¿Y tú con Javier? Se nota que le gustas mucho, y diría que a ti también te gusta él.

Ella se para y me mira con expresión ofendida.

—Ni lo pienses. Yo, con el repeinao , na de na. Con ese acento andaluz se quiere hacer el gracioso todo el tiempo, pero yo no le encuentro ni pizquita de gracia. De hecho, a veces ni lo entiendo cuando habla.

Sonrío. Ella me conoce muy bien, pero yo a ella también, y sé que lo que dice de Javi no se corresponde con lo que siente.

Se hace la dura, pero ya la he pillado alguna que otra vez mirando al sevillano cuando cree que nadie la ve.

A Carmen le cuesta mucho confiar en los chicos, no ha tenido muchas parejas, pero siempre ha acabado sufriendo por ellos, y se ha formado una coraza que no permite que ningún hombre traspase.

En el bar, muchos clientes beben los vientos por ella, pero lo único que mi amiga les da a probar es cerveza. Muy fresquita, eso sí.

Durante el tiempo libre que nos conceden para sacarnos fotos en el templo, yo me separo del grupo.

Necesito estar sola y pensar. Me siento rara, y aunque la temperatura hoy ronda los cuarenta grados a la sombra, a mí me recorre un escalofrío, por lo que extiendo sobre mis hombros el pañuelo que llevo alrededor del cuello.

Tengo una constante sensación de déjà vu , como si ya conociese el lugar.

En mi cabeza resuenan cánticos, y creo captar un tenue aroma a incienso.

Cada inscripción en bajorrelieve, cada dibujo…

es como si ya los hubiese visto antes, como si yo ya hubiese estado aquí.

Me detengo delante de un mural en el que se representa un festejo y, como si de una película se tratara, frente a mis ojos surge la imagen de cientos de personas esperando la llegada del faraón, que se dirige hacia mí sentado en un palanquín dorado. Los cánticos arrecian.

Patri me toca el hombro.

—¡Lola! ¿Estás sorda? Nos vamos. —Me coge del brazo, y yo a duras penas le sigo el paso, aún aturdida con lo que acabo de vivir.