Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 15
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Nebet

Han pasado ya varias lunas desde que llegó a Karnak. Le gusta vivir en el templo; en él se respira paz y armonía. Lo único que no logra es conciliar el sueño, acostumbrada como estaba a hacerlo con el ronroneo de su querida Behsi, a la que extraña enormemente.

Desde que Ra sale, renacido, por el este, hasta que se oculta para lidiar con los dioses de la noche, por el oeste, Nebet se mantiene ocupada aprendiendo los himnos sagrados, astrología y magia.

Participa en todos los ritos que se celebran en el templo, incluida la ceremonia de apertura de la boca al dios, que se celebra cada anochecer en todas las capillas.

En la más pequeña, dedicada a la diosa Isis, el ritual lo realiza la suma sacerdotisa.

Ella también la está enseñando a leer las sagradas escrituras en la casa de la vida, así como las estrellas en el cielo nocturno mediante el merget y el ocular, desde las altas terrazas del templo.

Dice que Nebet es la mejor alumna que ha tenido jamás, y la verdad es que es algo que ella soñaba con hacer, y allí lo está logrando; incluso, le permiten leer un poco del gran Libro de la salida al día.

Sotis es la mejor de las maestras, y también se ha convertido en su amiga. Comparten gran parte de la jornada y, de forma paulatina, Nebet le ha ido contando la historia de su corta vida. Es, por tanto, conocedora de sus miedos y anhelos, y siempre tiene para ella el mejor de los consejos.

Todos los días, en cada oración y en cada ofrenda, Nebet pide a los dioses que los vientos sean propicios, para que ayuden a sus amigos a llegar rápido a su tierra y así puedan alertar a su padre antes de que el faraón decida volver a atacar a un pueblo desprevenido.

El tiempo en la barcaza transcurre muy lento.

El viento en calma les impide avanzar; únicamente valiéndose de los remos consiguen desplazarse, aunque muy despacio.

El río baja con escaso caudal, y en las orillas se forman bancos de arena donde los cocodrilos se tumban a tomar el sol mientras vigilan el cauce.

—Otro día más sin movernos del sitio —se queja Asenet, abanicándose con la mano mientras seca su perlada frente con el bajo de sus ropajes.

—Paciencia. Los dioses nos ayudarán —repone Sejemká con una sonrisa.

Durante la travesía, han tenido tiempo para hablar y, así, conocerse un poco.

Asenet le ha contado que es la mayor de seis hermanas, y que sus padres siempre han trabajado para la casa del rey.

A ella le asignaron la compañía y el cuidado de la princesa cuando esta perdió a su madre, y casi se podría decir que han crecido juntas, ya que apenas se llevan unos pocos años.

También le ha contado lo mucho que los extraña a todos, y lo mucho que ama a su tierra.

Sejemká, por su parte, le ha explicado que es el único hijo de un escriba de Amón. Siguió los pasos de su padre, ya que creció en el templo, y no concibe la vida fuera de él. De hecho, es la primera vez que viaja hasta tan lejos.

Desde la barca divisan una caravana de camellos que se dirige hacia donde ellos se encuentran. El sacerdote se levanta, señalando en su dirección, y dice, con su permanente sonrisa:

—Ahí está lo que tanto les pedíamos a los dioses.

—¿Has pedido camellos a los dioses?

—No exactamente, pero nos servirá, ¿no crees?

Asenet asiente con la cabeza, optimista.

El escriba comienza a hacer señas con los brazos a los dueños de los camellos, para que se acerquen.

Son comerciantes que van al mismo destino que ellos, por lo que, después de acordar un precio, y tras desembarcar —no sin cierta dificultad— esquivando los bancos de arena para poder alcanzar la orilla, se suben cada uno en un camello y prosiguen el viaje junto a sus amables acompañantes.

Los camellos no son tan cómodos como la barca, pero, por lo menos, les permiten avanzar a buen ritmo.

Por la noche acampan, rodeados de los animales e iluminados solo con la luz de la hoguera y del cielo estrellado que se extiende sobre ellos.

—¿Verdad que son mágicas? —Asenet apunta a las estrellas.

—Lo son. Heka está muy presente esta noche y nos deja ver todo su esplendor —contesta el escriba.

Los dos están tumbados, lejos de la hoguera, contemplando el cielo. Todo el mundo piensa que son pareja, y a ellos no les molesta el aparentar serlo.

Durante largo rato, Sejemká le habla de las estrellas que él tanto ha estudiado en el templo; también de las constelaciones, y en el suelo traza dibujos para explicarle los símbolos del zodiaco. Ella lo escucha sin perder detalle.

En todo el tiempo que llevan juntos, en Asenet se ha despertado una honda admiración por el escriba.

Le encanta conversar con él durante horas y hacerle mil preguntas que nunca se había atrevido a formular.

Puede plantearle casi cualquier cosa, pues el escriba siempre le responde con infinita sabiduría y una paciente sonrisa.

Y es que Sejemká no puede dejar de hacerlo, ya que desde el primer momento en que ella salió de las sombras del templo, le robó el Ba, que ya no le pertenece a él.

Solo puede pensar en Asenet y en esos enormes ojos negros como la noche.

Sejemká siempre soñó con tener una familia, como muchos de sus compañeros, pero hasta ahora había dedicado todo su tiempo al estudio de los antiguos textos.

Sin embargo, la noche en que ella le propuso ser su mujer, dentro del corazón del escriba alumbró una pequeña luz de esperanza de que algún día lo fuera realmente.

Pero la duda lo devoraba igual que Ammyt a los que se enfrentaban al juicio de Osiris, ya que una mujer tan bella nunca podría fijarse en él. ¿O sí?