14
Lola
—¡Lola! ¿Estás bien? Llevas mucho rato encerrada en el baño —grita Carmen desde el otro lado de la puerta.
Quito el pestillo y entran las dos, mirándome de arriba abajo con cara de preocupación. Después de contarles todo lo ocurrido en la tumba, cobra incluida, nos sentamos en la cama y son ellas las que me relatan a mí cómo ha ido su día.
—Farid es el mejor guía del mundo mundial —dice Patri.
—Claro, porque hace todo lo que le pides. ¿Que quieres comprar esencias?, pues Farid nos lleva a todos. ¿Que te gustaría comprar especias?, pues vamos todos también. Tú solo pide por esa boquita —se queja Carmen, quitándose las botas, del mismo color que su pelo, y masajeándose los pies.
—¡Es taaan mono!
—Sí, Patricia, monísimo —replica Carmen. Yo las miro divertida.
—Cuqui, ¡huele! —Patri me pega a la nariz el dorso de su muñeca—. Este es el perfume de Nefertiti, ¿a que huele bien? Me he comprado también el de Cleopatra y el de… —me explica, mientras va sacando botecitos con aceite aromático de una caja decorada con fotos de Egipto.
—¡Todos! ¡Se los ha comprado todos! —termina Carmen.
Las chicas se arreglan para ir a cenar. Yo no tengo hambre y tampoco me apetece encontrarme con Asim; aún me sonrojo al recordar cómo me lancé a él y cómo él se apartó de mí.
Cuando mis dos amigas por fin salen de la habitación, aprovecho para llamar a mi abuela. Necesito oír su voz, de modo que marco su número y, al segundo tono, contesta.
—¡Hola, mi niña! ¿Cómo va todo por la tierra de los faraones? ¿Comes bien? —me pregunta a bocajarro, nada más descolgar.
—Hola, abu; estoy bien.
—Ese «bien»… Cuéntale ahora mismo a tu abuela qué te pasa y no te guardes nada —me exige, como cuando era pequeña.
Siempre ha sido mi confidente, da igual lo que pase: ella siempre tiene el mejor de los consejos cuando lo necesito, y el más cálido abrazo cuando más falta me hace. Me conoce mejor que nadie. Le resumo lo que ha pasado durante el día de hoy y, en cuanto termino, ella me dice:
—A veces el camino más complicado es el que goza de las mejores vistas. Si ese morenazo es el de tus sueños, por mucho que quiera, no podrá cambiar su destino, ni tú el tuyo.
Hablo con mi abuela largo rato, y, cuando al fin cuelgo, entra Carmen con una bandeja en la mano.
—Tienes a todos los compañeros de viaje preocupados por ti. Sobre todo, uno. —Me guiña un ojo. Acepto la comida que me trae.
—Gracias.
—He dejado a Patri hablando muy acaramelada con Farid en el bar —me dice ella mientras se quita la ropa.
—¿Vas a dormir ya? —le pregunto.
—Sí, estoy muerta de cansancio, y anda por ahí el gominas y no me apetece que me diga « miarma » ni nada parecido. Necesito descansar. —Dicho esto, se mete en la cama, coge el antifaz de Patri y se envuelve en la sábana, cual oruga. Me da la espalda y ya no la oigo más.
Ceno poco, ya que no tengo hambre, y después de dar mil vueltas en la cama intentando dormir, me pongo una chaqueta de chándal encima del pijama lencero y salgo de la habitación. Respirar un poco de aire fresco en cubierta me sentará bien.
Al girar en el último tramo de escaleras que lleva a cubierta, me encuentro cara a cara con Asim, que se dispone a bajar, y mi corazón se acelera. Por unos segundos, no decimos nada, solo nos miramos.
—¿Estás mejor? —me pregunta al fin.
—Sí, solo voy a tomar un poco el aire.
—¿Puedo acompañarte? —Me mira de arriba abajo, deteniéndose a la altura de mi pecho.
En este momento, soy consciente de que tan solo llevo puesto el pijama que me regaló Patri y que, aunque yo tenga los pechos pequeños, el aire fresco de la noche hace que mis pezones apunten en su dirección bajo la tela.
Traga saliva y yo, instintivamente, me cierro la chaqueta sobre el pecho y le hago un gesto con la mano para que vuelva por donde ha venido. Mientras sube el último tramo de escaleras, trato de arreglarme el pelo colocando los rizos rebeldes detrás de mis orejas.
Nos sentamos en uno de los bancos, uno al lado de otro, y contemplamos la iluminación nocturna de los templos que se divisan a lo lejos.
—¿No puedes dormir? —me pregunta.
—No. Y tú, ¿tampoco duermes?
—Me gustaría, pero Farid y tu amiga están en nuestra habitación y esta noche creo que dormiré aquí en cubierta.
—¿Me estás diciendo que Patri está en la habitación con Farid? —Abro mucho los ojos, sin poder dar crédito.
Él asiente sin mirarme y yo me vuelvo a reclinar sobre el respaldo del banco.
—¡Olé por ella! —murmuro.
Al escucharlo, Asim me mira y sonríe.
Permanecemos en silencio, observando el impresionante cielo cuajado de estrellas que se ve esta noche. De pronto, una enorme estrella fugaz cruza justo por delante de nosotros, dejando una estela blanca, casi mágica, a su paso. Me pongo en pie de un salto.
—¡Mira! ¡Pide un deseo! —exclamo, ilusionada.
—¿Has pedido tú el tuyo?
Lo miro a los ojos y asiento con la cabeza. Asim tensa los hombros y pasa una de sus manos por su ensortijado pelo.
—Siento mucho lo que ha pasado esta tarde.
—No te preocupes, no…
Pero no me deja continuar.
—No quiero que pienses que no quería besarte, porque llevo deseando hacerlo desde el primer momento en que te vi.
La noche que nos besamos, tuve que hacer un esfuerzo titánico para separarme de tu boca, pero mi trabajo no me permite enamorarme, ahora no.
Tengo muchos proyectos; está la excavación, y viajo mucho para poder aportar dinero que permita seguir trabajando en esa colina, como ya sabes.
Además, no creo en las relaciones a distancia; con una tuve más que suficiente para aprender que es algo imposible.
Tampoco tengo una casa a la que regresar, puesto que no sé dónde estaré mañana.
En mi vida no caben más personas, y por eso no quiero que te crees falsas expectativas sobre mí, o, más bien, sobre nosotros, porque no puede haber un nosotros. ¿Lo entiendes?
¿Acaba de decirme que nunca podrá haber nada entre nosotros dos? ¿Cómo le explico que algo me dice que él es el hombre de mi vida? Reprimiendo las ganas de llorar, le pregunto:
—¿Tú crees en el destino?
—Por supuesto —contesta con rotundidad.
—Yo también. —Hago un esfuerzo por mostrar una sonrisa y, acto seguido, me doy la vuelta y regreso a la habitación, donde Carmen ronca a pierna suelta.