13
Nebet
Cuando Ra hace su aparición en el horizonte, entran los sirvientes para iniciar el ritual de cada mañana.
La bañan y untan todo su cuerpo con aceite dorado, para después elaborar un intrincado diseño en su piel, bajo la atenta mirada de Behsi, a la que también miman.
La joven leopardo espera en la puerta el gran recipiente lleno de leche que le sirven cada día, acompañado de grandes trozos de carne fresca.
Cuando todos se retiran, se acerca Asenet con un precioso perfumero de alabastro tallado y, mientras vierte varias gotas de esencia en su cuello, le dice en un susurro:
—Mi señora, he recibido noticias del escriba.
—¿Y bien? —le pregunta Nebet, ansiosa por oír su respuesta.
—Ha conseguido el permiso para que partamos hoy mismo.
Nebet la abraza con ímpetu.
—No sé cómo podré agradecértelo.
—Es también mi pueblo, mi señora; allí también se encuentra mi familia. Esta tarde partiremos hacia el sur.
—¿Pero…? —La mira fijamente a los ojos.
—Hay tal alegría en el templo por el enlace del escriba que han insistido en celebrar una ceremonia de bendición para nosotros antes de partir. Si se negase, levantaría sospechas.
Nebet la mira con tristeza. No quiere que Asenet se una a un hombre sin que Hathor haya llegado a su vida. Sabe perfectamente lo que es estar unida a un hombre al que no ama.
—No tienes que hacerlo si no quieres. Hallaremos otra manera.
—No hay tiempo que perder. Además, no sé qué es lo que dispondrá el faraón para mí cuando ya no tenga que ocuparme de usted, mi señora.
Si tanto detesta a la gente de nuestra tierra como parece, no espero nada bueno por su parte.
Creo que con el escriba estaré bien. —Sonríe levemente, pero su mirada denota inseguridad.
Nebet se obliga a devolverle la sonrisa, pero su alma llora por ella.
—Mi señora, tengo algo que le pertenece —dice, y saca una bolsita que lleva atada al vestido mediante unas finas cuerdas.
Nebet la toma entre sus manos con cuidado, sabiendo lo que contiene.
Acerca el collar a sus labios, como si, al hacerlo, quisiera enviar con él una parte de sí misma, y se lo devuelve a la doncella.
—Llévalo contigo. A mí no me permitirán hacerlo —susurra con tristeza—.
Busca a mi amado y entrégaselo. Él sabrá qué hacer.
Asenet asiente y observa de arriba abajo el cuerpo de su señora. Al reparar en que el abrazo que le ha dado ha estropeado el dibujo, va a avisar a los sirvientes para que entren.
—Te voy a extrañar mucho, querida Asenet.
Ra ya se oculta por el oeste cuando una vieja barcaza parte de palacio; a bordo va la segunda esposa. La acompañan dos sirvientas y unos cuantos guardias que visten como campesinos. El faraón no quiere que la gente sepa que exilia de palacio a su más reciente esposa.
No han permitido que viaje junto a ella su querida Behsi, a la que tuvieron que sujetar con fuerza cuando vio que su dueña se marchaba sin ella, ya que, aunque es joven, tiene mucho brío cuando se pone nerviosa.
Nebet la extraña profundamente y teme lo que le pueda ocurrir sin que Asenet ni ella misma estén cerca para cuidarla.
El gran templo de Karnak, el lugar más venerado en todo el país de las dos tierras, es su nuevo destino.
En él se rinde culto a Amón. La mayoría de los sacerdotes son hombres, pero en un pequeño templo anexo hay un grupo de mujeres que se dedican también al culto del dios. Ellas son las que la esperan.
Karnak está despertando del letargo nocturno cuando divisan a lo lejos la gran ciudad que rodea el templo.
Un buen número de mujeres vestidas con largas túnicas de grueso lino blanco, que cubren por completo sus cuerpos, aguardan en la entrada. En el centro, una anciana de cabellos blancos le sonríe con gesto amable.
—Bienvenida, mi señora —la saluda la suma sacerdotisa, haciendo una inclinación con la cabeza—.
Mi nombre es Peseshet, aunque todos aquí me llaman Sotis, como la estrella que brilla en el cielo.
Seré su guía espiritual en el templo. Permítame que se lo muestre.
—Con un elegante movimiento de su brazo, indica el camino hacia el interior.
El resto de las sacerdotisas se apartan con respeto para dejarla pasar.
Nebet recorre el templo en compañía de Sotis, quien le muestra cada rincón.
Observa impresionada la enorme sala de columnas gigantescas, cuyos vivos colores parecen cobrar vida a la luz del amanecer, que se filtra desde los claristorios.
Son las más altas que Nebet haya visto, más aún que las del palacio del que procede.
Debe levantar mucho la cabeza para poder ver los capiteles.
Se siente pequeña e insignificante en ese lugar, donde los frescos sagrados, pintados con esmero, brillan de modo intenso, creando un juego de luces y sombras.
Sotis le explica el cometido de las sacerdotisas en el templo. Junto con el resto de los sacerdotes, trabajan en perfecta armonía durante los ritos diarios, dedicados a mantener el equilibrio sagrado y agradecer a los dioses su protección.
Finalmente, la suma sacerdotisa la acompaña a sus sencillos aposentos.
—Mi señora, a partir de ahora, para vivir en el templo tendrá que vestir con sobriedad, como nosotras. —Señala sus ropas—. Avisaré para que venga alguien que os ayude a quitaros todo lo que lleváis ahora. Aquí no lo vais a necesitar.
Cuando la despojan de las joyas, las ropas, la pintura del cuerpo y los trenzados en el pelo, le entregan una túnica blanca de basto lino y una cinta dorada con la que deberá recogerse el cabello. Al desprenderse de todo, se siente cómoda, como hacía mucho tiempo que no se sentía.
Entre las paredes del templo se respira paz.
Desde sus dependencias puede escuchar los cánticos en la capilla cercana, donde se realizan los ritos propios de cada nuevo despertar de Osiris.
Siente que aquí estará mejor que en palacio, pero su cabeza no deja de pensar en cuál será la suerte que estarán corriendo sus amigos.
—Te dije que no pagaras tanto. Ese es discípulo de Seth y es capaz de timar a cualquiera —dice Asenet, enfadada.
—Lo sé —contesta el sonriente escriba—, pero es la barca de transporte que nos puede llevar más rápido hasta tu pueblo.
—De acuerdo, pero la próxima vez seré yo la que negociará el precio.
Llevan tan solo unas horas juntos, pero la conversación entre ellos es fluida, como si se conocieran de tiempo atrás.
El escriba tiene el don de la palabra, y va explicando a su compañera de viaje lo que encuentran a su paso.
Tras la celebración en el templo, partieron en busca de un medio de transporte.
Lo más rápido es viajar por el río, y allí se encuentran.
Asenet ha cambiado sus ropas de palacio por unas más modestas y cómodas para el viaje. Ya no luce la falda larga y ceñida de las sirvientas, sino una sencilla túnica de lino con un solo tirante, del mismo color que el cielo, el cual resalta el color ébano de su piel.
La embarcación no es lujosa, pero han dispuesto una pequeña zona, junto a la carga, para que los recién casados puedan ir más cómodos durante los días que durará el viaje.
—He pagado monedas de más para partir de inmediato y nos están esperando —la apremia Sejemká, y extiende su mano para ayudarla a cruzar la pasarela hasta la barca.
En el instante en que sus manos se tocan, el escriba siente el suave tacto de la fina piel de Asenet. Algo en su interior que creía dormido se despierta, y sin perder la sonrisa ni dejar de mirar a esa bella mujer, la ayuda amablemente a avanzar.