Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 12 #2
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—La otra noche me hablaste de tus sueños; yo nunca he tenido esa clase de sueños, por desgracia, pero desde pequeño siento obsesión por esta tierra, y cuando vine aquí por primera vez, esa obsesión creció.

Algo dentro de mí me dice que debo excavar aquí y no en otro lugar.

¿Te parece una locura? —me pregunta, mirándome con fijeza.

—No, no me lo parece. —Estoy tentada a preguntarle si a él le parecería una locura que él sea protagonista de mis sueños, pero me limito a mirarlo y sonreír.

Llegamos enseguida a nuestro siguiente destino; nos apeamos del taxi y echamos a andar hacia la entrada de la tumba. De camino, me explica que en este otro lado de la montaña se encuentran las tumbas reales.

En el acceso, un llamativo cartel prohíbe la entrada a visitantes.

Un guardián nos espera a la puerta. Cuando Asim llega a su lado, extrae del bolsillo un billete doblado y se lo pone en la mano, acompañado de un « shukran » al que el otro, con un ademán de la mano hacia el pecho, responde bajando la cabeza.

Le da un llavero con dos grandes llaves doradas y se marcha.

Descendemos por el amplio corredor iluminado mientras él me va explicando todo a su paso.

Conoce cada grabado, y yo no puedo apartar mi mirada de él mientras me habla con entusiasmo de cómo descubrieron esta tumba por casualidad y lo que saben del faraón que la ocupaba.

A la mitad del enorme pasillo, dos salas se abren a ambos lados.

En una de las capillas laterales hay un fresco de un enorme cocodrilo con las fauces abiertas, mientras lo que parece un desfile de sirvientes que portan bandejas introducen en ellas una especie de ave con las alas extendidas, que da la impresión de querer escapar.

A sus pies, un enorme sarcófago, que, por lo que me revela, contenía el mayor cocodrilo momificado que se haya encontrado jamás, y que aún están estudiando.

Un escalofrío recorre todo mi cuerpo y me pone los pelos de punta; por alguna razón, me siento incómoda aquí, de manera que salgo de la sala, seguida de Asim, quien me indica con uno de sus brazos la otra capilla, al otro lado del corredor, protegida por una puerta cerrada.

Saca el llavero y la abre. El interior está oscuro y, al acceder, creo oír un susurro.

—Esta es la sala de la que te hablé, la sala de ofrendas donde se encontraba el sarcófago de madera vacío. Espera un momento, voy a pedirle al guardián que nos encienda la luz.

Sale al corredor, dejándome sola. No me da tiempo a decirle que lo acompaño, que no quiero quedarme aquí, cuando una ráfaga de viento aparecida de la nada hace que la puerta se cierre de golpe.

Dentro hace mucho calor, un calor tan seco que me cuesta respirar.

Escucho a lo lejos un rumor de cánticos, pero no puedo distinguir nada. La oscuridad es absoluta.

Me parece reconocer en el ambiente un fuerte olor a incienso.

Voy tanteando las paredes en busca de la puerta y, cuando creo por fin haber encontrado el pomo, me doy cuenta de que este no gira: es de piedra y forma parte de la misma pared.

Entro en pánico; el pulso se me acelera y me mareo; cada vez tengo menos fuerzas y a duras penas logro mantenerme en pie.

Mi boca está muy seca, tanto que noto como si tuviera arena en los dientes.

Intento gritar para pedir auxilio, pero de mi garganta solo sale un graznido.

Al escucharme, me llevo las manos al cuello y percibo algo alrededor de él.

Aun sin poder ver nada, sé que es el colgante con el que tanto he soñado, y mis dedos se aferran a él como si fuese una tabla de salvación.

Apoyo mi espalda en la pared y me dejo caer hasta el suelo, donde me quedo sentada.

Poco a poco pierdo el control sobre mí misma.

Ya no escucho nada, solamente mi respiración y el latido de mi corazón en mis oídos, cada vez más lento.

Unos fuertes golpes resuenan en mi cabeza, pero parecen muy lejanos.

De repente, una resplandeciente luz me deslumbra, y veo ante mí esos ojos, los de mis sueños.

—¡Nebet! —Su voz me llama asustada, pero no logro reaccionar.

Me rodea con sus fuertes brazos y me levanta para conducirme al exterior, donde voy recuperando despacio el control de mi cuerpo. Con la mano, tanteo mi cuello: el collar ya no está.

—¿Por qué me has llamado Nebet? ¿Y mi collar? —susurro con la boca seca.

—¿Nebet? No te he llamado así. Iré a buscar tu collar —me dice Asim, y me tiende su botella de agua para que beba un poco.

—He roto algo ahí dentro —me lamento, sujetándole la mano con la que me tiende la botella.

Él abre los ojos de par en par y gira su cabeza hacia el interior.

—Lola, ahí dentro ya no queda nada, la tumba está completamente vacía. Se lo llevaron todo los del museo después del descubrimiento y de hacer las fotos de rigor. Un momento, no te muevas; voy a buscar tu collar y nos vamos.

—No, no, no hace falta que lo busques. —Me apoyo en su brazo para levantarme del escalón donde me había sentado y, una vez de pie, lo miro a los ojos—. Ese collar solo existe en mis sueños.

—¿Entonces? ¿Qué quieres decir? ¿Has tenido ahora un sueño? ¿Pero…?

—No, no ha podido ser un sueño, lo sentía en mi cuello —confieso en voz baja, más para mí que para él, tocándome la parte en la que aún puedo sentir el frío metal—.

Solo sé que la puerta se cerró de golpe y sentí lo mismo que ocurre en ellos.

—Acude rápido a mi memoria el último sueño que tuve en mi apartamento, el día que contratamos este viaje.

—¿Cómo es ese collar con el que sueñas? —se interesa.

—Aunque no es muy grande, sí es bastante pesado. Tiene una fina cadena hecha con cuentas redondas, de oro y lapislázuli; en el centro, también de oro tiene pintada la imagen de una mujer con unos voluminosos cuernos que enmarcan un disco solar, y unas preciosas alas extendidas a ambos lados.

—La diosa Isis —dice, y yo asiento lentamente.

—Te parecerá una locura… —comienzo, pero él se acerca a mí y me estrecha con fuerza.

Nunca pensé sentir algo así con tan solo un abrazo. Su olor se cuela por mi nariz y llega hasta mi alma; es como estar en mi hogar. Quisiera quedarme así para siempre. Siento que aquí y ahora nada malo me puede pasar.

Nos separamos un poco y nos contemplamos muy de cerca. Sus ojos observan fijamente mi boca y, como si una fuerza más fuerte que yo me empujara, me acerco a él. Sin embargo, cuando nuestros labios están a punto de rozarse, Asim da un paso atrás.

—Deberíamos irnos ya. El taxista nos espera —dice, apartando la mirada.

—Claro —contesto, bajito.

Regresamos al barco sin mediar palabra. Él se ha sentado delante, junto al conductor, y este ha puesto en la radio música árabe a todo volumen, ajeno a lo que acaba de suceder entre nosotros.

Durante el trayecto, me aguanto las ganas de llorar. ¿Por qué siento esto por Asim? Y, lo que más me desconcierta: ¿siente él algo por mí?

Cuando llegamos al barco, mis amigas están en la cubierta con el resto del grupo, pero yo voy directa a la habitación; no quiero que me vean con esta cara.

En el baño, abro el agua caliente y, tras quitarme la ropa, me meto en la ducha y dejo que el agua resbale por mi cuerpo.

Me siento en el suelo y abrazo mis rodillas; permito que toda la tensión acumulada aflore y rompo a llorar como nunca en mi vida, porque, por mucho que lo intento, no le encuentro ningún sentido a nada de lo que me está ocurriendo.