12
Lola
Nos levantamos muy temprano. Hoy la visita será en Abidos y hay mucho que ver.
Durante el desayuno, Asim no se despega del teléfono móvil. Las mesas han vuelto a su lugar, de modo que me siento a desayunar con mis amigas. Mientras charlamos, no puedo evitar mirar hacia él, pero nuestras miradas nunca se cruzan.
Al salir de la dahabiya , una nube de niños corre hacia nosotras con los móviles en las manos.
—¡Shakira, foto! ¡Shakira, foto! —gritan todos mientras nos rodean.
—¡Shakira, dicen! —Carmen resopla—. Pero, niños, ¿habéis visto mi pelo? —Coge entre sus dedos un corto mechón de pelo azul que se escapa de su coleta.
Varios de los niños se lanzan a tocárselo y ella los mira sonriente y dando grititos, pues alguno le da un pequeño tirón para comprobar si es de verdad o tan solo una peluca.
Nos hacemos mil fotos divertidas con los niños. Farid y Asim observan divertidos la escena desde los escalones de entrada al minibús, que nos espera para trasladarnos al templo de Osiris.
El templo es impresionante, y, dado que no está en la ruta de las grandes motonaves, estamos prácticamente solos. Únicamente se ven a lo lejos los guardias del templo, que conversan mientras se toman un té.
Asim nos explica el significado de las imágenes en bajorrelieve que vemos en las paredes del templo; nosotras no paramos de mirar a un lado y a otro con la boca abierta. Cuando termina con la visita guiada, nos da tiempo libre para hacer fotos, y el grupo se divide.
—¡ Ohú ! ¡Qué preciosidad! —dice Javier, y veo que mira en dirección a Carmen.
—¿De sitio? —le pregunto, irónica, en voz baja.
Él me mira de reojo mientras, con una mano, se repeina su engominado pelo.
—Tu amiga me gusta musho , pero creo que yo, a ella, ni mijita. Musha mujer pa mí, qué le vamos a hacer. —Y sonríe tristemente, tirando de las solapas de su chaqueta.
—Solo te voy a dar un consejo: si realmente te gusta, lánzate a por ella o arrepiéntete para siempre. —Le guiño un ojo y lo dejo pensando mientras me alejo. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que se lleve un tortazo de mi amiga? Pero, si sale bien, podrían formar una bonita pareja, pienso para mí.
Mis amigas se sacan fotos cual instagrammers siguiendo las indicaciones de Lourdes, y yo decido explorar un poco por mi cuenta; necesito tiempo para pensar.
Camino sin rumbo por el templo, maravillada con lo que veo, y, al girar en una esquina, encuentro una pequeña capilla.
Me dirijo hacia ella, atraída como un imán, y al entrar mis ojos se posan en la espalda de Asim, que contempla un grabado en la pared consagrada al dios Osiris.
Al escuchar ruido tras él, se da la vuelta y clava sus ojos ámbar en mí.
—¿Conoces la historia de Osiris? —me pregunta.
—Sí —respondo en un susurro. Muevo lentamente la cabeza y observo el magnífico relieve.
Esa escena la he visto en libros decenas de veces, y comienzo a narrar lo que sé sin apartar mi mirada de la pared—: Set era el hermano de Osiris y, por envidia, quiso matarlo para usurpar el trono.
Cortó su cuerpo en pedazos y los repartió por todo el reino, pero Isis, la amada esposa de Osiris, los recuperó uno a uno y, gracias a su magia, lo resucitó.
En realidad, es una historia de amor. —Ladeo mi cabeza hacia él, para descubrir sus ojos fijos en mí.
—Lo es —confirma con su ronca voz. Asiente con la cabeza sin dejar de mirarme fijamente con esos ojos que me desarman por completo y me roban el aliento—. La siguiente visita la haréis con Farid.
—¿Tú no vienes? —le pregunto, y creo que mi voz delata más de lo que debería.
—No, tengo que ver a los colegas con los que colaboro para solucionar unos problemas burocráticos de los muchos que nos pone el gobierno egipcio para continuar excavando en esa parte de la ladera. El yacimiento del que te he hablado se encuentra muy cerca de aquí.
—¿No vamos a visitar la tumba que descubristeis?
—Esa tumba aún no está abierta al público, pero queda muy cerca de donde están trabajando ahora. ¿Te gustaría venir conmigo?
—Sí —respondo sin dudar—. Me encantaría. —Y el pulso se me acelera con el simple hecho de pensar que voy a estar a solas con él y que quiere compartir conmigo eso que le apasiona tanto.
Asim se queda en silencio unos segundos, como si reflexionara acerca de si ha hecho bien en proponérmelo. Al final, dice:
—Pues, vamos; tengo que avisar antes a Farid. —Con una mano, me indica el camino de vuelta a donde se encuentra el resto del grupo.
En una de las paredes del templo algo llama poderosamente mi atención y, de repente, me traslado a mis sueños y me veo aquí mismo, pero en una época lejana.
A mi alrededor, los escribas desfilan con presentes hacia la imagen de Osiris, e incluso oigo sus cánticos y el humo denso del incienso se cuela en mi nariz. Comienzo a toser, medio ahogada.
—¿Estás bien? —La mano de Asim se posa con suavidad en mi hombro.
En ese momento, todo se desvanece y vuelvo a mi presente. Ya no hay cánticos ni humo; busco con la mirada a los monjes, pero ya no hay nada.
—Sí, solo es un poco de tos. Creo que ponen demasiado alto el aire en el minibús. ¿Vamos? —Sonrío levemente para quitarle importancia.
Farid está hablando con mis amigas cuando Asim le explica que no los acompañará en la siguiente excursión y que yo me voy con él. Ellas se giran sin disimulo hacia mí.
—Cuida mucho de nuestra amiga —le pide Carmen.
—Por supuesto, descuida —le contesta él, serio, y se aleja dándole instrucciones a Farid.
Patri se acerca a mi oído y me dice bajito, para que nadie la escuche:
—Cuqui, no hagas nada que yo no haría. —Y se levanta las gafas de sol para dejarme ver como me guiña un ojo mientras sonríe pícara.
La excavación a la que nos dirigimos queda a apenas quince minutos en taxi.
Nada más llegar, Asim paga al taxista, se baja y me abre la puerta trasera.
Ante nosotros se extiende una amplia explanada en la que hay varios yacimientos semienterrados, pero es en la ladera izquierda de la colina, que se encuentra un poco más alejada, donde trabaja en estos momentos.
—Está aquí cerca, solo tenemos que caminar un poco. Es por allí. —Al decirlo, roza con su mano mi cintura y una corriente eléctrica me atraviesa—. A esta zona se la conoce como Umm el-Qaab, «la madre de las vasijas», ya que hay fragmentos de cerámica esparcidos por todas partes.
Intento seguir su paso. Cuando llegamos a lo alto de un montículo, aparece un hombre vestido de la manera tradicional, con una galabiya y un turbante en la cabeza para protegerse del sol.
Veo que se lleva la mano al pecho, agacha la cabeza en señal de respeto y empieza a hablar con Asim en árabe; yo no entiendo nada, pero, mientras tanto, observo el entorno.
Nos encontramos rodeados de excavaciones por todas partes: este lado de la montaña parece un queso lleno de agujeros, donde decenas de personas caminan de un lado a otro.
Cada vez se nos acerca más gente, y Asim saluda a todos por su nombre.
—Lola, ven. —Me hace un gesto con la mano—. Te presento al profesor Jamal Sayed.
Cuando voy a estrechar la mano del profesor, él se lleva la suya al pecho e inclina la cabeza.
Asim me mira divertido y me dice:
—Aquí las costumbres son un poco diferentes a las nuestras.
—Sí, ya veo —digo, imitando el gesto.
—Jamal es el egiptólogo jefe de esta expedición. Ven, nos va a enseñar en qué están trabajando ahora.
Subimos un poco más por la colina y nuestro guía accede al interior de esta a través de un pequeño hueco en la pared. Miro a Asim, quien creo que se percata de mi miedo a pasar por un espacio tan reducido.
—Tranquila, es seguro, pero, si lo prefieres, iré yo primero.
Asiento con la cabeza. Para poder entrar, Asim tiene que agacharse mucho; después de rezarles a todos los santos de mi abuela, yo también paso al otro lado, con cuidado de no golpearme la cabeza.
Dentro, la sensación de agobio se esfuma.
El recinto está iluminado por los focos provisionales que han colocado en el suelo.
Es una cavidad horadada en la roca de la montaña, la cual está repleta de inscripciones en todas sus paredes.
Incluso el techo está pintado con estrellas doradas sobre una base azul oscuro.
—Creemos que puede haber más de estas tumbas en este lado de la montaña —me dice Asim, y su tono transmite pasión por lo que hace.
Yo no puedo dejar de mirarlo todo con la boca abierta.
—¡Es maravillosa! —exclamo.
—Sí, lo es. —Y, al hablar, me mira a los ojos de esa manera suya que me impide pensar en nada.
Asim me va traduciendo lo que sus colegas le cuentan acerca de los avances en los diferentes puntos. Todos en la excavación le hablan con respeto, si bien alguno bromea con él cuando nos ve pasar, imagino que debido a mi presencia, ya que me miran y se ríen.
Me presenta también al resto de los componentes del equipo, los cuales conforman un crisol de nacionalidades: entre ellos hay un inglés, tres españoles y una chica italiana.
Nos sentamos a comer todos juntos en el exterior de la excavación, en una mesa larga montada con tablones de madera.
Los tres españoles se sientan junto a mí, mientras que Asim lo hace en el otro extremo de la mesa, donde discute en árabe con el jefe de la expedición, que le muestra papeles sin parar.
Me cuentan que esta expedición sigue adelante gracias a Asim, ya que él pone gran parte del capital que se necesita para continuar excavando, que es mucho, y cada año les resulta más difícil que les concedan todos los permisos que les exigen a cambio de grandes sumas de dinero.
Terminamos de comer y, tras despedirnos de todos, nos marchamos con el mismo taxista, que nos espera. Mientras nos alejamos, observo la expresión pensativa de Asim en el asiento delantero. Contempla la excavación por la ventanilla abierta del taxi.
—Me han contado que tú subvencionas parte de esta investigación —le digo, mientras intento recogerme los rizos, que vuelan en todas direcciones debido al aire que entra por la ventana.
Se gira hacia mí.