Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 11
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Nebet

Por momentos, piensa en escapar y correr hasta su pueblo para avisarlos de lo que sabe, pero le darían caza antes de abandonar los límites de la ciudad.

A su llegada a sus aposentos privados en el palacio, pide que se retiren todos sus sirvientes y manda llamar a Asenet.

Esta entra en la estancia principal sujetando a Behsi por su collar; al ver a Nebet, quiere correr hacia ella.

Asenet le da un suave tirón y la joven leopardo se sienta obediente, a la espera de que su dueña cierre la puerta.

En cuanto eso sucede, Asenet suelta la lazada y le da una pata de gallina, que lleva entre sus ropajes, como premio.

Behsi traga casi sin masticar y va rauda hacia Nebet.

Sube las patas con cuidado sobre su pecho; no es consciente de que cada día es un poco más grande.

Agachando un poco la cabeza, Nebet le da un beso en la frente y ella, satisfecha, ronronea cual gatito. Une su cabeza a la suya y la mira fijamente; sus ojos parecen hablarle con el alma.

—¿Me ha mandado llamar? —inquiere Asenet.

Nebet asiente con la cabeza y, tras apartar a Behsi, se acerca a su doncella.

—El faraón piensa atacar nuestro pueblo después de la cosecha —le dice en un susurro, mirándola a los ojos.

El gesto de Asenet cambia, en su cara puede verse el miedo. Se lleva las manos a la boca para ahogar un lamento, ya que en su tierra se ha quedado su familia entera.

Nebet le explica el episodio con la primera esposa en el templo, y ella, con un gesto de súplica, le pide:

—Debemos hacer algo de inmediato.

—Lo sé —responde, decidida.

Cuando va a revelarle que un escriba del templo está dispuesto a ayudarla, las puertas de sus estancias se abren de par en par y las sobresaltan.

Entran los guardias reales y, por último, el mismísimo faraón; unos pasos por detrás va Benerib, con lágrimas en los ojos y unos paños de lino enrollados en su mano.

Behsi, que se encuentra a los pies de Nebet, se coloca delante de ellas de un salto y les enseña los colmillos.

Emite un feroz rugido que hace que todos los guardias, Benerib y hasta el faraón den un paso atrás con cara de espanto.

Nebet la sujeta por el collar mientras, con la otra mano, acaricia su cabeza para que sepa que todo está bien.

Sin embargo, el animal permanece atento a cada movimiento, preparado para abalanzarse sobre aquel que se atreva a acercarse más de la cuenta.

—Controla a tu bestia o mandaré que me hagan una bonita capa con sus pieles para el próximo festival.

Asenet, que conoce bien a Behsi, la agarra por el collar de oro y piedras preciosas y la saca a rastras de la estancia. Nebet queda cara a cara con el faraón, que la mira imperturbable.

—Desobedeciendo mis órdenes, creo que Benerib ha hablado contigo, y opino que más de lo que debería.

Tú no debes suponer ningún peligro para mis objetivos, por lo que mañana a primera hora partirás hacia Karnak y allí permanecerás como una sacerdotisa más, sin ningún privilegio.

No quiero tenerte cerca, y a ti te vendrá bien el no disponer de tantas comodidades como en palacio, conocer de primera mano la modesta vida en el templo y orar, para pedirles a los dioses que tu Ba esté preparado cuando te llame a mi lado de nuevo, lo cual no será pronto.

—Dicho eso, se da la vuelta con una sonrisa y se marcha.

Benerib gira sobre sus talones para seguirlo, pero, antes de hacerlo, le lanza una fría mirada de odio que la traspasa.

Creen que es un castigo, pero a Nebet se le antoja música para los dioses. Escapar de ese palacio, donde no la quieren, y viajar a Karnak, el lugar más sagrado de toda la tierra negra, es todo un privilegio.

Lo que más le preocupa es cómo alertar a su pueblo, si no puede volver al templo para advertir al escriba. Tampoco entiende qué ha querido decir el faraón con eso de que prepare su alma para cuando él vuelva a llamarla a su lado. Mil ideas rondan su cabeza, y ninguna buena.

Cuando todos se han marchado, regresa Asenet, que lo ha escuchado todo.

—Pronto partiré —le dice Nebet, tomándole las manos entre las suyas—, y dudo que te dejen viajar a mi lado. Tienes que escapar esta misma noche.

—Pero…

—Te voy a echar de menos. Siempre has sido para mí como una hermana mayor, y mereces lo mejor. Huye lo antes posible, regresa a casa y lleva contigo el mensaje.

—Encontraré al escriba y entre los dos hallaremos la forma de poner sobre aviso a nuestro pueblo —le dice, con lágrimas pugnando por salir de sus grandes ojos negros.

—Confío en ti, Asenet, pero hay que tener mucho cuidado. El faraón tiene ojos y oídos en todas partes, hasta en nuestro país. Si se entera de que tramamos algo, moriremos todos.

La doncella asiente y ambas se funden en un largo abrazo.

Esa misma noche, oculta tras las sombras, Asenet se acerca al templo.

Desde el exterior se oyen los últimos ritos de la jornada.

Los sacerdotes entregan a los dioses las ofrendas para agradecer el día vivido y para invocar su divina protección en los sueños.

En dichos ritos participan todos los que pertenecen al templo de Osiris, incluidos los escribas, aunque estos no siempre acuden, ya que no están obligados.

Asenet pide a los dioses que esa noche el escriba al que ella busca haya acudido, y que ella sea capaz de reconocerlo, ya que solo sabe el nombre y una somera descripción que le ha dado su señora.

Casi ha perdido la esperanza de localizarlo cuando escucha a lo lejos el nombre de ese al que busca. Algo le dice que tiene que ser él. Cuando anda cerca de donde ella se encuentra, Asenet sale de las sombras que la protegen y se sitúa delante del escriba.

—Mi nombre es Asenet. Me envía nuestra reina. ¿Tienes ya lo que te pidió que hicieras para ella?

—¡Por Osiris, qué susto! —exclama él, llevándose las manos al pecho. Sin embargo, al ver ante él a la hermosa mujer de piel ébano, su semblante se transforma rápidamente en una simpática sonrisa—. Sí, ya lo tengo, pero no pensé que lo buscaría tan pronto, y menos de noche.

—Tenemos que darnos prisa en llegar hasta mi gente para entregarles la misiva. Debemos partir esta misma noche.

—¿Quién? ¿Yo? —El escriba borra la sonrisa de su cara y señala su pecho con un dedo regordete—. Yo no me puedo marchar del templo; pertenezco a él.

—¿Cómo que no puedes salir? Es imposible que yo llegue hasta mi país sola; los caminos son muy peligrosos para una mujer —murmura Asenet en voz baja.

—Le dije a mi reina que le escribiría lo que ella me pidió, pero solo puedo salir del templo en contadas ocasiones. No puedo emprender un viaje sin un motivo que lo justifique.

Durante unos minutos, los dos guardan silencio. De repente, una idea desfila por la mente de la sirvienta.

—¿Y si fuese para casarte y conocer a la familia de tu mujer? —le pregunta, ilusionada por haber urdido una posible treta para que el escriba la acompañe.

—En ese caso sí podría, pero yo no voy a casarme. Ninguna mujer se ha fijado en mí —dice él, no sin cierto pesar.

—¿Y si la hubiera? —La bella mujer le toma las manos y se acerca más a él, mirándolo a los ojos—. Tenemos que ayudar a mi pueblo, y yo sé bien a quién debemos entregar el mensaje. Por favor, Sejemká, ayúdanos.