Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 10
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Lola

Desembarcamos en Amarna. Hoy visitaremos la ciudad imperial y las tumbas, incluida la de Akenatón.

Asim, con sus explicaciones, nos da una lección magistral de historia antigua; yo no pierdo detalle de lo que nos cuenta, no solo porque me interesa lo que dice, sino porque no puedo dejar de prestarle toda mi atención.

Hacemos un descanso para tomar un té e ir al baño y yo, mientras, aprovecho para llamar a mi abuela.

—¡Por fin! ¡Seis días sin saber nada de ti! —me recrimina.

—Ay, abu, por favor, no te enfades —le digo. Tenía que haberla llamado antes.

—Menos mal que tengo mis cartas y sé que todo va como tiene que ir. —Noto en su voz que está sonriendo—. ¿Cómo es?

—Egipto es maravilloso; ojalá…

—¿Quién te ha preguntado nada sobre Egipto? ¿Cómo es él? —me insta, con vocecita emocionada.

—No sé a qué te refieres —disimulo. Sé perfectamente que ella está al corriente de todo sin que yo se lo tenga que contar.

—Puede que aún no lo sepas, pero hay amores que traspasan el tiempo y no descansan hasta reunirse. Debes dejar hablar a tu corazón.

Cuando cuelgo, sus palabras resuenan en mi cabeza.

—¿Todo bien por España? —oigo a mi lado. Esa mirada que tantas veces he visto en mis sueños está clavada en mí.

—Sí. Mi abuela, que a veces tiene unas cosas… ¿Hace mucho tiempo que no vas a España?

Él aparta su mirada de mí y la enfoca en el suelo antes de negar con la cabeza.

—No, no hace mucho tiempo, pero no fue como había planeado y, ahora, ya no me queda nada allí. No creo que regrese más.

Puedo sentir la pena en su voz, y doy un paso hacia él.

—Recuerdo que la otra noche dijiste que después de morir tu madre no volvías mucho a Madrid.

Levanta su mirada y sus ojos vuelven a clavarse en los míos.

—Solo volvía para ver a Elena, mi novia.

Al escuchar eso, vuelvo a dar un paso atrás. En sus ojos puedo leer una profunda tristeza.

—Nos conocimos en la universidad; ella es egiptóloga, igual que yo, y comenzamos a trabajar juntos aquí en Egipto, pero se doctoró y ahora es profesora en la universidad en la que estudiamos.

—Tienes novia… —No puedo evitar un matiz de decepción en mi voz.

Él niega con la cabeza mientras se pasa una mano por el pelo.

—No. La última vez que viajé a visitarla lo hice sin avisar para darle una sorpresa, pero la sorpresa fue mía al encontrar durmiendo en su cama, junto a ella, a Julián, un amigo y compañero de los dos.

No sé qué decirle, de modo que los dos nos quedamos mirándonos a los ojos.

— Ohú , qué calor hace en esta tierra, chiquillo. —Javier se acerca con una botella de agua fría en una mano; con la otra se seca el sudor de la frente en un pañuelo de tela que ha sacado del bolsillo delantero de la chaqueta del traje que lleva puesto.

—Se te va a derretir la gomina. Es que solamente a un sevillano se le ocurre visitar Egipto con traje de chaqueta y corbata. —Carmen se mofa de él repasándolo de arriba abajo con la mirada, sin disimulo.

Al terminar la excursión, volvemos en el minibús hacia el barco y Patri nos dice:

—Le he pedido a Farid que esta noche cenen con nosotras Asim y él. —Me guiña un ojo.

—Pues, el andaluz se apunta seguro, porque siempre se sienta con ellos —comenta Carmen, y me ha parecido detectar ilusión en su voz.

La miro con una sonrisa cómplice y ella, al darse cuenta de lo que estoy pensando, se apresura a pararme los pies.

—¡Sí, claro! Ni lo pienses, bonita.

Una vez en el barco, nos duchamos y nos arreglamos para la cena entre bromas y risas.

Las tres nos acicalamos más de lo habitual.

Yo me pongo un vestido corto beige , con unas flores bordadas en color azul y un generoso escote en pico, y camuflo la falta de relleno con un voluminoso collar de cuentas del mismo color.

Dejo mi melena suelta y me pinto los labios de rojo.

—Me encanta cuando te maquillas, sobre todo cuando te pones carmín en los labios —aplaude Patri. Coloca mis rizos en su sitio frente al espejo del baño.

—La que es guapa es guapa —secunda Carmen, atusándose los mechones azules que se han escapado de su corta trenza.

—¿No quieres que te maquille un poquito a ti también, cuqui? —le pregunta Patri.

—¿No estarás sugiriendo que lo necesito, verdad, Patricia? —replica Carmen, molesta.

Patri alza las palmas de las manos.

—Dios me libre.

Cuando llegamos al comedor, ya está todo el mundo en sus respectivas mesas, y las nuestras las han unido para que quepamos todos.

Al final, somos seis: los dos guías, Javier y nosotras tres.

La conversación fluye durante toda la cena, y cada uno le cuenta al resto a qué se dedica; Javier nos cuenta que es de Sevilla capital, nacido en el barrio de Santa Cruz, y devoto cofrade de la Virgen de la Luz, de la que lleva un pin en la solapa de la chaqueta.

La besa al mencionarla, y Carmen ríe por lo bajini tapándose la boca con la mano.

—¿Y tú? ¿Eres guía desde hace mucho tiempo? —le pregunta Patri a Asim. Él sonríe levemente y niega con la cabeza.

—No, la verdad, esto solo lo hago como un extra.

Llevo varios años colaborando con un grupo de arqueólogos en unas excavaciones muy cerca de Abidos, como os expliqué la otra noche.

—Farid nos recuerda la sala que visitamos en el museo de El Cairo íntegramente destinada a exponer los tesoros hallados en ese yacimiento.

Asim asiente y continúa hablando—: La tumba perteneció a un faraón de la primera dinastía, y en su interior encontramos cuatro sarcófagos.

Tres de ellos, en la misma cámara mortuoria, y que contenían la momia del faraón, la de su primera esposa y la de su primogénito, de unos seis años.

—En ese momento, acude a mi mente la imagen del niño que vi en el museo, con el muñeco de trapo en la mano—.

Al parecer, todos murieron al mismo tiempo.

En una de las salas anexas, dedicada principalmente a las ofrendas, encontramos un modesto sarcófago de madera, muy sencillo, sin ningún tipo de adorno ni inscripción.

Es muy extraño, porque tiene señales de haber sido abierto desde el interior, dado que aún se pueden apreciar unas marcas hechas por uñas en la cara interna de la tapa, que estaba en el suelo.

Además, dentro del sarcófago también hallamos algunos cabellos en perfecto estado de conservación, y tras examinarlos los compañeros del laboratorio pudimos confirmar que eran de una mujer.

Pese a todo, falta la momia. —Por cómo se pasa las manos por el pelo, deduzco que el asunto lo intriga.

Nos cuenta también que algunos de los objetos que hallaron en esa cámara anexa estaban destrozados, al contrario que la cámara mortuoria, que estaba intacta, y en la que al parecer no había entrado nadie desde que se selló.

—¿Quieres decir que enterraron viva a una mujer? —le pregunto.

—A esa conclusión llegamos todos los que trabajamos en esa tumba. Llevo mucho tiempo buscando información en los textos de las paredes y en los papiros que encontramos en la sala, pero no se menciona nada de la propietaria de ese sarcófago por ninguna parte.

—¡Hostis! Hay que ver cómo eran los egipcios —comenta Patri, mirando a Farid.

—¡Los de ahora no somos así, preciosa! —Este le guiña un ojo—. Me gustaría enseñarte cómo somos en realidad.

—¡Cuidado, a ver si vas a aprender lo que son las españolas! —lo amenaza Carmen de malas formas, pero Patri lo observa con cara de boba.

La noche en cubierta es maravillosa. Un cielo como yo jamás había visto, cuajado de estrellas, se muestra ante nosotros en toda su inmensidad.

En popa, no hay nadie y la luz es más tenue, por lo que se aprecia mejor.

La fresca brisa de la noche, tras el calor del día, se agradece.

Me agarro a la barandilla y alzo la cabeza para contemplar la luna que, desde el cielo, parece observarme ella a mí.

—¿Molesto? —me pregunta una voz ronca a mi espalda.

—Claro que no. No me extraña que te guste vivir aquí; es fascinante.

—Lo sé. Desde pequeño he estado obsesionado con este país.

—Me encanta tu trabajo. Ojalá yo hubiera tenido la oportunidad de estudiar Egiptología, pero la pensión de mi abuela apenas daba para las dos, así que comencé a trabajar en cuanto terminé el bachillerato, para poder colaborar en casa y no ser una carga.

—Nunca es tarde para aprender —me dice, con una sonrisa, y yo asiento con la cabeza.

—Siempre lo he hecho, aunque por mi cuenta. Mi trabajo en la librería me daba acceso a mucha información. Todo lo que llegaba sobre el antiguo Egipto, yo era la primera en leerlo —le explico, sonriendo con timidez.

—¿Ya no trabajas en ella? —Arruga el entrecejo.

—El propietario se jubiló hace tan solo unas semanas y ahora me estoy tomando un tiempo para encontrar algún tipo de explicación a unos sueños que tengo desde pequeña.

Asim me mira fijamente.

—¿Qué tipo de sueños?

Dudo si contestarle. Agacho la cabeza y miro al suelo.

—Desde que tengo memoria, sueño con Egipto —confieso, finalmente—. Sueños que, a veces, siento tan claros y reales como este momento.

—¿Sueñas con el antiguo Egipto?

—Sí —respondo bajito, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos y así poder descifrar su expresión.

Durante unos minutos, no dice nada más. Solo me mira y pareciera querer desnudarme el alma, como si pretendiera ver esos sueños a través de mis ojos.

—¿Puedo saber qué sueñas? —me pregunta al fin, con su ronca voz.

—Son como fragmentos de una película. A veces no tiene ningún sentido lo que veo en ellos; en cambio, otras, cuando me despierto, aún puedo sentirlo todo con tanta intensidad que duele.

—Pagaría por tener esos sueños y poder desplazarme a esa época aunque fuese tan solo de esa forma. Así podría averiguar qué pasó con la propietaria del sarcófago de madera del que os he hablado antes; desearía saber si pudo escapar con vida —dice, y se queda pensativo, mirando al cielo estrellado.

De repente, gira la cabeza y me mira. Durante unos segundos, no decimos nada.

Él me mira fijamente a los labios, y, como si una fuerza superior a nuestra voluntad nos empujara, cuando nos damos cuenta, nuestros labios se están tocando.

Nos besamos, al principio con torpeza; nuestros dientes chocan pero, como si nuestras bocas se reconocieran, rápidamente se abren ansiosas para dar paso a nuestras lenguas, que se buscan con anhelo.

Pego mi cuerpo al suyo y él me agarra fuerte por la cintura, elevándome del suelo para pegarme a su enorme cuerpo más si cabe.

De mi interior brota un gemido de placer que se escabulle entre nuestros labios; todo mi cuerpo hierve con un fuego que nunca había conocido.

Pero, de pronto, Asim me deja de nuevo en el suelo y, sin dejar de mirarme a los ojos, me separa de él despacio.

Yo lo observo con la boca entreabierta, aún jadeando.

—Lo siento, esto no puede ser… Lo siento mucho —me dice, mirándome a los labios e intentando regular su respiración.

Agacha la mirada, se da la vuelta y se dirige hacia las habitaciones frotándose el pelo.

Yo me quedo ahí, de pie, con el pulso acelerado, intentando asimilar lo que acaba de ocurrir.

Mis dedos se deslizan por mis labios, todavía húmedos y calientes, tratando de retener para siempre su beso.

Me obligo a normalizar mi respiración. Me tiemblan las piernas, así que me siento en una silla para no caer al suelo.

Alzo los ojos y contemplo la luna, que ha sido testigo de todo.

Cuando llego a la habitación, mis amigas ya se están preparando para dormir.

—Vaya morritos traes —se burla Carmen al ver mi pintalabios corrido.

Pero yo voy directa al baño, donde, delante del espejo, comienzo a desmaquillarme sin decir ni una palabra. No dejo de dar vueltas a lo que acaba de ocurrir.

—¿Qué ha pasado? —Patri entra tras de mí, seguida de Carmen, y me mira a través del espejo.

Les explico que le he contado a Asim lo de mis sueños, pero que no le he dicho que es clavadito al protagonista de estos.

—¿Por qué no se lo has dicho? —me pregunta Patri.

—¿Quieres que piense que soy una psicópata?

—Me tumbo en la cama y me tapo la cabeza con la almohada—.

¿Y si para mí él es el hombre de mis sueños, pero para él yo no soy la de los suyos?

¿Y si me estoy volviendo loca y por eso sueño esas cosas?

¿Y si mi padre, al que no conocí, tenía problemas mentales y yo los he heredado?

—La almohada amortigua el sonido de mi voz.

—Ay, cuqui, no seas dramática.

—Son tontos, todos los hombres lo son, te lo digo yo —apostilla Carmen.

Las dos se sientan conmigo, me quitan la almohada de la cara y me abrazan sin decir nada. Me conocen bien y saben que lo que más necesito ahora es un abrazo.