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Nebet
Hace algunas lunas que Nebet ha llegado a esas tierras y se ha convertido en la segunda esposa del faraón, pero, para él, ella parece no existir.
Se siente muy sola en el gran palacio; pese a que siempre está rodeada de gente, siente que vive en una gran jaula de oro.
No le falta de nada, decenas de sirvientes le dan todo lo que pide. Eso debería bastar, pero no es así.
Su única compañía son Behsi, que no se despega de ella ni un segundo, y Asenet, que permanece atenta a todas sus necesidades y la cuida con mimo.
El pequeño Dyer la busca siempre que puede y la espera cada día, impaciente, para acompañarla al exterior del palacio, donde la joven leopardo puede correr libremente.
Al joven príncipe le gusta mucho jugar con la cachorra, y esta lo trata con sumo cuidado, incluso cuando el niño, en mitad de sus juegos, le tira del rabo o de las orejas.
También se siente solo: es el único niño en todo palacio y, muy a menudo, busca la atención de los mayores para compartir sus juegos.
Nebet le ha confeccionado un muñeco de lino con forma de gato, idéntico a los que hacía para sus hermanas.
Con paciencia, ha anudado los extremos para formar las patas y la cola mientras el joven príncipe la observaba fascinado.
Después, juntos han pintado unas pequeñas manchas en el blanco lino.
Han mojado un palo con la punta afilada en carbón mezclado con agua y, entre risas, han intentado imitar las manchas que tiene Behsi por todo su cuerpo.
El pequeño lo ha bautizado con el mismo nombre que la cachorra, quien los mira curiosa desde un rincón, meneando la cola con suavidad.
Nebet pasa mucho tiempo en el templo cercano, donde se respira paz, y realiza ofrendas a los dioses en las diferentes capillas.
Tanto tiempo pasa en él que los sacerdotes que allí viven se han acostumbrado a su presencia.
Muchas veces, la joven se detiene a observar las inscripciones que están grabadas en las paredes.
Le gustaría mucho saber leer lo que en ellas se cuenta.
Mientras contempla una de las paredes, en las que hay textos de hermosos colores, escucha una voz femenina detrás de ella:
—Tu nombre también estará un día en esas paredes, al igual que el mío.
Se gira con premura. Benerib la observa con mirada altiva desde la entrada a la capilla. Hace un gesto con la mano para que sus acompañantes se retiren y se acerca a ella con andar felino.
—No me gusta que siempre andes husmeando en el templo. ¿Acaso buscas los favores de algún sacerdote? —le pregunta, con el rostro congestionado de desprecio.
—No busco nada, solo vengo a orar —contesta Nebet sin bajar la mirada.
—No lo creo. Los de tu tierra no hacen nada sin una segunda intención. Os conozco muy bien, y el faraón también. Por eso no se acerca a ti. Tiene miedo de que lo envenenes, o de que le saques el Ba del cuerpo si llega a poseerte. Su semilla es demasiado sagrada para alguien como tú.
»No pretenderás que los sacerdotes, con su magia, te ayuden a ganarte sus favores, ¿verdad?
—¿Qué? ¿Yo? —balbucea, asombrada por lo que insinúa.
—Pobrecita. ¿No sabes que el faraón te aceptó como señal de la alianza con tu padre solo porque le informaron de lo importante que eres para él? Pero, en realidad, te desprecia profundamente.
—¿Me desprecia? —pregunta, sin entender.
—A ti y a todo tu pueblo —prosigue, muy cerca de su rostro, tanto que Nebet puede oler su aliento—.
Cuando termine la estación de Shomu y todo el grano haya sido cosechado, volveremos a atacar a tu pueblo, y seremos más fuertes que antes.
Si tu padre pone alguna resistencia, tú pagarás con tu vida —le dice, con una sonrisa retorcida, mientras enrolla un mechón de su cabello entre sus huesudos dedos, como si saboreara cada palabra que pronuncia.
Solo pensar en que pueda ocurrirle algo malo a su gente despierta los peores instintos de Nebet.
Su pueblo siempre ha estado en guerra, y su padre insistió en que ella aprendiera a defenderse. Tuvo varios maestros y, en alguna ocasión, incluso practicó con su medjay , aunque él se mostraba reticente por temor a lastimarla.
En ese preciso momento, Nebet agarra la mano de la primera esposa y, con un movimiento rápido, se la retuerce de tal manera que le impide moverse. Benerib, que no se lo espera, profiere un grito agudo que se asemeja al de una rata.
—No vuelvas a tocarme nunca más —sisea Nebet entre dientes—. Si lo haces, vas a saber de primera mano cómo somos las mujeres nubias.
La suelta con un brusco empujón, apartándola de su cuerpo. Benerib se aprieta con fuerza la mano dolorida.
—Ten por seguro que este agravio llegará a oídos del faraón, y pagarás las consecuencias —espeta, con un odio palpable en su voz.
Se da la vuelta y se marcha por donde vino. Con esas palabras aún resonando en su cabeza, Nebet se deja caer al suelo y rompe a llorar sin consuelo, sintiendo que todo ha sido en vano.
No sabe cuánto tiempo pasa en el frío suelo, pero, de repente, en el silencio del templo resuena una voz amable que le dice:
—Tranquila, mi señora. Todos los problemas tienen solución. ¿Puedo servirle yo en algo para mitigar su dolor?
Ella alza la mirada y se encuentra con un rostro regordete y unos ojos sinceros que le sonríen. Se seca las lágrimas con las manos mientras él se presenta:
—Mi nombre es Sejemká; soy escriba en la casa de la vida. —Extiende su brazo para ayudarla a ponerse en pie.
En ese momento, Nebet comprende que el dios que la custodia desde su pedestal lo ha enviado para ayudarla. Y, levantándose del suelo con su ayuda, le dice:
—Necesito que escribas un mensaje para hacérselo llegar a mi pueblo.
—Mi señora, no sé si debo… —titubea, temeroso, mirando hacia la entrada de la capilla.
—Me has preguntado en qué me puedes ayudar. ¿Realmente quieres hacerlo, Sejemká?