Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 8
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Lola

No sé qué tiene el Nilo, pero es la primera vez en mucho tiempo que duermo toda la noche del tirón.

No he tenido ningún sueño claustrofóbico ni nada parecido.

Me desperezo lentamente y, al mirar a través del ventanal, contemplo la increíble vista del río.

La luz del amanecer tiñe el agua de tonos dorados, y una sonrisa se expande por mi cara.

Carmen sale del baño y, al verme despierta, su gesto se ilumina.

—¿Qué tal has dormido, Lolita? —pregunta mientras seca su corta melena azul con una toalla.

—¡Genial! —Me levanto de la cama de un salto. Al pasar por su lado, le doy un beso en la mejilla—. Voy a la ducha antes de que Patri acapare el baño —añado, y cierro la puerta tras de mí.

Cuando al fin estamos listas las tres, después de que nuestra amiga se cambie varias veces de ropa, llegamos al salón donde se sirve el desayuno.

—Buenos días, chicas —nos saluda Farid. Señala el reloj—. Salimos en cinco minutos.

—¡Hostis! ¿Solo cinco minutos? —Patri lo mira y hace un puchero.

—Que sean diez, pero, por favor, ni uno más —cede Farid, risueño.

—Claro, Patricia. Si no tardaras tanto en prepararte, ya podríamos haber desayunado —le reprocha Carmen, llamándola por su nombre completo, como cada vez que se enfada con ella. Coge rápidamente un plato del bufé para dirigirse a la vitrina de los dulces.

Cuando paso cerca de la mesa donde se sientan los guías, Asim fija su mirada en la mía antes de dirigirse a nosotras. Nos habla a todas, pero es como si solo me hablara a mí. Su voz retumba en el aire.

—¡Buenos días! ¿Preparadas para el día de hoy?

No sé qué me pasa con este hombre, que me quita el habla. Una vez más, no consigo decir nada; lo único que logro es asentir con la cabeza mientras balbuceo algo ininteligible. Coloco un mechón de mi pelo tras la oreja y sonrío como una tonta.

—¡Menuda pava estás hecha, amiga! —suelta Carmen. Las dos se burlan de mí, imitando sin ningún disimulo lo que acaba de pasar.

La embarcación está atracada en la orilla, donde han colocado una pasarela para desembarcar.

Montse, la encantadora abuelita que viaja con nosotros, se encuentra preparada para salir la primera, ansiosa por la excursión de hoy.

Asim le tiende la mano con caballerosidad para ayudarla a cruzar, y luego espera al otro lado para seguir ayudando al resto.

Cuando llega mi turno, me da la mano, y una corriente eléctrica recorre toda mi piel.

Por su gesto y la tensión en su cuerpo, parece que no soy la única a quien le ocurre.

Nuestras manos permanecen unidas más tiempo de lo que sería conveniente, hasta que Carmen me da un empujón.

—¡Pero bueno! ¡Continúa! A ver si al final me caigo al río —me dice, con una mezcla de enfado y miedo en la voz.

—Tranquila, quilla , yo te sujeto —oímos que dice Javier, con su fuerte acento andaluz, justo detrás de ella, mientras le pone una mano en la cintura para sujetarla, a lo que mi amiga responde arreándole un manotazo.

—¡Las manitas quietecitas, cayetano! —Le lanza una mirada desafiante.

—¡ Ohú , qué carácter! Justito como a mí me gustan las mujeres. —Y le guiña un ojo, pícaro.

Mi amiga aparta la cara y camina con paso airado, sin esperar a nadie. Se aleja susurrando algo que no logro escuchar. Javier, divertido, no le quita ojo ni un solo segundo.

Un minibús nos espera para llevarnos a la ciudad de Menfis.

Por el camino, Asim nos va explicando la historia del lugar.

Nos hemos sentado las tres juntas en la parte de atrás; yo ocupo el asiento central, desde donde tengo una vista perfecta de nuestro guía, al que no puedo dejar de mirar.

¿Cómo es posible que reconozca cada gesto en él como si ya lo conociera?

No pestañeo, atenta como estoy a todo lo que nos cuenta.

—Hace poco tiempo —dice—, cerca de Saqqara, una expedición italiano-holandesa ha desenterrado un conjunto de mastabas, y es precisamente eso lo que vamos a visitar esta mañana.

Al llegar, nos da tiempo libre para recorrerla a nuestro ritmo, sin prisas ni aglomeraciones de gente. Estamos prácticamente solos.

Patri y Carmen van delante, hablando con el matrimonio portugués y seguidas de cerca por Javier. Me quedo un poco rezagada mientras saco mi botella de agua de la mochila. Asim se acerca caminando, con las manos en los bolsillos del chaleco, hasta donde yo me encuentro y me dice:

—Si quieres mi consejo, yo empezaría por esta primera de aquí. —Tras sacar una mano del bolsillo, señala la entrada más próxima al punto donde nos encontramos—. Es muy pequeña, pero los colores se conservan en perfecto estado —continúa, y el sonido de su voz parece acariciar mi piel, que me arde.

Observo su brazo extendido, apuntando hacia la entrada de la mastaba. Lo único que yo desearía en estos momentos es que ese brazo rodeara mi cuerpo.

—¿Me acompañas? —sale de mi boca, sin pensar. Pero realmente eso es lo que deseo, estar a solas con él.

Me hace un gesto con la mano, invitándome a pasar yo primero.

Entro en la pequeña mastaba y, a pesar del calor sofocante, el lugar parece imbuido de magia.

Asim comienza a explicarme quién fue el ocupante y de qué época data, pero yo no oigo nada de lo que me dice.

Mis ojos están fijos en sus labios, incapaces de mirar a otro lado, y en mi mente solo puedo imaginar cómo sería besarlos.

De repente, su voz cesa. Al alzar la mirada, me tropiezo con esos ojos ámbar que parecen iluminarse con decenas de destellos dorados, tan intensos que siento que pueden leer cada pensamiento que intento ocultar.

—¿Alguna pregunta? —me dice.

—No. —Varios rizos caen sobre mi cara cuando niego con la cabeza. Sin embargo, en mi interior surge una duda: «¿Dónde has estado todo este tiempo?».

Al salir de la mastaba, vemos a Carmen acercarse a paso rápido, con el ceño fruncido. Detrás viene Javier.

—¿Dónde os habíais metido? Patri y Farid os están buscando.

—Tú ves, quilla , lo que te decía, que en algún sitio se había metido. —Javier habla tan rápido que casi no se le entiende.

En ese momento aparece Patri, corriendo.

—¡Hostis, Lola, qué susto! —exclama, esforzándose en recuperar el aliento—. Pensaba que te había capturado alguna momia o algo así.

—Pues, no ves tú películas ni nada —le dice Carmen, y la carcajada es general.

Después de un maravilloso día visitando Beni Suef, regresamos a la dahabiya , donde pasaremos la noche navegando rumbo a Amarna.

Nada más subir a bordo, nos unimos al resto del grupo en la cubierta.

Queremos disfrutar del extraordinario atardecer sobre el Nilo, donde el cielo se colorea de un precioso tono rosa, creando una estampa que parece sacada de un sueño.

En las orillas del río hay pequeños pueblos con casas de adobe que parecen congeladas en el tiempo.

Están rodeadas de verdes campos de cultivo y flanqueadas por centenares de palmeras que se mecen suavemente con la brisa.

Dejo que el vaivén del barco me acune mientras contemplo esta postal viva.

Por un instante, el mundo parece perfecto, como si el Nilo guardara un secreto que solo puede compartirse aquí y ahora.

Todo, desde el susurro del viento hasta el abrazo cálido del sol poniente, parece decirme que este lugar y este momento eran parte de mi destino.