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Nebet
Nebet observa el exterior del palacio desde el gran ventanal de lo que serán sus aposentos en su nuevo hogar. En su tierra, la franja verde junto al río ocupa tan solo unos pocos pasos de ancho; sin embargo, aquí, grandes extensiones de terreno cultivado lo cubren todo.
A su alrededor, un grupo de sirvientes se mueve con eficacia y rapidez, afanados en terminar de arreglarla para la celebración que dará comienzo con el renacer de Ra en el horizonte.
Le quitan las preciosas pieles que viste y untan todo su cuerpo con un aceite dorado.
Con precisión, comienzan a pintar un elaborado diseño de líneas negras sobre su piel, un proceso minucioso que parece no tener fin.
Debe acostumbrarse, ya que, a partir de ahora, siempre será así.
De ese modo, el faraón se asegura de que nadie pondrá las manos sobre su cuerpo.
A partir de ese momento, solo él podrá tocarla.
Trenzan su largo cabello rizado con delicados hilos de oro, mientras lo impregnan con aceites aromáticos que desprenden un suave aroma a mirra y loto.
Maquillan sus ojos al estilo tradicional, alargando el contorno con líneas negras que intensifican su mirada.
Finalmente, le colocan varias piezas de joyería que su padre ha enviado especialmente para que las luzca durante el compromiso.
Uno de los sirvientes aparta su trenzado cabello para retirarle el colgante de la diosa.
Al darse cuenta de lo que pretende hacer, ella lo sujeta con ambas manos, impidiendo que se lo quite.
El criado, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto, se atreve a hablar con voz trémula, mezcla de temor y respeto:
—Esto no puede llevarlo, mi señora. —Evita mirarla a los ojos.
Por un segundo, Nebet sopesa decirle lo que siente: que no quiere quitárselo nunca; que preferiría la muerte antes que deshacerse de él. Pero ¿qué es esto si no la muerte?
Asenet, en quien confía plenamente, se acerca a ella.
—Lo guardaré con mi vida, mi señora —dice, extendiéndole las manos y mirándola a los ojos.
Sabe lo importante que es para ella, ya que es su confidente y la persona que mejor la conoce.
Por eso su padre permitió que viajara a su lado: es su forma de garantizar que alguien la cuidará lejos de él y que no se sentirá completamente sola en esa tierra desconocida.
Asenet sabe todos los detalles acerca de su vida, y es la única persona en ese lugar en la que Nebet confía.
Se lo quita despacio, intentando retenerlo el máximo tiempo posible sobre su piel, como si el simple contacto de ese collar fuese lo único que le quedara de sí misma, de lo que fue y de lo que un día soñó ser.
Le entrega el colgante a su sirvienta y, mirándola a los ojos, esta le repite:
—Confíe en mí, mi señora. Lo guardaré con mi vida.
Cuando Asenet toma el collar entre sus manos, dos lágrimas caen de los ojos de la nueva reina del país de las dos tierras.
Las celebraciones parecen interminables.
Los mandatarios, llegados de todos los nomos del reino, hacen su entrada en el palacio con grandes pompas, clamando alabanzas, rodeados de músicos y bailarinas.
Traen consigo toda clase de presentes para la nueva pareja.
También llegan regentes de reinos lejanos, que ven en ese festejo una oportunidad para acercarse al faraón y establecer alianzas.
Todos y cada uno de ellos, al entrar en la gran sala, se detienen un instante al verla.
Nebet está sentada en un trono secundario, junto a Behsi, que los observa recelosa postrada a sus pies.
Una majestuosa cadena de oro la une al trono; brilla bajo la cálida luz de las lámparas de aceite, resaltando la imponencia del animal.
Los mandatarios muestran temor ante la escena, un respeto casi reverencial hacia la nueva reina y su leopardo, mientras avanzan con precaución.
El faraón, desde su trono principal, sonríe satisfecho; no obstante, no le dirige a ella ni una sola mirada.
A su lado se encuentra Benerib, la primera esposa, que asiste con una expresión de aburrimiento evidente, si bien sus ojos, por momentos, se desvían hacia Nebet con una mezcla de desdén y recelo.
En su actitud es visible que compartir espacio con la nueva reina no es lo que más le apetece.
El pequeño Dyer, el primogénito y único hijo del faraón, corretea de un lado a otro mientras su madre, una de las concubinas, intenta entretenerlo sin mucho éxito.
El niño es muy travieso y se dedica a hacer burlas a algunos de los mandatarios que se acercan.
El faraón, en lugar de reprenderlo, ríe divertido con sus ocurrencias.
Es evidente el orgullo que siente por él.