6 #3
—No se lo planches —interviene Carmen—. Está preciosa así, con sus rizos y su melena salvaje.
—¡Verdad! ¡Qué pelazo tiene la jodía ! —dice Patri, y vuelve a entrar en el baño.
Tengo el mismo pelo que mi madre. De hecho, me parezco mucho a ella: piel muy morena, ojos grandes y negros con pestañas tupidas, labios carnosos y pómulos definidos. Mi cabello, abundante y muy rizado, enmarca mi rostro, confiriéndome un aire salvaje que siempre he creído haber heredado de ella.
Decido ponerme un vestido de gasa blanco, largo, con la espalda al aire y unos bordados dorados en la parte delantera. Con esta tela, el no llevar sujetador hace que mis pechos se marquen de forma sensual.
—Cuqui, estás espectacular. Si ese hombre no cae rendido a tus pies, es que está ciego —comenta Patri, saliendo del baño.
—Tú también estás preciosa —le digo, porque realmente lo está.
—¿Y yo? —pregunta Carmen.
Nos giramos las dos hacia ella y la vemos con un pantalón bombacho a cuadros y una camiseta de rayas. Ambas estallamos en una carcajada.
—¿Qué? —replica, enfadada, y se mira en el espejo.
—Menos mal que apareció mi maleta. Ven para que te arregle un poco ese look. —Patri la arrastra al baño, no sin escuchar protestas.
Cuando bajamos al comedor y nos dirigimos hacia nuestra mesa, siento una mirada clavada en mí desde el otro lado de la sala. Como si de un imán se tratara, mis ojos hacen contacto con los suyos, y ya no soy capaz de despegar mi mirada de él. Debo luchar contra el impulso de acercarme a donde está.
Carmen me empuja para que siga avanzando hasta nuestra mesa, pero yo estoy, literalmente, clavada en el suelo.
—Tierra llamando a Lola… ¿Estás ahí? —me susurra Carmen al oído.
Patricia se acerca a la mesa donde están sentados juntos Farid, Asim y Javier, y comienza a hablar con ellos, desplegando todos sus encantos, de los cuales Farid no aparta la vista.
Mientras tanto, Carmen me agarra del brazo y me arrastra hacia nuestra mesa.
Pide tres cervezas a un camarero que pasa por su lado.
—¿Habéis visto el hoyuelo que se le forma a Farid cuando sonríe? ¡Me lo como! —nos dice Patri cuando al fin se sienta con nosotras.
Nuestra amiga no tiene remedio, pero, sin que yo pueda evitarlo, mis ojos se desvían a la mesa de enfrente, donde unos ojos me observan sin disimulo.
Una vez que terminamos de cenar, subimos todos a cubierta.
La noche es magnífica: corre una suave brisa, el cielo está completamente despejado y pueden verse las estrellas con nitidez.
Camino hacia la popa del barco, me aferro a la barandilla y contemplo el firmamento, iluminado apenas por una luna menguante.
El tenue fulgor de esta envuelve con delicadeza el paisaje.
—Impresionante, ¿verdad? —me dice una voz profunda a mi espalda. El sonido me recorre como un escalofrío, erizando cada poro de mi piel, como si esa voz tuviera el poder de penetrar hasta lo más profundo de mi alma.
Me doy la vuelta y encuentro a Asim más cerca de lo que yo esperaba; tan cerca, de hecho, que puedo volver a percibir su aroma. Mis sentidos se inundan de una esencia cálida y terrosa, como las arenas del desierto.
—Sí, impresionante —logro decir, asintiendo con mi cabeza.
Lo que él no sabe es que no me refiero a las estrellas. Tenerlo tan próximo a mí me deja sin aliento y casi sin sentido. Nunca me había pasado algo así con ningún hombre que haya conocido.
—Es una de tantas maravillas de esta tierra que atrapan —continúa diciendo. Eleva la vista al cielo y, desde donde estoy, puedo distinguir como las estrellas se reflejan en sus pupilas.
Un fuerte golpe nos sobresalta, y nos giramos al mismo tiempo para ver a Javier tumbado boca abajo sobre el último escalón que lleva a cubierta, con Carmen encima de él.
—¿Qué pasa, mi arma ? ¿Tan irresistible soy? —pregunta él, intentando quitársela de encima con cuidado.
Carmen se levanta como puede con la ayuda de Patricia, que subía tras ella. Mientras se ajusta la estrecha falda de tubo, suelta:
—¡Irresistible, dice el cayetano! Ya me parecía a mí que estos tacones no estaban hechos para mí. Es la última vez que me dejo convencer —refunfuña, mirando a Patricia.
Esta hace un puchero.
—No digas eso, cuqui, con lo preciosísima que estás.
Me da la risa. Asim me mira y sonríe también.
El resto de la noche la pasamos sentados todos juntos a la misma mesa, charlando y riendo con las ocurrencias de mis amigas.
Asim nos cuenta que su familia paterna era egipcia, pero su madre era madrileña, por lo que pasó toda su infancia y adolescencia en España.
Cuando terminó bachillerato, cursó la carrera de Historia, donde se especializó en Egiptología, y, tras la muerte de su madre, comenzó a pasar más tiempo en Egipto que en Madrid, colaborando en unas excavaciones con una expedición que trabaja en la antigua necrópolis de Abidos.
—Mañana visitaremos Beni Suef, por lo que hay que madrugar —nos anuncia mientras mira el reloj.
—¡Hostis! ¿Madrugar? —se alarma Patri—. Pues, chicas, vamos a dormir, que si no mañana tendremos ojeras en las fotos.