Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 6 #2
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Al atardecer, llegamos a Jan el-Jalili, el mercado más famoso de todo Oriente Medio; Patri, claro está, no se lo podía perder.

Farid nos acompaña al Café Fishawi, más conocido como «la cafetería de los espejos», una preciosa tetería en medio del gran bazar, donde tomamos un té muy dulce mientras a Carmen le hacen un intrincado dibujo con henna en una de sus manos.

Nuestro guía nos deja tiempo libre para hacer compras, y comenzamos a recorrer las pintorescas callejuelas repletas de tiendas, que muestran parte de su mercancía en el exterior.

Los vendedores intentan que les compremos recurriendo a todo un repertorio de frases graciosas que han aprendido en nuestro idioma.

En una estrecha calle, como salida de Las mil y una noches , encontramos una pequeña tienda de antigüedades.

Me encanta la historia que se respira en estos lugares, como si varias generaciones hubieran dejado su huella.

Entramos y comenzamos a curiosear por el reducido espacio, hasta arriba de objetos colocados sin ningún orden aparente.

En él se mezclan artículos antiguos con los típicos suvenires que todo turista compra, todo ello cubierto por una capa de polvo acumulado durante años, ya que nadie parece haber limpiado jamás las repletas estanterías.

Patri fotografía algunas antigüedades que le llaman la atención.

Carmen se fija en un senet , un antiguo juego egipcio, que es una preciosidad, y después de regatear un rato, termina comprándolo para su padre.

Mientras uno de los dependientes se lo envuelve, yo paseo entre los mostradores.

Un objeto en concreto, situado en la parte más alejada de la vitrina, atrae mi atención.

Es una figurita de madera tallada con forma de halcón, dispuesta en una esquina apartada.

Se nota que es muy antigua, pues solo conserva color en algunas partes y el ave ya no tiene pico.

Un anciano de piel oscura y larga barba gris me observa desde una de las esquinas del mostrador. Se acerca, mirándome fijamente a los ojos, y saca la figurita de su escondido rincón. Cuando voy a explicarle que no estoy interesada, él me agarra el brazo y deposita la figura en mi mano.

—Te estaba esperando —dice con un fuerte acento.

Entonces, esboza una amplia sonrisa, que deja al descubierto una perfecta y blanca dentadura.

—¿Me estaba esperando? No entiendo.

Sin embargo, no consigo decir nada más, porque, al sentir la figurita en mi piel, un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Y, como si estuviera soñando despierta, veo esa misma figurita, aunque en perfecto estado, pintada de vivos colores, entre unas manos fuertes que se aferran a ella.

El señor de larga barba me observa con sus grandes ojos negros, sin pestañear, como si intuyera lo que acaba de suceder.

No sé por qué, pero algo en mi interior me dice que tengo que llevármela, que no puedo marcharme de este lugar sin ella.

Salgo de la tienda con el halcón envuelto en papel de periódico y dentro de una pequeña bolsa de plástico, que guardo en uno de los bolsillos de la mochila con la sensación de portar un tesoro.

Al día siguiente, con la pena de tener que abandonar ya nuestro hospedaje en el lujoso hotel, Farid nos recoge para trasladarnos al que será nuestro alojamiento durante el resto del viaje.

En las orillas del Nilo, nos señala una preciosa dahabiya , la tradicional embarcación egipcia de madera, de líneas elegantes y provista de velas blancas que ondean suavemente con la brisa del río.

Estas embarcaciones se utilizan para recorrer tramos del Nilo a los que no pueden acceder los grandes barcos para turistas.

Cuando reservamos el viaje, solo quedaba un camarote disponible, ya que son tan pequeñas que cuentan con pocos espacios.

Va a ser una auténtica aventura compartir habitación con mis amigas, y sonrío solo de pensarlo.

—Farid, ¿nos harías una foto? —le pregunta Patri, coqueta, a nuestro guía.

—Claro —responde él, con una sonrisa.

Nos colocamos en la estrecha pasarela que da acceso al barco y sonreímos a la cámara.

Tras registrarnos, y mientras llevan las maletas a nuestra habitación, subimos a la cubierta, desde donde se divisa una maravillosa panorámica del río.

En ella se encuentran ya los que serán nuestros compañeros durante el resto del recorrido: una joven pareja portuguesa muy agradable.

Ella se llama Fátima y es influencer en Instagram; viaja con su marido, André, quien regenta una agencia de viajes y está valorando incluir esta experiencia en su catálogo.

También viajará con nosotros una entrañable pareja de abuelitos que ha venido para celebrar sus bodas de oro, regalo de sus hijos.

Además, nos acompañará un sevillano muy simpático, que viaja solo.

—¿Has visto a ese? —Carmen me señala con los ojos hacia donde está el chico.

—No es mi tipo.

—Ni el mío. Es el típico señorito andaluz, y a mí tanta gomina no me va nada. —Arruga la nariz.

Mientras tomamos unas cervezas Stella y charlamos con nuestros flamantes compañeros de viaje, el barco zarpa, y desde la cubierta contemplamos cómo poco a poco nos vamos alejando de la caótica gran ciudad.

En el comedor del barco, encontramos a Farid hablando con un hombre de pelo moreno, bastante más alto que él, que nos da la espalda.

Al vernos, Farid nos hace un gesto para que nos acerquemos, pero, cuando su compañero se gira, casi me caigo de culo.

El tiempo se detiene, y diría que mi pulso también.

Los ojos ámbar que tantas veces he visto en mis sueños me miran fijamente.

—Os presento a Asim —nos dice Farid—. Él es el egiptólogo que os acompañará durante las visitas a los templos que veremos a lo largo del recorrido.

Lo oigo como si estuviera debajo del agua. No puedo moverme. Solo puedo mirarlo fijamente, y él me observa de la misma manera a mí.

—¿Nos conocemos? —me pregunta el extraño.

Carmen me da un codazo, pero yo no consigo responder.

Mis amigas me miran sin entender nada y se apresuran a presentarse y a darle un par de besos, a la española, al nuevo guía. Sin embargo, él no aparta los ojos de mí, al igual que yo no puedo apartar los míos de él.

Es el hombre que sale en mis sueños: su misma cara, aunque sin barba; la misma mandíbula ancha; el mismo color de ojos, un castaño muy claro, casi dorado.

Todo es igual, excepto su ropa. Ha cambiado la vestimenta negra por un atuendo al más puro estilo Indiana Jones.

¿Cómo puede ser? ¿Qué está pasando? ¿Estoy soñando?

Permanezco ahí, clavada al suelo, mirándolo con fijeza mientras saluda a mis amigas.

Luego, se acerca al lugar donde continúo inmóvil y me da dos besos.

Al sentir su olor tan cerca, cierro los ojos y respiro profundo.

Su aroma me resulta extrañamente familiar, como si lo hubiera olido cientos de veces, aunque sé que no es así.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, Asim está frente a mí, con una expresión que delata lo raro que le ha resultado mi escrutinio.

Carmen, de inmediato, se cruza por delante y, forzando una sonrisa, me agarra del brazo y tira con fuerza para hacerme salir del comedor. Patricia nos sigue de cerca.

—¿Qué coño acaba de pasar? —me pregunta Carmen en cuanto cerramos la puerta de la habitación.

—Es él —logro decir, sonriendo, mientras me dejo caer de espaldas en la cama, las manos sobre el pecho.

—¿Él?

—Sí, el hombre de mis sueños. —No puedo parar de sonreír.

—¡Ja! Y luego me llamáis a mi intensita —dice Patri.

—Calla, Patricia. —Carmen le asesta un codazo—. ¿Qué dices, Lola? ¿Que ese es el hombre que aparece en tus sueños? ¿El mismo sueño por el que estamos aquí?

—Eso creo. —Me siento de nuevo en la cama y me encojo de hombros.

Carmen se queda mirándome con la boca abierta, pero la cierra de golpe al escuchar a Patri:

—Me quedo con el sofá cama. Paso de dormir con ninguna de las dos. Una ronca y la otra da patadas. —Su cambio de tema nos deja a Carmen y a mí aturdidas, tratando de identificar cuál de las dos es la que ronca y cuál la que da patadas.

Nos duchamos por turnos, metiéndole prisa a Patri todo el tiempo porque acapara el espejo del baño para ella sola. Estoy nerviosa. Me arreglo más de lo normal para ir a cenar y me pruebo un par de modelitos antes de decidir qué ponerme. Carmen, al darse cuenta, se cachondea:

—Lolita, esos ojazos te han dado de lleno, ¿eh?

—¿Quieres que te alise el pelo? —me sugiere Patri, asomando la cabeza por la puerta del baño.