6
Lola
—Lola, Lola… —oigo que me llaman, pero no logro reaccionar.
—¿Está muerta? —pregunta Patri con tono de angustia.
Abro los ojos con dificultad y me encuentro con las caras de preocupación de mis dos amigas inclinadas sobre mí.
—¿Qué pasa? —logro articular con voz somnolienta, apartando unos rizos que me cubren parte de la cara.
—Pasar, no pasa nada, cuqui. Solo hemos tenido que ir a recepción a que nos dieran una copia de tu llave. Pensábamos que te había ocurrido algo, ya que no contestabas cuando vinimos a buscarte —me explica Patri, con una mueca de inquietud—. ¿Te encuentras bien?
—Uf, lo siento. Debí de quedarme dormida después de la ducha. Creo que me tumbé en la cama y…
—¡Pa matarte! —suelta Carmen—. Por un momento, pensé que íbamos a tener que llevarte a España momificada en un sarcófago de esos.
Rompo a reír, no solo por las ocurrencias de mi amiga, sino también por las pintas que lleva Patri.
Viste un pantalón hippie de color morado con rayas verticales amarillas y una camiseta rosa con un gran mandala en el centro.
Lo que en Carmen nos parece total, a Patricia le sienta como un tiro.
Ella, al darse cuenta de la causa de mi risa, me lanza una mirada asesina.
—¿De qué te ríes? Era mi segunda opción, y tú no me abrías la puerta, y eso que casi la tiro abajo. Deja ya de cachondearte y déjame ver si en tu maleta encuentro algo decente que ponerme, porque yo me niego a salir así a la calle. Antes prefiero ponerme un burka.
Bajamos corriendo las escaleras que llevan al hall y vemos a nuestro guapísimo guía, Farid, esperándonos con gesto serio mientras consulta el reloj. Sí, amigo, veinte minutos tarde. Ve acostumbrándote, pienso. El pobre no sabe aún para quién le ha tocado trabajar.
Patricia se acerca a él y le pregunta:
—¿Cuándo vamos a poder ir de compras?
Farid abre los ojos de par en par.
—¿De compras?
—Sí, necesito urgentemente ir de compras. ¿No hay ningún centro comercial cerca? No pienso pasarme diez días así. —Se señala de arriba abajo con un dedo mientras hace uno de sus característicos pucheros.
Lleva unos pantalones de camuflaje caqui con bolsillos laterales y una camiseta de tirantes blanca, lo único que ha encontrado que le guste después de rebuscar entre toda la ropa de mi maleta.
Está acostumbrada a vestir de Gucci o Chanel; su exmarido quería tener a su lado una princesita de la que presumir delante de sus colegas, y no escatimaba en gastar grandes sumas de dinero en ropa de firmas caras y joyería, un lujo al que ella se ha habituado.
Farid, que no entiende nada, nos observa a Carmen y a mí como si fuéramos a explicarle lo que le pasa a nuestra amiga, pero nosotras no podemos parar de reír.
Vamos caminando desde el hotel hasta la base de las pirámides.
A medida que nos acercamos, no puedo dejar de mirarlas; tenerlas tan cerca al fin, después de tantos años soñando con verlas, me deja sin palabras.
Son inmensas, mucho más grandes de lo que me imaginaba.
Nuestro guía nos explica la historia de los faraones que ordenaron construirlas y nos da tiempo libre para hacernos las típicas fotos que tienen todos los turistas.
Más tarde, se aproxima a nosotras con tres dromedarios, uno para cada una. Al verlo, Patri pone cara de asco.
—¡Ah, no! ¡Yo no pienso subir en esa bestia ni loca!
—¡Venga, Patri, vamos a hacerlo las tres! —le pido, uniendo mis manos a modo de ruego.
Cierra los ojos y resopla largamente. Con cara de fastidio, dice:
—¡Jopetas! ¡Es que me dan miedo! ¿Y si me muerden? ¡Pulgas tienen seguro! Ufff, y cómo huelen. —Se aprieta la nariz con dos dedos mientras, con la otra mano, hace aspavientos delante de su cara.
Un niño de unos diez años, que se encarga de los camellos, se acerca a ella y le dice:
—Tranquila, Shakira, no miedo. Él llamar Michael Jackson, ser muy bueno. Yo cuida. —Y le señala al gran dromedario blanco que tiene delante, y que en ese preciso momento abre su boca, dejando a la vista su prominente dentadura.
Carmen y yo, al oír el nombre del animal, empezamos a reírnos.
Nuestra amiga, con resignación, se monta en el camello con ayuda del niño y poniendo cara de asco.
Sujeta con apenas dos dedos las riendas que el chiquillo le tiende.
Al mismo tiempo, intenta que su pantalón roce lo menos posible la manta que cubre la silla sobre la joroba de la bestia.
—Yo os espero aquí —nos indica Farid, sonriente.
—Y, encima, él no viene. Si lo sé, me quedo yo también —se queja Patri en un murmullo.
Los tres dromedarios se ponen en marcha entre los gritos de miedo de Patri y la risa nerviosa de Carmen.
Cuando ya hemos recorrido un tramo, los guías que conducen a los animales nos detienen para hacernos fotos con la maravillosa vista de las pirámides de fondo.
Justo en ese momento, pasa por nuestro lado otro grupo de dromedarios y el de Patri decide seguirlos.
Mi amiga, al darse cuenta de que no puede hacer nada para evitarlo, comienza a gritar.
—¡Amigo! ¡Amigo! ¡Ayúdame, por favor, que me voyyy! ¡Ayyy! ¡Socorrooo!
El animal, al notar que su pasajera tira fuertemente de las riendas, acelera.
Carmen y yo apenas logramos mantenernos sobre nuestras monturas, debido al ataque de risa que nos asalta.
Entre tres de los muchachos logran detener al dromedario y lo traen de vuelta; uno de los guías tira de él mientras lo increpa, enfadado, en árabe.
Nuestra despeinada amiga, por su parte, va jurando, y no en árabe, que nunca más volverá a subir en un bicho de esos, aunque se lo pidamos de rodillas.
Carmen saca el móvil de su bolso y hace un selfi en el que se nos ve a las dos, aún con lágrimas en los ojos y una sonrisa deslumbrante en la cara, y a Patricia, más alejada, mirándonos con expresión de ira y con su coleta rubia torcida hacia un lado.
Su dromedario abre la boca de par en par, como si estuviera sonriendo a la cámara.
Al llegar a donde nos espera Farid, que ha presenciado el episodio desde lejos, se apresura a ayudar a Patri a bajar de su montura, con gesto preocupado. Al hacerlo, la acerca a su cuerpo más de lo necesario, y los dos se quedan unos segundos mirándose fijamente a los ojos.
—¡Madre mía! ¡Qué músculos tiene bajo esa camisa! Solo por eso ya ha merecido la pena la experiencia —nos dice ella por lo bajo cuando vuelve a nuestro lado, y automáticamente se pone a arreglarse la coleta—. ¡Ahora sí que he encontrado a mi príncipe!
Carmen y yo intercambiamos una mirada cómplice. Patri es tan enamoradiza que esa frase ya la hemos oído cientos de veces desde que éramos niñas.
Al regresar al hotel, cuando recogemos las llaves en la recepción, nos informan de que la maleta de Patri ya ha llegado. Al oírlo, ella empieza a dar saltitos y a batir palmas, feliz como una perdiz.
Decidimos celebrarlo y nos sentamos en los sofisticados jardines del establecimiento, desde donde se puede contemplar el maravilloso atardecer sobre las pirámides.
Pedimos unas cervezas frías y una pipa de agua para compartir.
Nos hacemos un selfi con la gran meseta de Guiza de fondo, bajo un cielo que parece pintado con maravillosos tonos amarillos y naranjas, el cual ilumina las gigantescas construcciones de piedra y les confiere un aspecto casi mágico.
No sé si este viaje me llevará a alguna parte con respecto a mis sueños, pero simplemente estar aquí y ahora, con mis dos mejores amigas contemplando estas vistas, no tiene precio. Bueno, sí, uno que tendré que devolver poco a poco, pero eso ahora mismo no me preocupa.
La mañana siguiente nos dedicamos a recorrer El Cairo de mano de nuestro guapo guía, que, cuando nos ve llegar a la recepción del hotel, no puede apartar los ojos de nuestra amiga. Ella, ahora que por fin ha recuperado su maleta, ha sacado la artillería pesada, y está preciosa.
El Cairo tiene algo asombroso: es caótico pero, a la vez, fascinante.
Pasamos el día visitando mezquitas y el barrio copto.
El gran museo es impresionante: está abarrotado de antigüedades por todas partes, y cientos de turistas inundan cada sala.
Farid nos va explicando todo lo que encontramos a nuestro paso mientras recorremos sus amplias galerías.
Nos lleva directamente a una de las que han abierto hace poco, donde se exhiben los objetos hallados en una tumba recién excavada en Abidos.
La sala está atestada de gente que observa los artefactos expuestos en las vitrinas.
Caminamos una tras otra, en una ordenada fila, comentando cuanto vemos a nuestro paso.
En una de las vitrinas, un pequeño muñeco con forma de gato, hecho con trozos de trapo, y salpicado de unas manchas grises, llama poderosamente mi atención.
De repente, aparece ante mí la imagen de un niño con la cabeza rapada y una trenza lateral, el cual me sonríe.
Lleva ese mismo muñeco en su mano, solo que las manchas del que él sostiene son de un color más oscuro, y la tela es blanca, no amarilla, como la que está en la vitrina.
La imagen dura tan solo unos segundos, pero yo me quedo ahí, de pie, sin entender nada, hasta que Carmen me da un ligero empujón para que siga avanzando.
Saco de mi mochila la botella de agua y bebo un poco.
Creo que tanta gente y tanto calor me están haciendo tener visiones.