Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 5
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Nebet

La travesía hasta la capital del imperio dura muchas lunas.

Varias barcas reales escoltan la de la princesa durante todo el recorrido, cargadas con las ofrendas que su padre envía al faraón, como símbolo de la nueva alianza entre las dos tierras.

Entre los presentes, se encuentran cajas de madera llenas de oro y piedras preciosas, arcos finamente tallados, ánforas con vino, muebles labrados en las maderas más resistentes, y también el grano más selecto de la última cosecha.

Cada objeto, cuidadosamente elegido, parece hablar del poder y la riqueza de su tierra, pero, para Nebet, no son más que un recordatorio del hogar que deja atrás.

Las gentes de los pueblos, al verla pasar, la saludan con alegría desde la orilla, agitando las manos y lanzando vítores.

Para ellos, supone todo un acontecimiento presenciar el solemne despliegue de barcas reales cruzando el río, con sus velas engalanadas y sus remos moviéndose al unísono, como un reflejo de la grandeza del imperio.

Cuando ven a la joven leopardo en su gran jaula, al final de la embarcación principal, algunos muestran temor, mientras que otros sonríen y la saludan.

Los niños, fascinados, corren por la orilla siguiendo las barcas y haciendo aspavientos, intentando llamar la atención del majestuoso animal.

Nebet observa la escena y, por un instante, se imagina como una más entre ellos, corriendo en libertad y diciendo adiós desde la ribera, en lugar de siendo otro presente más que entregar al faraón.

Han de cruzar dos de las cataratas que se encuentran en el camino hacia Abidos. Al haberse reducido ya el caudal del río tras la época de las inundaciones, deben avanzar despacio, utilizando los remos para evitar chocar contra las rocas poco profundas que emergen del agua.

Durante las largas y calurosas jornadas de viaje, los sacerdotes que la acompañan la instruyen acerca de las diferentes costumbres de la tierra negra.

Aunque muchas son similares a las de su pueblo, debe aprender en detalle todas las tradiciones y los ritos que allí se celebran, ya que, como segunda esposa del faraón, tendrá la obligación de asistir a cada uno de ellos.

Durante las noches, incapaz de conciliar el sueño, Nebet sale a cubierta acompañada de su criada.

Se sientan en la parte trasera, junto a la jaula en la que viaja Behsi, que solo se tranquiliza y deja de dar vueltas en el pequeño espacio cuando ella está cerca.

Nebet introduce su brazo entre los barrotes de caña para acariciarle la cabeza y rascarle detrás de las orejas, mientras Asenet, siempre a su lado, canta en voz baja canciones de su amada tierra, como solía hacer cuando era pequeña.

Es apenas un poco mayor que la princesa y ha cuidado de ella desde que Nebet tiene recuerdos.

Para la joven es como una hermana mayor.

Tras la muerte de su madre, fue Asenet quien estuvo allí secando sus lágrimas cada noche, contándole historias para hacerla sonreír o cantándole canciones para calmar sus pesadillas.

Juntas, compartieron secretos en los rincones del palacio, creando un vínculo que va más allá de los roles impuestos.

Ahora, en medio del río, en dirección a una tierra extraña para las dos, ese lazo es su refugio.

Mientras Asenet trenza su pelo, la mirada de la princesa se pierde en las estrellas, soñando con que, en ese mismo momento, muy lejos de donde ahora se encuentra, su amado también las contemplará pensando en ella. Y no se equivoca.

Para su llegada a Abidos, capital del imperio, el faraón ha desplegado a todo su séquito para mostrar su opulencia.

Las calles están llenas de vida, y todo el pueblo luce sus mejores galas, al igual que Nebet.

Asenet la ha ayudado a ponerse el vestido confeccionado para la ocasión con una valiosísima piel blanca de león, como nunca se había visto, tejido con finos hilos dorados, que deja uno de sus hombros al descubierto.

Sobre su cabeza, un complejo tocado hecho con la cabellera larga y blanca del felino, que cae por ambos lados de su cara hasta el pecho, en el que han cosido vistosas plumas de vibrantes colores, de manera que su oscura piel reluzca bajo la luz del mediodía.

Las sirvientas que la ayudan exclaman asombradas ante la belleza del atuendo, acercándose para poder tocarlo, pero ella solamente podría ser feliz si con él se dirigiera a un destino muy diferente al que le espera.

Cientos de bailarinas danzan al ritmo de la música que resuena por todas partes.

Sin embargo, Nebet no ve esplendor, sino tan solo unas sogas invisibles que la arrastran sin remedio hacia un futuro en el que no habrá vuelta atrás.

Y al final de esas sogas, un faraón que podría ser su abuelo, gordo, con los ojos demasiado juntos y una nariz bulbosa.

Está sentado en su trono, con la corona de las dos tierras descansando sobre su calva cabeza, y le dedica una sonrisa que, en ese instante, ella no logra descifrar.

Detrás de él, su primera esposa la observa con gesto altivo, como si quisiera dejar claro desde el primer momento quién ocupa el lugar de honor.

Junto a ella, el primogénito del rey, un niño de no más de tres años, juega ajeno a la tensión que domina la sala.

Esa será su nueva familia, piensa Nebet con tristeza. Gira la cabeza en dirección a la otra orilla, esperando ver a su medjay , pero lo único que vislumbra es una gran franja verde y, tras ella, el vasto desierto, que se extiende impenetrable. Nada más.

La acompaña a sus nuevos aposentos una nube de sirvientes, y, mientras, ella observa en todas direcciones, pensando si alguna vez podrá caminar por ese palacio sin perderse.

Es enorme, espléndido, con gigantescas columnas y altísimos techos.

En las paredes hay frescos de bellos colores, en los que se relatan las grandes gestas del monarca.

Al parecer, el faraón no siempre fue como es ahora.

En su juventud, fue un gran guerrero, así lo atestiguan las pinturas.

Pero, al verlo ahora, sus tiempos de gloria en el frente parecen un recuerdo lejano, casi olvidado.