Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 4
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Lola

—Lola, despierta. ¿Estás bien? —Carmen me da palmaditas en el brazo.

—Mmm…, sí —contesto, intentando ubicarme.

—¿Estabas teniendo uno de esos sueños otra vez? —Ella me mira con curiosidad.

—Sí —admito, con voz aún somnolienta—. Gracias por venir conmigo.

Acaricio su mano, que sigue aferrada al reposabrazos. Ha pasado todo el trayecto en tensión, sin soltarse ni un solo segundo. De nada le han servido las dos valerianas que se tomó en la cafetería del aeropuerto antes de subir al avión, para intentar relajarse.

—Este viaje no me lo perdía yo por nada del mundo —alega, con una leve sonrisa nerviosa, sin despegar la cabeza del respaldo—. Y Patricia, ya sabes, se apunta a todo.

Miro la pantalla que tengo delante y veo que estamos a punto de aterrizar en El Cairo. Automáticamente, una sonrisa asoma en mi cara.

Junto a Carmen, Patri duerme con la boca abierta y su antifaz rosa puesto. En él han bordado dos grandes ojos cerrados con largas pestañas, algo que a ella le parece muy cuqui, y que, sin que lo sepa, la hace estar graciosísima.

Carmen se ríe por lo bajo, por primera vez, y suelta uno de los reposabrazos para sacar su móvil y hacerle una foto.

—Ya verás la cara que pone la superpija al verse con esa pinta —dice mientras me enseña la imagen en el móvil, sin poder parar de reír bajito.

Patri se despierta, levanta el antifaz por un lado y deja al descubierto uno de sus preciosos ojos azules.

—¿Qué pasa? ¿De qué os reís? —pregunta, medio dormida.

—Ya casi llegamos. —Señalo contenta la pantalla que tenemos delante.

—Genial, avísame cuando aterricemos —responde, y, acto seguido, recupera la posición que tenía, baja su antifaz y vuelve a quedarse frita.

—Esta se duerme encima de una piedra, te lo digo yo. ¡Qué envidia! —comenta Carmen mientras guarda el móvil.

Tras comprobar que lleva bien apretado el cinturón de seguridad, vuelve a anclar fuertemente ambas manos al reposabrazos.

El Cairo, desde el cielo, parece una inmensa alfombra negra que se extiende hasta donde alcanza la vista y parece no tener fin.

Entonces, el avión gira para colocarse en posición de aterrizaje, y, justo debajo de nosotras, la alfombra negra desaparece, dando paso a una arena muy clara, casi blanca, y las tres grandes pirámides, que parecen darnos la bienvenida a este país con el que tantas veces he soñado.

Una vez en tierra, y tras pagar el visado de entrada, nos dirigimos a recoger nuestro equipaje. Una tras otra, las maletas empiezan a salir: primero la de Carmen, luego la mía… Entonces, la cinta se detiene, para disgusto de Patri, ya que la suya no ha aparecido.

—¡Hostis, no me lo puedo creer! ¡Falta mi maleta! —dice, con los ojos vidriosos y haciendo un puchero.

Reclamamos en el mostrador de la compañía, donde mi amiga, en un perfecto inglés de Cambridge, le echa una tremenda bronca al pobre chico de la ventanilla, quien la mira con cara impasible.

Al final, con el justificante en la mano pero, por supuesto, sin su maleta, nos encaminamos hacia el control de aduanas.

Nada más cruzarlo, nos encontramos de frente con un chico alto, moreno, muy atractivo, de rasgos marcadamente egipcios y grandes ojos verdes.

Va vestido con mucha clase, al estilo occidental, y sostiene un cartel en el que se leen nuestros nombres.

—Hola —lo saludamos mientras nos acercamos a él.

—Hola. Mi nombre es Farid —se presenta el guapísimo guía, sin dejar de sonreír.

—¡Encantada! —se nos adelanta Patri, que venía detrás. Se seca a toda prisa las lágrimas de los ojos y le planta un par de sonoros besos en las mejillas, dejándolo sorprendido.

Carmen se inclina hacia mi oído y, con cierto tono burlón, susurra:

—Puede que no solo sea el viaje de tu vida. Se le ha tirado al cuello como un vampiro de Crepúsculo . A ver si este va a ser otro príncipe de los suyos.

Sin que yo pueda remediarlo, se me escapa una carcajada que hace que Patri se gire hacia nosotras.

—¿Quééé? —nos pregunta, y se encoge de hombros mientras nos lanza una mirada entre curiosa y molesta.

—Nada, nada, Patricia. Tú deja bien alto el listón de la simpatía española. Que no se diga —le responde Carmen, traviesa.

Eso me arranca otra carcajada.

—Este viaje promete —afirmo.

—Ya te digo, cuqui. —Patri observa a nuestro guía con una sonrisa pícara y se atusa el pelo con aire coqueto.

Salimos a la calle, donde una multitud de taxistas intentan captar pasajeros a los que trasladar a sus respectivos hoteles. Sin embargo, Farid nos guía con determinación hacia el final del aparcamiento, donde nos espera un coche.

Cuando nos acercamos al vehículo en cuestión, que parece tener al menos cincuenta años, de él se apea un hombre de una edad similar.

Nos recibe con una amplia sonrisa que deja al descubierto su único diente.

Tras saludarlo con el « salam aleikum » que hemos aprendido, subimos al taxi, mientras ellos se encargan de meter en el maletero nuestro equipaje.

Soy la primera en entrar. Patri, aún fuera del coche, no les quita el ojo a los asientos, que están muy sucios y rotos.

Sin darle tiempo a pensárselo más, Carmen le da un empujón para que se monte.

—Mis Gucci… —lamenta Patricia con cara de asco—. No sé si después vamos a poder levantarnos de estos asientos. Y, por si no lo recordáis, no tengo otra ropa.

Carmen intenta reprimir la risa, pero, al hacerlo, de su boca escapa una especie de pedorreta. Eso termina de desatar nuestras carcajadas, y acabamos las tres riendo a pleno pulmón, mientras nuestros acompañantes nos miran sin entender nada.

El tráfico en El Cairo es terrible. En la parte trasera del taxi, nos agarramos a lo que podemos y contenemos la respiración.

En medio del caos, Patri saca su móvil del bolso y nos hace un selfi, en el que ella y yo salimos sonriendo y Carmen, sujeta con las dos manos en lo que queda del asidero sobre la ventanilla, con cara de pánico, mirando fijamente hacia delante.

Los coches cruzan de un lado a otro, pitando sin cesar y sin respetar ninguna norma de circulación que nosotras conozcamos. En medio del alboroto, Farid se gira hacia nosotras con una expresión tranquila y pregunta:

—¿Todo bien por ahí detrás?

—¡Claro! Solo parece que estamos en la película Fast and furious , pero bien, todo normal —contesta Carmen. Varios mechones de su pelo azul tapan su cara. En ningún momento suelta el asidero sobre la ventanilla.

Farid la mira sin comprender del todo a qué se refiere, pero parece imaginarlo y sonríe.

—Tranquila, ya casi hemos llegado —responde con calma.

—¡Hostis, mira! —Patri apunta con su dedo hacia la sucia luna delantera.

Ante nosotras, las pirámides de Guiza, como salidas de un documental de La 2, se yerguen perfectas en el horizonte.

La imagen que tanto he visto en fotos o documentales no se compara con la realidad.

A medida que nos acercamos, su tamaño me deja sin palabras.

Tenerlas tan cerca es, sin duda, un sueño cumplido.

El taxi se detiene frente a la puerta del hotel donde nos hospedaremos durante nuestra estancia en El Cairo.

Se trata del famoso Marriot Mena House, un antiguo palacio convertido en un hotel cinco estrellas.

Aquí pasaremos dos días antes de embarcar en la dahabiya , una pequeña embarcación con la que recorreremos el Nilo y visitaremos los monumentos elegidos para esta ruta.

—Hotel cinco estrellas y yo, sin maleta —lloriquea Patri, contemplando cada rincón del lujoso hall .

—No te preocupes, yo te presto ropa —propone Carmen.

La cara de Patri es todo un poema.

—No, gracias; prefiero que me la deje Lola —murmura entre dientes, y le lanza una mirada que lo dice todo.

La verdad es que no podrían tener estilos más diferentes.

A Patri le encanta vestir de forma muy clásica, siempre con marcas caras y elegantes.

En cambio, Carmen adora la ropa con muchos colores, que suele comprar en el mercadillo que montan en nuestro barrio los domingos, rebuscando entre gangas y ofertas.

Nos entregan las llaves de nuestras habitaciones, y Farid nos indica que nos vemos en la entrada en una hora, para hacer la visita a pie a las pirámides.

Al entrar en mi habitación, voy directa al gran ventanal. Descorro las cortinas y ante mí surge la Gran Pirámide, tan cerca que parece un cuadro. En voz baja, susurro:

—Por fin, ya estoy aquí.

Abro la maleta, saco el neceser y entro en el inmenso baño de mármol, donde me doy una ducha rápida antes de bajar.