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Nebet
Las estancias privadas, ya vacías, se encuentran tenuemente iluminadas por unas pequeñas lámparas de aceite.
El suave crepitar de las llamas y el eco de los pasos resuenan en la habitación.
Los sirvientes están terminando de recoger todas las pertenencias que viajarán junto con la princesa hasta el país de las dos tierras, donde ya la esperan.
Behsi duerme plácida, sin saber que para ella todo cambiará también, ya que viajará como un presente más que entregar al faraón.
Hace mucho calor en su alcoba, pero Nebet se resiste a abrir las puertas para que entre el aire fresco del nuevo día, como si mantenerlas cerradas pudiera evitar lo inevitable: el momento en que se la lleven lejos de su querido hogar.
Toma el colgante de las alas de la diosa Isis, que le ha regalado su medjay , y ruega que todo haya sido un mal sueño, que nada ni nadie los separe y puedan ser felices juntos hasta que Osiris los llame a su juicio.
Behsi se despierta y, con movimientos rápidos, se coloca frente a ella en actitud protectora.
Se escuchan pasos al otro lado de las puertas y, de repente, estas se abren con un golpe seco que sobresalta a Nebet.
La joven leopardo, con mirada feroz, enseña sus dientes y lanza un rugido hacia la entrada, logrando que quienes allí se encuentran den, por puro instinto, un paso atrás, asustados.
Frente a la princesa, un sacerdote que porta el sello de Amón en su cuello; ha sido enviado directamente por el faraón.
Tras él, una imponente legión de guardias reales procedentes de Kemet.
Han venido para escoltarla a su nuevo hogar.
En el país vecino la aguarda una gran celebración, tras la que quedará unida al faraón para siempre.
Su padre, el rey de toda Nubia, la observa desde la distancia, incapaz de acercarse a ella.
Nebet sabe que no lo hará porque en ese momento trasluciría su debilidad, y eso no puede suceder ante tanta gente.
Es su primogénita, y también su favorita, al igual que lo fue su madre.
Cuando ella murió, volvió a tomar a otras mujeres, pero Nebet siempre ha sabido que jamás ha podido amar a ninguna como a la primera.
A menudo le dice lo mucho que le recuerda a ella, no solo por sus facciones, sino también por la fuerza que irradia y por esa determinación que tan bien conoció en su esposa.
Desde su lugar, Nebet siente el peso de esa mirada, y aunque se mantiene firme, puede percibir el pesar en sus ojos.
Lucha con todas sus fuerzas por no salir corriendo hacia él y refugiarse entre sus grandes brazos, como hacía cuando era pequeña, para suplicarle que no la envíe tan lejos.
Pero ahora no es una niña, es una princesa, y el deber que la empuja supera los deseos de su corazón.
Seca con disimulo las lágrimas que corren por sus mejillas y, tras despedirse de sus dos hermanas pequeñas, que lloran sin consuelo, abrazadas a sus piernas mientras sus madres intentan separarlas de ella, sube a una barca real.
El agua del río marca el inicio de un viaje que la llevará a una tierra desconocida, lejos de la seguridad de su hogar y, sobre todo, lejos de su amado medjay .
Como si fuese capaz de notar su presencia, mira hacia la colina que se alza más allá de su pueblo y lo divisa.
En lo más alto, con la mirada fija en la embarcación.
Mientras se alejan, Nebet no despega sus ojos de él, ni él de los de ella.
De repente, lo ve tensar su arco, ese que tantas veces le mostró con orgullo.
Una flecha surca el aire en su dirección, precisa como él siempre lo fue, y se clava con fuerza en el estandarte real del faraón.
Nebet siente como su corazón se encoge, pero comprende el mensaje: aunque todo la arrastre lejos, él siempre estará con ella.
Sus manos se aferran al collar de Isis y, con todas sus fuerzas, le ruega a la diosa que esa no sea la última vez que se vean.