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Lola
Valencia, en la actualidad
Recuerdo perfectamente el día en que, siendo aún pequeña, vi por primera vez unas imágenes de Egipto en la televisión.
De inmediato, supe que todo lo que vivía en mis sueños cada noche desde que tenía uso de razón sucedía ahí, en el país de los faraones.
Desde aquel preciso instante, se convirtió en una obsesión para mí, y cuando crecí, la obsesión creció conmigo.
Haber trabajado en una librería los últimos años solo hizo que esta se incrementara más.
Toda información me parece poco: libros, documentales, conferencias en YouTube, pódcast…
Todo, con el único propósito de encontrar la razón de esos malditos sueños que no dejan de atormentarme cada vez que cierro los ojos.
Me preparo un café bien cargado y, con él en la mano, me acerco a la mesa del pequeño apartamento.
El salón se ha convertido en mi despacho, y la barra de la cocina, que hace las veces de mesa, literalmente ha desaparecido bajo una montaña de recortes de prensa y libros, todo en un caótico orden.
Sigo buscando información acerca de la mujer que aparece en mis sueños.
Sé, por lo que he podido interpretar de ellos, que fue una princesa obligada a casarse con un faraón, pero, por más tiempo que dedico a esta causa, no consigo encontrar nada sobre ella.
Mientras tomo el segundo café, me quedo absorta mirando el cuadro que tengo en la pared.
En él se ve un cachorro de leopardo; lo encontré hace tiempo en el rastro.
Aquel día, al cruzar mi mirada con esos ojos tan vivos pintados en el lienzo, sentí una conexión inmediata, como si el animal me hablara.
Supe al instante que tenía que llevármelo a casa.
Ahora, cada vez que lo miro, esos ojos me envuelven, hipnotizándome con una extraña calidez.
Me sobresalto cuando el móvil rompe el silencio.
Es mi amiga Patri, avisándome de que pasará a recogerme en cinco minutos.
Cuando llega, al volante de su Mini blanco, yo ya estoy en el portal, esperándola.
Me he puesto lo primero que he pillado, sin tan siquiera mirar: unas mallas cubiertas de bolitas, que mis delgadas piernas no llenan y que me hacen bolsas por todas partes, y una camiseta vieja, que he anudado a un costado con la inútil intención de que no parezca un saco.
Por no mencionar que, una vez más, he olvidado ponerme el sujetador.
Aunque eso no me preocupa demasiado, ya que no creo que nadie lo note; mi pecho, para mi desgracia, es prácticamente plano.
He recogido mi voluminosa melena afro con un pañuelo a modo de coletero, para intentar sujetar los rizos, aunque algunos se escapan y caen rebeldes, como muelles, a los lados de mi cara.
—Vaya pinta que traes hoy, cuqui. Podías haberte peinado un poco, ¿no? Por no hablar del resto —me dice, levantándose las gafas de sol. Sus preciosos ojos azules me repasan de arriba abajo y me señala con el dedo. Detiene su escaneo en mi rostro—. ¿El sueñecito otra vez?
—Sí, pero hoy ha sido diferente —le explico mientras me acomodo en el asiento del copiloto y me abrocho el cinturón.
—¿Diferente? ¿A qué te refieres? —Ella se coloca de nuevo las gafas de sol y arranca.
—Ha sido muy intenso, el más vívido que he tenido hasta ahora.
Empezó como siempre: sentía que, poco a poco, perdía el control de mi cuerpo y escuchaba el débil latido de mi corazón en los oídos.
Pero, de repente, aparecieron ante mí los ojos del hombre con el que sueño siempre.
Al tenerlos frente a mí, experimenté una inmensa paz.
Y no me preguntes por qué, pero, por esos ojos, no me importaría tener el mismo sueño el resto de mi vida.
—Hostis, cuqui, lo que a ti te hace falta es encontrar a tu príncipe. Los sueños están muy bien, pero lo que ya te está haciendo falta es algo más que un sueño, no sé si me entiendes. —Y, aunque lleva las gafas puestas, me guiña un ojo y me dedica una sonrisa sarcástica.
Mis amigas dicen que soy muy «especialita» porque, por más hombres que me presentan, siempre acabo poniéndoles alguna ridícula pega. Pero la verdad es que aún no he encontrado ninguno que llame mi atención.
Tras dar mil vueltas para aparcar, llegamos al bar de nuestra amiga Carmen, donde prepara la mejor tortilla del mundo. Al entrar, le damos dos besos y un abrazo. Sin perder tiempo, Patri le dice:
—Dos cañas y dos pinchos de tortilla, cuqui. Hoy paga Lola. —Sonríe mientras toca uno de los mechones azules de Carmen, que se ha escapado de su tensa coleta.
Desde que éramos adolescentes, Patri y yo hacemos apuestas cada vez que nuestra amiga dice que va a la peluquería.
Intentamos adivinar de qué color llevará el pelo las próximas semanas; la que más se aproxime al tono elegido gana.
Al parecer, hoy he perdido la apuesta. Su corta melena luce de un color azul sirena, que ha recogido con un coletero rosa chicle en el que se entrelazan hilitos brillantes.
Nos sentamos a nuestra mesa de siempre y, al sacar el móvil de mi mochila, veo que he recibido el mensaje que estaba esperando.
Es de una agencia de viajes especializada en Egipto, en respuesta a un correo que les envié para solicitar presupuesto.
Los sigo en redes sociales y me encanta el trabajo que hacen, ya que organizan rutas turísticas desde un enfoque arqueológico, siempre con grupos muy reducidos.
Necesito respuestas, y este es un sueño que llevo mucho tiempo queriendo cumplir.
Miro a Patri. Nos conocemos tanto que, sin decirle nada, ya sabe que es el mensaje que tanto estaba esperando. En él me informan del precio del que yo llamo «el viaje de mi vida».
—Ay, cuqui. Por la cara que pones, es una pasta, ¿verdad?
Asiento repetidas veces con gesto triste.
—Gansa —respondo.
Carmen, al ver nuestras caras, se acerca y, colocándose tras la oreja el boli que llevaba en la mano, pregunta:
—A ver, ¿quién se ha muerto?
—Por lo que se ve, el viaje de Lola —le dice Patri.
—Déjame ver… —Carmen me arranca, literalmente, el móvil de las manos y empieza a leer el mensaje. Patri se sitúa a su espalda para verlo al mismo tiempo.
—¡Hostis! —exclama esta al ver el total.
—Tengo algo de dinero ahorrado, pero no puedo pagar eso ni loca. Necesito encontrar un nuevo trabajo. Quizás el año que viene… —comento con pesar.
Carmen me mira muy seria.
—¿Estos cientos de euros son los que te impiden realizar tu sueño? Llama ahora mismo y resérvalo.
La miro con los ojos abiertos de par en par.
—¿Se te va la pinza?
—No es que yo nade en billetes, pero para algo me mato a currar. Y, por ti, lo que haga falta. Además, yo también me merezco unas vacaciones. No se diga más. No acepto un no por respuesta.
Por un momento, no sé si rebatir o comérmela a besos. Pues, eso, me la como.
—¡Un momento! No pensaréis ir de vacaciones a Egipto sin mí, ¿verdad? Yo me apunto también, que paga mi ex —se suma Patricia.
Carmen estalla en una sonora carcajada.
Yo no sé qué decir. La idea de viajar al país de mis sueños junto a mis amigas hace que se me empañen los ojos. Carmen me mira y, sonriente, me tiende el teléfono.
—Te lo devolveré —le aseguro, secándome las lágrimas que ya corren por mis mejillas.
—¿A qué estás esperando? —me apremia.
Cojo el móvil con el corazón a mil por hora y marco el número mientras una espléndida sonrisa se dibuja en mi cara.
La víspera de nuestra partida, voy a visitar a mi abuela.
—¡Hola, abu! —saludo en alto al cruzar la puerta de su casa.
—¡Estoy en la cocina! —me grita desde el final del pasillo.
Por el aroma que me guía hasta ella, sé que está cocinando.
—Hummm… ¡Huele que alimenta!
Abrazo su rollizo cuerpo por detrás y beso su cabello gris, recogido en un sencillo moño, mientras ella revuelve el contenido de la enorme sartén que tiene al fuego.
—Te estoy preparando táperes, porque vete tú a saber qué comen en Egipto. Te he hecho todo lo que más te gusta —me explica mientras va vertiendo comida en recipientes de plástico.
—Abu, no puedo llevarme todo eso —le digo riendo.
—¿Cómo que no? Con lo delgaducha que estás, si no comes bien durante diez días, cuando vuelvas solo va a quedar de ti hueso y pellejo —refunfuña.
Sé que discutir con ella es tiempo perdido. Decido llevarme los táperes para congelarlos en cuanto llegue a mi apartamento, y así evitar el enfado de mi abuela.
Cuando ya está satisfecha, después de llenar dos bolsas hasta arriba, me dice sonriendo:
—Me alegro mucho de que al fin hagas ese viaje, pequeña. —La noto dudar por un instante—. Ven, que les vamos a preguntar a las cartas.
Saca de un cajón su antigua baraja del tarot, siempre envuelta en un pañuelo de seda negro.
La conozco desde que era pequeña, y siempre me ha parecido algo misterioso, como si escondiera secretos que solo ella pudiera desvelar.
Mi abuela es famosa en el barrio por acertar siempre con las cartas.
Sin embargo, según me ha contado, no todo lo lee en ellas: a veces, las imágenes simplemente aparecen ante sus ojos, como si alguien se las mostrara para que pudiera verlas.
Me extraña mucho que vuelva a utilizarlas conmigo. Desde que mi madre enfermó y ella leyó su final en las cartas, no ha querido volver a echármelas, y de eso hace ya mucho tiempo.
Nos sentamos, y mi abuela enciende una vela blanca que coloca en el centro de la mesa.
—Cuánto tiempo sin leer tu futuro. —Una triste sonrisa se esboza en su arrugada cara—. Ahora ya sabes lo que tienes que hacer: piensa en ese viaje.
Cierro los ojos, respiro profundo y me concentro mientras barajo. Le devuelvo las cartas y ella empieza a colocarlas sobre la mesa, formando un círculo.
—Mmm, esto es curioso. Nunca había visto una tirada así —murmura. Continúa disponiendo las cartas con cuidado, como siempre lo hace, de forma muy ceremoniosa, casi como si cada movimiento formara parte de un ritual.
—¿Qué? —pregunto, intrigada. Por más que intento descifrar lo que está viendo, no entiendo nada, y eso que he sido testigo de cómo lo hacía cientos de veces.
—Veo el viaje. Pero no solo un viaje en el presente, sino también un viaje en el pasado. Una antigua magia que aún está muy presente. Dos almas que se buscan desde hace mucho tiempo logran al fin encontrarse —dice, casi en un susurro, mientras repasa las cartas con el dedo una y otra vez.
De repente, levanta la cabeza y me mira con una sonrisa radiante, pero no añade nada.
—Abu, ¿qué quieres decir? —Ojeo las cartas, incapaz de entender a qué se debe su actitud.
—Que no te vayas a dejar los táperes —afirma mientras recoge la baraja. Sin pronunciar ni una palabra más, sale del salón, dejándome con la boca abierta.