Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 1
3%

1

Nebet

Nebet observa como el cielo se tiñe de tonos púrpura.

El suave murmullo del agua, semejante a un susurro, acompaña su despedida de cada rincón que conoce.

Sus pies se hunden en las frías aguas del río, mojando el bajo de sus ropajes, pero no le importa; solo desea dejarse llevar por la corriente, escapar de su destino.

Se siente igual que una frágil brizna de hierba que brota en esta tierra negra.

Ante ella, una garza real se posa con gesto elegante.

En otro momento, lo habría interpretado como un buen augurio, pero ahora un velo negro nubla su alma.

Agazapada, Behsi estudia fijamente al ave, que, con su pico, busca sustento sin percatarse de que, muy cerca de ella, un gran felino sigue cada uno de sus movimientos.

Con un silbido, la princesa capta la atención de la joven leopardo y esta se acerca dando pequeños saltos, como si no fuera más que un gatito.

Al llegar junto a Nebet, frota la cabeza tiernamente contra las piernas de su dueña, dejando escapar un ronroneo suave, y olisquea la mano de esta en busca de la recompensa por haber acudido.

Pero algo llama su atención de nuevo, de modo que Behsi da un brinco y vuelve a esconderse tras un denso matorral.

Nebet continúa contemplando el entorno. Es la estación de Peret y su pueblo trabaja en la siembra de la fértil tierra negra tras la retirada de las aguas.

En la lejanía, se oyen conocidos cánticos provenientes del templo cercano, que se llena de ofrendas para dar las gracias a los dioses por tan abundante limo, pues la crecida de este año es la mayor que se recuerda desde hace ya mucho tiempo.

Después de la guerra y de una gran sequía, los dioses han permitido que al fin se espere una buena cosecha.

Los campos se extienden como un tapiz recién confeccionado, con brotes verdes que asoman de forma tímida, y salpicado de trabajadores que, con cestos a la espalda, se mueven con la misma dedicación que las abejas en un panal, bajo el sol que se alza en el horizonte.

Escucha una voz a lo lejos, tras ella.

—Nebet —la llama una voz masculina, profunda y familiar.

Se gira y, en la distancia, ve a su amor acercándose a ella; el hombre por quien suspira cada noche, su medjay . El corazón de Nebet late con fuerza, anticipando el momento en que por fin estarán juntos, aunque sea por última vez.

La joven leopardo, agazapada tras el matorral, al verlo venir, se lanza con sus ya grandes zarpas sobre el pecho de él, haciéndolo caer de espaldas al suelo.

Amani, entre risas, juguetea con ella; ambos ruedan por la tierra aún virgen, mientras Behsi salta y se revuelca, disfrutando del momento.

Nebet los observa a los dos, como si cada instante fuera un tesoro.

Desde que eran niños, siempre soñaron con una vida juntos, imaginando un futuro en el que sus caminos no se separaran. Pero su padre ha planeado algo muy distinto para ella, un destino que desconocía hasta hace muy poco, y que ahora se interpone como una sombra entre sus anhelos.

Lo abraza, y puede sentir el latido de su corazón.

Respira hondo, intentando retener el olor de su piel para siempre, pues esa puede ser la última vez que lo vea.

Sus robustos brazos la envuelven, y Nebet desearía que Ra no se ocultara hoy en el horizonte, quedarse entre ellos para siempre.

En ese instante, el mundo exterior desaparece y deja solo el eco de su amor en el aire.

—Dime qué puedo hacer —le pregunta él al oído, con desesperación. Más que una pregunta, casi parece un ruego, una súplica al destino para cambiar lo inevitable.

—No hay nada que podamos hacer, amor mío —susurra Nebet, con la voz entrecortada por el dolor—.

Mi padre me ha ofrecido en matrimonio al faraón para forjar una alianza entre nuestras tierras.

Si eso no sucediese, habría nuevamente guerra y hambre, y no puedo permitir que mi pueblo sufra de nuevo.

Merecen vivir en paz, bajo un cielo de prosperidad y esperanza.

Se besan con desesperación, a sabiendas de que esos serán los últimos besos, ya que al día siguiente ella partirá hacia su nuevo destino.

Nebet introduce la mano en uno de los pliegues de sus ropas y saca una figura de madera. Es Horus, el halcón, su talismán desde que era niña. Él lo reconoce al instante.

—Le he rogado a los dioses que algún día nos volvamos a encontrar y podamos estar juntos. —Ella tiembla mientras coloca la figura en su palma, como una promesa silenciosa—. Hasta que eso ocurra, quiero que lo tengas tú.

Con cada latido de su corazón, la joven princesa siente el peso de la despedida, pero también la esperanza de que el talismán proteja a su medjay .

Amani cierra su enorme mano alrededor de la pequeña figura de madera finamente pintada y mira a Nebet con ternura.

Sus ojos, del color del ámbar oscuro, son con los que ella sueña cada noche desde hace años.

En ese preciso instante, intenta grabarlos en su memoria para siempre, como un faro para la oscuridad que se avecina.

—Yo también tengo algo para ti.

Él saca de entre sus ropajes un collar brillante. Es una preciosa cadena, de la que pende un delicado colgante hecho en oro y lapislázuli, que representa a la diosa Isis con sus grandes alas. Aparta su largo cabello y se lo coloca suavemente en el cuello.

—Deseo con todas mis fuerzas que la diosa te proteja hasta que yo logre la manera de que volvamos a estar juntos —le dice, y, al cerrar la cadena, la sella con un profundo beso que queda marcado en la piel de Nebet como un juramento inquebrantable.

El tacto del metal frío se mezcla con el calor de su piel en un instante que se vuelve eterno.