Bajo el cielo de Harlow Creek (Harlow Creek 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Marion Crane llegó en abril, un viernes por la tarde, en un coche alquilado que condujo desde el aeropuerto de Grand Rapids con el GPS y sin preguntar a nadie.

Tenía cincuenta y ocho años, el pelo gris cortado justo por encima de los hombros, los mismos ojos que Oliver pero con más años de historia en ellos, y el porte de alguien que ha aprendido a entrar a los sitios como si ya hubiera estado antes.

Oliver la recogió en la pensión de los Patterson, donde Dotty la había instalado en la habitación de arriba con sábanas limpias y un ramo de lavanda en la mesilla que era su manera de decirle bienvenida sin decirlo.

La cena del viernes fue en el diner. Adaia llegó la última, porque había habido un problema con una vaca del extremo norte que June había atendido y que había requerido de Adaia durante más tiempo del previsto, y llegó con botas de trabajo y el pelo suelto y la chaqueta que no era la que había pensado ponerse.

Marion Crane la miró cuando entró. No de arriba abajo, no con juicio. La miró con la atención directa de alguien que está evaluando algo que le importa de verdad.

Adaia le tendió la mano.

—Marion. Soy Adaia.

Marion le estrechó la mano con firmeza.

—Ya lo sé. Siéntate.

La cena duró dos horas. Marion hablaba con la misma economía que su hijo pero sin la misma reserva: cuando tenía algo que decir, lo decía sin rodeos y sin suavizarlo.

Preguntó por el rancho, por la investigación, por Harlow Creek.

Preguntó sobre los caballos con el interés genuino de alguien que no los conoce pero quiere conocerlos.

Le preguntó a Bram, que había venido con June, qué había que ver en el condado en abril.

Bram le habló del río, de la feria de primavera del pueblo de al lado, de los senderos del bosque del norte que a esa época del año tenían el suelo tapizado de trillium blancos.

—¿Monta? —le preguntó Bram.

—Hace veinte años monté dos veces. —Marion miró a Oliver—. Este me llevó a unas clases cuando tenía doce años. No sé si fue buena idea.

—Caí tres veces en la primera clase —dijo Oliver, sin inmutarse.

—Cuatro —corrigió Marion—. La última no te la conté porque lloraste.

—Tenía doce años.

—Yo nunca dije que fuera malo.

Lucas, que había llegado cuando ya estaban con el postre, se rió con ganas. Marion lo miró y le puso la mano en el brazo con un gesto que era todo lo que una madre guarda para el hijo que menos está donde debería.

—¿Estás bien aquí? —le preguntó, en voz baja.

—Sí —dijo Lucas—. Aquí estoy bien.

Marion asintió. Luego miró a Oliver, y luego a Adaia, y la expresión que tenía no era de juicio sino de algo más parecido a alivio.

Al día siguiente, Marion fue al rancho.

Oliver la llevó a primera hora, antes de que empezara el turno de fin de semana, y Adaia los recibió con té y los llevó a ver los caballos.

Marion se paró delante de Rosalind y extendió la mano, y Rosalind la olfateó con esa deliberación pausada que tenía antes de decidir si alguien valía la confianza.

Debió de decidir que sí, porque bajó la cabeza y dejó que Marion le acariciara el cuello.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí esta? —preguntó Marion.

—Cinco años. Era la más asustadiza cuando llegó. Tardó un año en dejar que alguien se le acercara sin respingo.

Marion la miró.

—¿Y usted cómo lo hizo?

—Tiempo. Sin forzar. Dejándola llegar ella.

Marion no respondió a eso, pero la miró un momento de una manera que Adaia interpretó correctamente.

Ese tarde, mientras recorrían el perímetro sur en la camioneta, Marion iba en el asiento del copiloto y Oliver en el trasero, y a mitad del trayecto Marion dijo:

—Michigan no es Detroit.

—No —dijo Adaia.

—¿Le gusta aquí?

—Llevo siete años aquí. No creo que vaya a irme.

—¿Y Oliver?

Adaia la miró de reojo.

—Eso tendría que preguntárselo a él.

—Se lo pregunto a usted porque usted es parte de la respuesta.

Adaia devolvió los ojos al camino.

—Oliver puede quedarse todo el tiempo que quiera.

—¿Eso es todo?

—Eso es lo que puedo decirle yo.

Marion sonrió. No era una sonrisa de suficiencia. Era la de alguien que ha obtenido exactamente la respuesta que esperaba.

—Me parece bien —dijo.

Esa noche, cuando Marion ya estaba en la pensión y Lucas en la pensión también y el rancho estaba en silencio, Oliver encontró a Adaia en el porche de su cabaña con una taza de manzanilla mirando el cielo de abril que empezaba a tener estrellas otra vez.

Se sentó a su lado.

—¿Qué te dijo mi madre?

—Cosas de madres.

—Eso no es una respuesta.

—Me preguntó si podías quedarte.

—¿Y qué le dijiste?

Adaia bebió la manzanilla.

—Que sí.

Oliver la miró durante un momento.

—¿Y tú? ¿Quieres que me quede?

—Ya te lo pregunté en febrero.

—Pregúntamelo otra vez.

Adaia lo miró.

—¿Quieres quedarte, Oliver?

—Sí —dijo él—. Quiero quedarme.

No era solo sobre el trabajo. Los dos lo sabían.

Oliver le quitó la taza de la mano, la dejó en el suelo del porche, y la besó con el mismo tiempo que había aprendido a tomarse con todo lo que importaba: sin prisa, sin desperdiciar nada.

Adaia le puso las manos en el pecho y no pensó en nada que no fuera ese momento y ese porche y el olor a pino y a tierra húmeda que abril devuelve después del invierno.