CAPÍTULO 17
Marzo trajo el deshielo con esa brusquedad que tienen los cambios de estación en Michigan: un día había un metro de nieve y a la semana siguiente el barro llegaba a los tobillos y los pastos empezaban a asomar verde tierno debajo.
Lucas Crane no se había ido.
Nadie lo preguntó directamente. Bram le subió el sueldo sin comentario cuando empezó el tercer mes. Rhett lo enseñó a montar a caballo con la paciencia que solo tiene alguien que ha aprendido tarde él mismo. Lucas cayó tres veces, se levantó las tres, y al final de la segunda semana ya no caía.
El caso de Drayden seguía su curso en los juzgados del condado.
El abogado Brinkley había llegado a un acuerdo que le reducía los cargos a cambio de testificar contra Drayden.
Drayden había contratado a dos abogados nuevos y estaba combatiendo cada punto, lo cual significaba que el proceso duraría meses, pero también que Drayden tenía las manos ocupadas con sus abogados y no con el rancho Kellerman.
Oliver tenía el turno de mañanas en marzo, lo que significaba que sus días terminaban a las cuatro y que a las cinco, si no había nada urgente, podía estar en el rancho.
Era la parte del día que Adaia esperaba con algo que aún no había aprendido del todo a nombrar, aunque lo reconocía perfectamente.
Un miércoles de la última semana de marzo, Oliver llegó al rancho con una expresión que Adaia reconoció como la que tenía cuando algo lo preocupaba y no sabía cómo empezar.
Lo dejó estar hasta que terminó de acomodar a los caballos de la tarde.
—¿Qué pasa? —dijo, mientras colgaba los arreos.
—Nada grave.
—Oliver.
Él estaba apoyado en la pared del establo con los brazos cruzados.
—Me llamó mi madre esta mañana.
—¿Está bien?
—Sí. Está bien. Quiere venir a verme.
—¿Y eso es un problema?
—No es un problema. Es... —Se pasó una mano por el pelo—. Cuando mi madre viene a ver un sitio donde estoy, lo evalúa. Y me dice lo que piensa. Y no siempre coincide con lo que yo pienso.
Adaia lo miró.
—¿Le hablaste de mí?
Silencio de dos segundos.
—Sí.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad.
—¿Qué verdad?
Oliver la miró.
—Que hay alguien aquí que importa. Que el trabajo importa. Que Harlow Creek importa. —Una pausa—. Que no me voy.
Adaia dejó los arreos.
—¿Le gustó lo que le dijiste?
—Le gustó que sonara convencido. No le gusta no tenerme cerca.
—¿Cuándo quiere venir?
—Abril.
—Abril está bien. —Adaia lo miró—. Puede quedarse en la pensión de los Patterson o en el diner tiene habitación de arriba que Dotty alquila cuando tiene confianza.
Oliver parpadeó.
—¿Dotty alquila habitaciones?
—Solo a gente de confianza.
—¿Yo soy de confianza?
—Llevas meses siendo el único tema de conversación en Marsh's. Eso equivale a ser de confianza.
Oliver exhaló algo que era casi risa.
—¿Le digo a tu madre que viene a conocer a Harlow Creek o que viene a conocerme a mí? —preguntó Adaia.
—Las dos cosas son lo mismo.
Adaia lo miró.
—¿Eso me lo está diciendo como agente de policía o como algo distinto?
—Como algo distinto.
Adaia asintió.
—Bien.
La semana siguiente, Nora Vance pasó por el rancho a ver a Adaia con una caja de galletas de mantequilla que era claramente un pretexto para hablar de algo que no eran las galletas.
Se sentaron en el porche de la cabaña con el sol de marzo todavía frío pero con esa promesa de calor que tiene la luz de primavera.
—El hombre del diner —dijo Nora, después de dos galletas y diez minutos de conversación sobre el consultorio médico.
—¿Qué hombre?
—El que Rhett vio conmigo en noviembre. —Una pausa—. Era mi primo. Vino a firmar unos papeles de la herencia de mi abuela.
Adaia la miró.
—¿Y Rhett no lo sabe?
—Rhett no preguntó. Y yo no se lo expliqué.
—¿Por qué no se lo explicas?
Nora miró el campo.
—Porque si se lo explico, la excusa desaparece.
—¿Qué excusa?
—La excusa de que hay algo que no está resuelto. Que Rhett cree que salgo con alguien. —Nora cogió otra galleta—. Si se lo digo, tiene que decidir qué hace con eso.
Adaia la miró durante un momento.
—Nora. Rhett lleva siete años esperando que le des una razón.
—Lo sé.
—Dile que era tu primo.
—¿Y si luego no...?
—No puedes protegerte de todas las posibilidades al mismo tiempo.
Nora se quedó callada.
—¿Eso lo aprendiste sola o con ayuda? —dijo finalmente.
Adaia pensó en el beso en la cocina de enero, en la mano de Oliver en la suya sobre la mesa, en lo que había costado dejar de mirar al frente fija.
—Con ayuda —admitió.