CAPÍTULO 16
Febrero llegó con un frío que hacía que enero pareciera templado, y con él la confirmación de lo que Oliver llevaba semanas construyendo pieza a pieza.
La declaración del señor Angler, el testimonio del hombre del establo que finalmente amplió su historia a cambio de un acuerdo menor, y los correos electrónicos del abogado Brinkley que el fiscal del condado consiguió con una orden judicial construyeron juntos lo que Oliver le había prometido a Bram: una causa.
No era perfecta. Nunca lo eran. Pero era suficiente.
Drayden fue citado a declarar el catorce de febrero, que era martes, y el concejal Brewer presentó la dimisión el quince.
La solicitud de reclasificación del camino sur quedó retirada.
Los cargos contra Drayden seguirían su camino por los juzgados del condado durante meses, pero el rancho Kellerman tenía de su lado algo que valía más que cualquier resolución judicial: el conocimiento de que Drayden ya no podía moverse sin que alguien lo estuviera mirando.
La noche del catorce, Bram abrió la botella de whiskey escocés que guardaba en el aparador del salón para las ocasiones que lo merecían y sirvió cuatro vasos. Luego lo pensó y sirvió un quinto para Lucas, que últimamente era parte del rancho sin que nadie lo hubiera decidido formalmente.
—Por el rancho —dijo Bram.
—Por el rancho —dijeron los demás.
Después del whiskey hubo más conversación de la habitual para ser un martes de febrero, y después de la conversación la gente se fue yendo.
Rhett el primero, porque madrugaba. Lucas después, porque la pensión de los Patterson cerraba las puertas a las once.
June a las once y media, con el maletín y la bufanda y una mirada de reojo a Adaia que lo decía todo y no decía nada.
Bram se fue a las doce, que era tarde para él, y antes de subir a su cuarto pasó por donde estaban sentados Adaia y Oliver y puso una mano en el hombro de cada uno, sin decir nada, y siguió hacia las escaleras.
Adaia lo miró hasta que desapareció en el pasillo.
—¿Qué te dijo Pickett cuando le contaste el resultado? —preguntó.
Oliver estaba mirando el vaso de whiskey que había bebido a medias.
—Que buen trabajo. Y que mañana a las ocho quería el informe completo en papel.
—¿Eso es todo?
—Y que si quería quedarme en Harlow Creek, el puesto era mío indefinidamente.
Adaia lo miró.
—¿Y quieres?
—¿Quedarme?
—Sí.
Oliver giró el vaso en la mano.
—Llegué aquí huyendo de algo —dijo—. No vine a quedarme.
—Ya lo sé.
—Pero las cosas cambian.
—Sí.
Oliver la miró.
—Cuando llegué y vi el pueblo pensé que no duraría tres meses. Que necesitaba algo más grande, más rápido. —Una pausa—. Resulta que lo que necesitaba era exactamente esto.
—¿Harlow Creek o algo más concreto?
—Algo más concreto.
Adaia exhaló.
—Oliver.
—Adaia.
—No me pongas cara de estás diciendo algo importante.
—Es que estoy diciendo algo importante.
—Lo sé. Y me pone nerviosa.
Oliver se giró hacia ella.
—¿Tú te pones nerviosa?
—No habitualmente. Pero contigo sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde el primer día en el diner.
Oliver la miró con algo que era mezcla de sorpresa y algo más cálido.
—Desde el primer día en el diner estabas mirando al frente tan fija que pensé que me odiabas.
—Estaba mirando al frente fija precisamente para no mirarte.
Oliver dejó el vaso y se giró del todo hacia ella.
—¿Habría funcionado si te hubiera mirado entonces?
Adaia pensó en eso. En octubre, en la barra del diner, con el té de manzanilla y Dotty transmitiendo información en voz baja y el reflejo de Oliver en el cristal de la ventana.
—No lo sé —dijo—. Pero me alegra que no lo intentaras entonces.
—¿Por qué?
—Porque ahora lo conozco. Y eso vale más.
Oliver alargó la mano y le tomó la suya, con los dedos entrelazados sobre la mesa, y no dijo nada durante un momento. No hacía falta.
—Quiero quedarme —dijo él, finalmente.
—Bien —dijo ella.
Fue simple. Lo mejor es cuando lo es.
Después se quedaron en la cocina vacía un rato más, con el frío de febrero afuera y el whiskey a medias sobre la mesa y las manos enlazadas, y cuando finalmente se levantaron para irse cada uno a su sitio, Oliver la cogió en la puerta y la besó de una manera que no tenía nada de primer beso ni de beso de buenas noches, sino de beso de alguien que lleva tiempo sabiendo lo que quiere y ya no ve razón para apresurarse ni para no hacerlo.
Adaia le puso la mano en el cuello y se quedó donde estaba, porque tampoco tenía prisa hacia ningún sitio.