Bajo el cielo de Harlow Creek (Harlow Creek 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

June lo supo el jueves.

No porque Dotty se lo dijera, aunque Dotty también lo sabía. Lo supo porque fue al rancho a revisar a Rosalind a las ocho de la mañana y encontró el Ford de Oliver aparcado junto a la cabaña de Adaia.

No el Ford de la oficina. El Ford personal, el que conducía cuando no estaba de servicio.

June lo miró, miró la cabaña, y luego fue al establo a ver a Rosalind con la satisfacción tranquila de quien lleva meses esperando que algo suceda y por fin ha sucedido.

Adaia apareció en el establo veinte minutos después, con el pelo húmedo de la ducha y una taza de té en la mano.

—Buenos días —dijo June, sin levantar los ojos de la pata de Rosalind que estaba examinando.

—Buenos días.

—Rosalind está bien. La pata perfecta.

—Me alegra.

—El Ford de Oliver también está bien, por si tenías curiosidad.

Adaia bebió el té.

—June.

—No digo nada. —June se irguió—. ¿Está bien?

—¿Rosalind?

—No, Adaia. Tú. ¿Estás bien?

Era una pregunta diferente. No de cotilleo, no de curiosidad. Una pregunta real.

—Sí —dijo Adaia—. Estoy bien.

—¿Segura?

—June. Estoy bien.

June asintió. Cogió el maletín.

—¿Viene a desayunar?

—Sí.

—¿Oliver también?

—No preguntes eso.

—Ya lo sé. —Sonrió—. Pero no lo pregunto yo. Lo pregunta Bram. Está en la cocina haciendo huevos para cuatro.

Adaia la miró.

—¿Para cuatro?

—Bram también se enteró.

—¿Cómo?

June se encogió de hombros con esa inocencia estudiada que tenía cuando estaba siendo deliberadamente imprecisa.

—Dotty llamó esta mañana temprano.

—Claro que sí.

Desayunaron los cuatro. Oliver llegó con los documentos del fiscal del condado bajo el brazo, lo cual era la manera que tenía de recordar que estaba allí por trabajo, y Bram le sirvió huevos y tostadas sin preguntar y con una indiferencia que no era indiferencia sino tacto.

A la mitad del desayuno, sin venir a cuento de nada, Bram dijo:

—Mi mujer y yo nos conocimos en noviembre. Se fue en abril. Estuvimos juntos treinta y un años.

Nadie respondió.

—Solo lo digo —añadió Bram, y siguió con los huevos.

June cogió la tostada con una sonrisa que no compartió con nadie. Oliver no levantó los ojos del café. Adaia miró a Bram durante un segundo, y Bram la miró a ella, y en ese segundo había treinta años de confianza y afecto que no necesitaban traducción.

Rhett llegó tarde, vio a Oliver en la mesa, dijo «ah» con la economía verbal de alguien que ya sabía y no necesitaba decir más, y se sirvió café.

Lucas apareció a las ocho y cuarto con nieve en las botas y el pelo de quien acaba de salir de la pensión corriendo.

—¿Hay huevos? —preguntó.

—Hay huevos —dijo Bram.

Lucas se sentó junto a Oliver y miró a su hermano.

—¿Y bien? —dijo.

—Come —dijo Oliver.

—Solo pregunto.

—Lucas.

—Vale, vale. —Cogió los huevos—. Buen trabajo, hermano.

Adaia se concentró en su taza para no reírse.

La tarde del mismo jueves, mientras Oliver revisaba los documentos con Pickett en la oficina del sheriff, Adaia fue a ver al señor Angler.

Tenía setenta y ocho años, vivía en una casa de madera roja al norte del rancho Kellerman, y tenía un perro llamado Chester que pesaba cuarenta kilos y tenía la voz de uno de ochenta.

—Señorita Voss —la saludó Angler desde el porche—. ¿Pasa algo?

—Una pregunta, señor Angler. La noche del doce de octubre, el Chester ladró.

El señor Angler lo pensó.

—Ladra todas las noches.

—Más de lo normal.

Otra pausa.

—Sí. Aquella noche no paraba. Le dije que se callara pero siguió.

—¿En qué dirección miraba?

Angler señaló sin dudarlo hacia el sur, hacia la linde entre su propiedad y el límite norte del rancho Kellerman.

—Ahí —dijo—. Chester siempre sabe de dónde viene el ruido.

Adaia anotó mentalmente la fecha, la dirección, el nombre del testigo.

—Gracias, señor Angler.

—¿Hay algún problema con Kellerman?

—Se está resolviendo.

El anciano asintió.

—Bram es un buen hombre. Si necesita algo, dígaselo.

—Se lo diré.

Llamó a Oliver de camino al rancho.

—El señor Angler recuerda que Chester ladró hacia el sur la noche del doce de octubre. La noche que cortaron la cerca.

Silencio de dos segundos.

—Eso es lo que necesitaba —dijo Oliver—. Angler puede hacer una declaración formal.

—Puede. Pero hay que ir con cuidado. Tiene setenta y ocho años y no le gusta que lo metan en problemas de los demás.

—¿Y si yo voy con usted?

Adaia bajó la velocidad en el camino nevado.

—El sábado por la mañana. Después de las nueve.

—A las nueve y media.

—Perfecto.