Bajo el cielo de Harlow Creek (Harlow Creek 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La semana que descubrieron la conexión directa entre Drayden y Brinkley fue también la semana que Adaia y Oliver pasaron juntos más horas que en todo el mes anterior.

No fue buscado. Fue la investigación, las declaraciones, las llamadas con el fiscal del condado que Pickett había traído para revisar el caso.

Fueron los recorridos del perímetro del rancho, que Oliver hacía ya sin necesitar que nadie lo acompañara pero que Adaia acompañaba de todas formas.

Fueron las noches en la cocina de Bram revisando documentos mientras Bram dormía y Rhett veía la televisión en el cuarto del fondo.

Era un miércoles por la noche, tarde, y quedaba café en la cafetera y los documentos del registro del condado extendidos sobre la mesa.

Oliver estaba de pie junto a la ventana repasando algo con el bolígrafo.

Adaia estaba sentada con los codos en la mesa y la cabeza apoyada en las manos, mirando el mapa de las propiedades que habían dibujado juntos tres semanas antes.

—Aquí —dijo ella, señalando—. La línea de acceso al río que quiere Drayden pasa por este tramo. Si consigues probar que el capataz Harker estuvo en este punto la noche que cortaron la cerca, tienes la conexión.

Oliver vino a ver. Se inclinó sobre la mesa a su lado para mirar el mapa, con la mano apoyada plana en el papel, cerca de la suya. Lo suficientemente cerca para que Adaia lo notara.

—Las cámaras del condado no cubren este tramo —dijo él.

—No. Pero el señor Angler tiene un perro que ladra cuando hay movimiento en esa parte de la linde. —Adaia señaló el extremo norte del mapa—. Si Angler recuerda que el perro ladró esa noche, es una corroboración indirecta.

—¿Le preguntó?

—No todavía. Pero Angler habla conmigo. Con Bram también, pero conmigo más. —Lo miró—. Puedo ir el jueves.

Oliver la miró. Estaban muy cerca, con el mapa entre los dos y la cocina en silencio.

—¿Por qué hace eso? —dijo él.

—¿El qué?

—Todo esto. —Hizo un gesto que abarcaba los documentos, el mapa, la conversación—. Es más de lo que le corresponde.

—Bram lo necesita.

—Sí. Pero no es la única razón.

Adaia tardó en responder.

—No —admitió—. No es la única razón.

Oliver la miró durante un momento. No dijo nada. Pero tampoco se movió.

—¿Cuál es la otra? —preguntó, en voz baja.

Adaia devolvió la mirada. La cocina estaba caliente y quieta y afuera era noche de enero y había ochenta centímetros de nieve.

—Que me importa lo que pasa aquí —dijo—. Todo lo que pasa aquí.

Fue Oliver quien cerró los centímetros que quedaban. No de golpe, con tiempo suficiente para que ella pudiera decidir, y cuando sus labios se encontraron fue con esa precaución de quien lleva semanas llegando hasta allí y no quiere llegar de más.

Duró poco. Menos de lo que cualquiera de los dos hubiera podido calcular. Cuando se separaron, Adaia tenía la mano en el pecho de Oliver y Oliver tenía la mano en su mandíbula, con el pulgar rozándole el pómulo, y los dos respiraban un poco más despacio de lo normal.

—Adaia —dijo él.

—Oliver.

—Esto complica las cosas.

—Todo lo importante complica las cosas.

Oliver exhaló. La miró con esa expresión que tenía cuando estaba procesando algo que no quería procesar demasiado rápido.

—La investigación...

—La investigación sigue siendo la investigación.

—¿Y esto?

—Esto es esto.

Oliver la miró durante un momento más. Luego asintió, muy despacio, como si hubiera tomado una decisión que llevaba tiempo esperando tomar.

—¿Y Bram? —preguntó.

—Bram se va a enterar de todas formas. Dotty se lo habrá dicho antes de que nosotros podamos contárselo.

Eso arrancó la sonrisa de Oliver. La real, la que llegaba a los ojos.

—Bien —dijo.

Y esta vez fue Adaia la que cerró los centímetros.