CAPÍTULO 13
Lo que Oliver había estado buscando apareció el diecisiete de enero, en forma de tres documentos y una llamada desde la oficina del registro del condado.
Cole Drayden no solo quería los cuatro acres de Kellerman.
Drayden estaba en proceso de reclasificar su empresa de tierras de empresa privada a sociedad inversora, lo que le permitiría presentar proyectos al ayuntamiento del condado sin pasar por los filtros habituales de desarrollo rural.
Y el proyecto que tenía en mente, según los documentos que Oliver consiguió a través del registro, incluía un acceso directo al río Whitmore y una zona de desarrollo turístico que cruzaba exactamente por los cuatro acres que Bram Kellerman se negaba a vender.
—¿Turístico? —dijo Adaia cuando Oliver le explicó.
—Cabañas de lujo. Acceso al río para pesca deportiva. Lo que en la industria llaman desarrollo de naturaleza gestionada.
—Eso no suena como algo que Harlow Creek quiera.
—No lo quiere. Pero si Drayden tiene la inversión y los permisos del condado, el ayuntamiento no tiene mucho donde agarrarse para negarlo.
—Excepto si hay oposición formal.
—Exacto.
—¿Eso es legal? —preguntó Bram, que estaba escuchando desde el otro extremo de la mesa.
—La reclasificación sí. El proyecto sí. Lo que no es legal es lo que ha estado haciendo para presionarte.
—Oliver alineó los documentos—. Las fotografías, la cerca, los hombres del establo...
Ahora tenemos el motivo detrás de todo. Si conseguimos conectar esas acciones con Drayden directamente, tenemos una causa.
—¿Y puede hacerlo?
—Estoy intentándolo. —Miró a Bram—. Uno de los dos hombres del establo habló. No lo suficiente para implicar a Drayden directamente, pero sí lo suficiente para darnos un nombre: el capataz Harker recibió instrucciones de alguien que no era Drayden en persona, sino su abogado.
—Brinkley —dijo Bram.
—¿Lo conoce?
—Conozco el tipo. El abogado de ciudad con traje gris que vino al ayuntamiento.
—Brinkley es el intermediario. Si conseguimos probar que actuó en nombre de Drayden con conocimiento de este, tenemos algo con lo que trabajar.
—¿Cuánto tiempo necesita?
—Dos semanas. Quizás tres.
Bram asintió.
—Mientras tanto, el rancho seguro.
—Mientras tanto, el rancho seguro —confirmó Oliver.
Lo de seguro resultó ser relativo.
Tres días después, a las dos de la tarde, alguien cortó la tubería principal de agua del almacén de grano. No fue un accidente. Los cortes eran limpios, con herramienta, y el agua había estado corriendo el tiempo suficiente para mojar treinta sacos de maíz que no valían la pena recuperar.
Adaia llegó al almacén antes que nadie porque lo pasaba en el camino de vuelta del potrero norte. El suelo estaba empapado y los sacos hundidos y Lucas Crane estaba de pie en el centro con los pies mojados y una expresión entre furiosa y perpleja.
—Llevaba veinte minutos fuera —dijo—. Fui al baño y cuando volví esto estaba así.
—¿Viste a alguien?
—Nadie.
Adaia revisó la tubería. Los cortes confirmaban lo que ya sabía.
—¿Llamo a Oliver? —preguntó Lucas.
—Llama a Oliver.
Oliver llegó en quince minutos. Rhett llegó dos minutos después porque pasó por allí sin que nadie lo llamara. Bram llegó el último, vio el maíz mojado y su expresión fue la de alguien que lleva la cuenta de cuántas veces más puede aguantar esto.
—Ya es suficiente —dijo.
—Bram... —empezó Adaia.
—No. —La miró—. Ya es suficiente.
Oliver hizo las fotos, tomó muestras de los cortes y llamó a Pickett desde el almacén. Pickett llegó en media hora y los dos hablaron en voz baja durante diez minutos mientras Adaia ayudaba a Lucas a sacar el maíz dañado.
—¿Tu hermano te habló de esto antes de venir? —le preguntó a Lucas mientras trabajaban.
—Me dijo que había una investigación. No los detalles.
—¿Y qué te parece?
Lucas soltó un saco en el exterior y se limpió las manos en los pantalones.
—Que Drayden es un imbécil con dinero. Y que Oliver va a atraparlo.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque lo conozco. —Miró hacia donde estaba su hermano hablando con Pickett—. Cuando Oliver se mete en algo, no para hasta que lo termina. Para bien y para mal.
Adaia siguió su mirada.
—¿Para mal?
Lucas dudó.
—En Detroit se metió en un caso que no le correspondía. Un caso de su departamento pero no de su división. Lo terminó, pero le costó. —Una pausa—. Por eso está aquí.
Adaia no preguntó más. Pero archivó la información con cuidado.
Esa tarde, cuando todo el mundo se había ido y el almacén estaba limpio y la tubería reparada de urgencia con los materiales que tenían a mano, Adaia encontró a Oliver en el porche de la casa principal solo con el café, mirando el campo norte donde el sol de enero caía plano y frío sobre la nieve.
Se sentó a su lado sin preguntar.
—Lucas me contó lo de Detroit —dijo, después de un momento.
Oliver no se sorprendió.
—¿Cuánto te contó?
—Lo suficiente para entender por qué estás aquí.
—¿Y qué entendiste?
—Que no fue cobardía. Que fue lo contrario.
Oliver bebió el café.
—El caso era de narcóticos. Un infiltrado que llevaba dos años trabajando. Descubrí que alguien de mi departamento lo estaba vendiendo. Lo denuncié.
—¿Y?
—El infiltrado salió vivo. El que lo vendía no salió bien parado. Y yo acabé con un traslado voluntario al condado de Whitmore.
—¿Voluntario?
—Más o menos.
Adaia miró el campo.
—¿Lo repetirías?
—Sí.
—¿Aunque te costara lo mismo?
—Sí.
—¿Por qué?
Oliver la miró.
—Porque lo contrario habría sido dejar que alguien muriera para no complicarme la vida. Y eso no es algo con lo que pueda vivir.
Adaia asintió.
—Bien —dijo.
—¿Bien?
—Que lo repetirías. Eso dice algo de ti.
Oliver la miró durante un momento.
—¿Qué dice?
—Que eres el tipo de persona que uno quiere de su lado.
No era una declaración. Era algo más pequeño y más preciso que eso, y precisamente por eso Oliver no supo qué hacer con ella durante un segundo.
—Gracias —dijo finalmente.
—No hay de qué.
Se quedaron en el porche hasta que el sol terminó de caer y el frío de enero se volvió demasiado serio para ignorarlo.