CAPÍTULO 11
Los dos hombres del establo resultaron ser empleados de una empresa de servicios agrícolas con sede en Grand Rapids que, según la investigación de Oliver, tenía a Cole Drayden entre sus clientes.
No era una prueba directa. Era el tipo de conexión que existe en la sombra y que un buen abogado puede disolver en tres movimientos.
Pero era algo.
—No es suficiente para acusarlo de nada —le explicó Oliver a Bram en la cocina del rancho, una semana después del incidente—. Pero sí para decirle que lo estamos mirando. Y a veces eso es lo que hace que alguien pare.
—¿Cree que Drayden parará?
—No lo sé. Drayden no es impulsivo. Es calculador. Lo que hizo con el establo fue un movimiento desesperado, lo que significa que algo lo está presionando.
—¿El qué?
—Estoy averiguándolo.
Bram asintió y se levantó a buscar café.
—Quédese a cenar —dijo.
Oliver miró su reloj.
—No quiero molestar.
—No molesta. —Bram lo miró de refilón—. Adaia va a hacer guiso de ternera.
—Bram —dijo Adaia desde el fregadero.
—¿Qué? Es la verdad. Y está bueno.
Oliver se quedó a cenar. Y al sábado siguiente también. Y el miércoles siguiente, cuando Adaia lo llamó para decirle que habían encontrado otra fotografía en el buzón y él apareció en veinte minutos con la carpeta y se quedó a revisar el perímetro hasta que oscureció.
El pueblo lo fue notando de la manera que notan los pueblos las cosas: sin comentarlo directamente, pero con esa acumulación de detalles que Dotty catalogaba y Rhett observaba y June comentaba con la sutileza de un hacha.
—El agente Crane ha estado cinco veces en el rancho esta semana —le dijo June una tarde, mientras revisaban a Rosalind.
—Hay una investigación abierta.
—Claro.
—June.
—Nada. Solo informo. Como Dotty.
Navidad en Harlow Creek empezaba el quince de diciembre con las luces en la calle principal y terminaba el dos de enero con la última bebida en el bar de los Patterson.
Dotty decoraba el diner con guirnaldas de pino y velas de vainilla y hacía un ponche de naranja con canela que era el único motivo por el que algunos vecinos salían de casa los días de más frío.
El veinticuatro por la tarde, Adaia terminó el trabajo a las tres, se duchó, se puso el jersey azul marino que guardaba para las ocasiones, y fue al diner a buscar el ponche que Dotty le mandaba a Bram todos los años en un termo de metal.
Oliver estaba en la barra.
No de uniforme. Con vaqueros oscuros y un jersey gris que le quedaba bien en los hombros. Tenía el té habitual y miraba la calle a través del cristal, con esa atención distraída que no era del todo distraída.
Se giró cuando ella entró.
—Nochebuena —dijo.
—Nochebuena. —Adaia se sentó dos taburetes más allá y llamó a Dotty—. ¿El termo de Bram está listo?
—En la trastienda. —Dotty la miró a ella y luego a Oliver—. ¿Os sentáis juntos? Hay sitio.
—Estamos bien así —dijo Adaia.
Dotty puso los ojos en blanco con la discreción de alguien que no tiene ninguna discreción.
—¿Cómo pasa Kellerman la Nochebuena? —preguntó Oliver.
—June viene al rancho. Rhett viene. Hacemos cena.
—¿Y usted?
—Yo también estoy en el rancho. Vivo allí.
—¿No tiene familia con quien pasar la noche?
La pregunta llegó directa y Adaia tardó un segundo en decidir cuánto contestar.
—No tengo familia con quien pasar la noche —dijo—. Hace mucho tiempo que es así. No es una tragedia, es simplemente como es.
Oliver asintió.
—¿Y usted? —preguntó ella, porque la pregunta era la misma y era lo justo.
—Mi hermano iba a venir. —Una pausa—. Lo canceló hace tres días.
—¿Por qué?
—Lucas cancela las cosas. Es una habilidad que ha perfeccionado con los años.
—¿Va a pasar la noche solo?
Oliver bebió el té.
—La oficina del sheriff está abierta hasta las once. Pickett se va a las ocho, así que hasta entonces trabajo.
Adaia miró su taza de manzanilla.
—Podría venir al rancho cuando acabe el turno. —Pausa—. Si quiere.
Oliver la miró.
—¿A cenar?
—A cenar. June hace suficiente para un regimiento. Siempre sobra.
—No me invita Kellerman.
—Kellerman le invitó a quedarse a cenar la semana pasada.
—Eso fue distinto.
—¿Por qué?
—Porque usted no lo había propuesto.
Adaia lo miró. Oliver la sostuvo la mirada con esa calma suya que ya no la incomodaba tanto como antes, o quizás lo que había cambiado era lo que le producía.
—Le estoy proponiendo que venga a cenar a casa de Bram Kellerman la noche de Navidad —dijo ella, muy despacio—. No es nada más que eso.
Oliver asintió.
—De acuerdo.
—Después de las ocho, entonces.
—Después de las ocho.
Dotty llegó con el termo de Bram y una sonrisa tan ancha que Adaia decidió que era mejor no mirarla directamente.
Llegó a las ocho y media. June le abrió la puerta antes de que llamara, lo cual significaba que alguien había estado mirando desde la ventana, y le quitó el abrigo con una eficiencia que no dejaba opción.
—Siéntate donde quieras. Bram está en el salón. Rhett está intentando hacer que la radio sintonice algo que no sea country navideño y Adaia está en la cocina terminando el postre.
La cena fue larga, con cuatro personas que se conocían bien y una quinta que llegó de fuera y se fue integrando sin que nadie tuviera que hacer esfuerzos especiales.
Bram le preguntó a Oliver por su familia.
Oliver habló de su madre, que vivía en Detroit, y de Lucas, que vivía donde le dejaba la corriente.
Rhett le preguntó por casos de Detroit y Oliver contó uno que no era confidencial y que les tuvo callados diez minutos.
June le explicó la diferencia entre la veterinaria de pueblo y la de ciudad con un entusiasmo que a Adaia siempre le resultaba contagioso.
Adaia no dijo mucho. Estuvo allí, con el vino en la mano y la conversación alrededor, y miró a Oliver más veces de las que tenía pensado.
A las once y media, mientras recogían, Oliver le dijo que se iba.
—¿Puedo ayudar con algo antes?
—Ya está casi todo. —Adaia lo miró—. Gracias por venir.
—Gracias por invitarme.
Estaban en la cocina. Bram estaba en el salón. Rhett y June habían salido al porche.
—¿Cuándo se fue Lucas por primera vez? —preguntó Adaia, sin saber del todo por qué preguntaba eso.
Oliver pensó.
—A los diecinueve. Nuestra madre lo tomó mal. Yo ya había aprendido que Lucas aparece cuando está listo y desaparece cuando necesita algo que nosotros no podemos darle.
—¿Lo echa de menos?
—Sí. Pero he aprendido a echar de menos las cosas sin que ocupen todo el espacio.
Adaia secó el último plato y lo puso en el armario.
—Eso es difícil.
—¿Para usted también?
—Para mí también.
Oliver cogió la chaqueta del respaldo de la silla.
—Adaia.
Ella levantó los ojos.
—Que pase buena noche.
No fue más que eso. Pero dicho así, con su nombre delante, sonó a algo más grande que lo que decía.
—Usted también, Oliver.