Bajo el cielo de Harlow Creek (Harlow Creek 1) CAPÍTULO 10
50%

CAPÍTULO 10

El incidente ocurrió un viernes, dieciséis días antes de Navidad, a las once de la noche.

Adaia no dormía. Llevaba un rato en la cama mirando el techo de su cabaña, que estaba a doscientos metros de la casa principal y que Bram le había cedido el segundo año con la misma naturalidad con que hacía todo lo que implicaba dar algo sin pedir nada a cambio.

La cabaña tenía dos habitaciones, una cocina pequeña y un porche que miraba al sur, hacia los pastos. En verano el porche era lo que más le gustaba. En diciembre era el sitio más frío del universo, pero aun así había noches en que salía a mirar el cielo.

Esa noche no le dio tiempo.

Oyó el sonido a las once y cuarto: no un golpe, no un estruendo, sino ese crac sordo y bajo de algo que no debería quebrarse quebrándose de todas formas. Lo oyó dos veces. Luego silencio.

Se levantó. Se puso las botas y la chaqueta encima del pijama y cogió la linterna. En el cajón de la mesilla había una pistola que llevaba allí desde el primer año y que esperaba no tener que sacar nunca.

La cogió también.

Salió al porche. El aire de diciembre le golpeó la cara y le congeló la nariz en dos segundos. Apuntó la linterna hacia el norte, hacia los establos.

En el establo número dos había luz. No la luz del economizador que dejaban encendida siempre, sino luz de linterna, moviéndose dentro.

Llamó a Rhett. Contestó al segundo tono, con voz de quien no estaba dormido o se espabila rápido.

—Establo dos. Hay alguien dentro.

—Voy.

—Llama a Crane primero.

—¿Seguro?

—Llama a Crane.

Guardó el teléfono y cruzó el patio hacia el establo. Se paró a cinco metros de la puerta, con la linterna apagada, escuchando.

Dentro había movimiento. Los caballos estaban inquietos, ese movimiento de pezuñas en el suelo que tienen cuando algo no está bien. Alguien hablaba en voz baja, intentando calmarlos.

Adaia encendió la linterna y abrió la puerta.

Eran dos. Uno con los caballos, uno en el fondo con lo que parecía ser un cubo y un trapo. Cuando los pilló con la luz se quedaron quietos.

—Quietos los dos —dijo Adaia, y la pistola en la mano derecha terminó de decir el resto.

Los dos se quedaron quietos. Tenían unos treinta años, con ropa de trabajo y las caras cubiertas con bufandas. El del cubo lo soltó. El del fondo levantó las manos despacio.

—Adaia. —La voz de Rhett detrás de ella—. ¿Estás bien?

—Sí. Llama al sheriff.

—Ya está avisado Crane.

Los quince minutos siguientes fueron los más largos que Adaia recordaba en mucho tiempo. Los dos hombres no se movieron. Ella tampoco. Rhett se puso a su izquierda. Los caballos fueron calmándose poco a poco.

El Chevy de Oliver llegó en doce minutos exactos, seguido del coche patrulla del turno de noche. Oliver entró al establo con la linterna alta y la mano en la pistola, evaluó la situación en dos segundos y se relajó una fracción cuando vio que Adaia y Rhett estaban bien.

—Bien hecho —dijo.

Los intrusos tenían identificación. Nombres que Oliver anotó sin comentarlos delante de ellos. El cubo contenía una mezcla que el agente del turno de noche olisqueó y luego apartó con cuidado: algún tipo de irritante para caballos, nada letal pero suficiente para causar daño.

—¿Esto es de Drayden? —preguntó Rhett, que siempre iba directo.

—No puedo decirlo todavía —dijo Oliver.

—Pero lo sabes.

Oliver no respondió, que era una respuesta en sí misma. Esposó a los dos hombres y los sacó al coche patrulla.

Luego volvió al establo.

Adaia estaba con los caballos, hablándoles en voz baja, con la mano en el cuello de Rosalind.

La yegua había sido la más asustada y tardó en tranquilizarse, pero cuando lo hizo apoyó la cabeza contra el hombro de Adaia con esa confianza completa y tonta que tienen los caballos cuando encuentran la mano que los calma.

Oliver se quedó en la puerta mirándola un momento antes de entrar.

—¿Cómo están? —preguntó, mirando a los caballos.

—Asustados. Pero bien. No les dio tiempo a usar lo que traían.

—Gracias a usted.

—Y a Rhett.

—Rhett llegó después.

Adaia le pasó la mano por el cuello a Rosalind una vez más y luego se giró. Oliver estaba a tres metros, con el uniforme impecable incluso a las once de la noche, y la miraba con algo que no era solo profesional.

—Oiga —dijo ella.

—¿Qué?

—Gracias por venir rápido.

—Es mi trabajo.

—No me refiero al trabajo.

Oliver la miró.

—¿A qué se refiere?

Adaia exhaló.

—A que podría haber tardado veinte minutos y no habría pasado nada. Pero tardó doce.

—Rhett dijo que había intrusos con la señorita Voss. —Una pausa breve—. Conduje rápido.

El establo quedó en silencio, con el sonido de los caballos moviéndose y el frío de diciembre colándose por las tablas.

—¿Está bien? —preguntó Oliver.

—Sí.

—¿Seguro?

Adaia lo miró. Tenía la pistola todavía en la mano, aunque ya apuntando al suelo, y se dio cuenta de que le temblaba un poco los dedos. No de miedo. Del frío y de la adrenalina que ya no tenía sitio a donde ir.

—Sí —repitió.

Oliver no dijo nada más. Pero no se fue, y Adaia no le pidió que se fuera.